Arizona: el largo brazo de la intolerancia (y sus usos)

Por Marcelo Cantelmi

La demonización del adversario político prende como cizaña en sociedades afectadas por la crisis económica y la pérdida de certidumbres. Es caldo de cultivo para los autoritarismos.

La dimensión de la tragedia de Arizona no debería ser percibida sólo en el número de los muertos o la importancia de los heridos. Ese acto irracional ha sido un límite extraordinario, de resultado todavía incierto, para que los norteamericanos se vieran a sí mismos, y por lo menos sospecharan, hasta dónde podía llegar nuevamente el brazo de la intolerancia . Ese es el aspecto más importante de este fenómeno que conviene no perder de vista aún al margen de sus resultados por el efecto que puede tener en el futuro político de la atribulada potencia norteamericana y también como espejo en el cual una multitud fuera de esas fronteras debería mirarse.

La masacre se produjo como el más rotundo emergente de la promoción de la violencia que ha extendido por todo el país la ultraderecha y en especial su vedette, el movimiento Tea Party. Es lo que denunció brillante Barack Obama el miércoles con una frase de enorme universalidad : “Insistimos en arrojar la culpa de los males del mundo a los pies de todos aquellos que piensan de manera diferente a nosotros”.

Esa deformación no es sólo discursiva. Está también muy construida desde la estructura mediática que sostiene esta visión autista de la realidad. Las ideas son muy claras: nacionalismo ciego que inventa un EE.UU. ideal que seguiría teniendo igual poder que en el pasado, pero que pierde influencia por un liderazgo miope que debe ser reemplazado de cualquier modo; una economía que si tiene problemas no es por contradicciones objetivas sino por ese mal liderazgo; cualquiera que crea en ideas que no sean esas, es comunista y/o un relativista y por lo tanto un enemigo a ser destruido . Por eso el Tea Party ha venido mostrando a sus adversarios en el blanco de una diana de caza. Un método que también usa por ejemplo el grupo ETA para marcar a sus víctimas futuras. En la estrecha mirada fundamentalista, cualquiera sea la bandera, la razón es una debilidad.

Sería difícil para esa gente reclamar un copyright de semejante menú autoritario. Puede parecer aislado pero no hay excepcionalidad norteamericana en este emergente fascistoide . En Europa, en Asia o en América Latina esas ideas y sus formas se extienden con sus propios disfraces, por derecha o por izquierda. El punto central es la demonización del adversario político , y la conquista y retención del poder maniobrando sobre la institucionalidad y en todos los casos, con una verba patriotera que envidiaría Orwell.

No son efectos espontáneos. Suceden porque hay un contexto que los hace posibles. El vivero son las consecuencias sociales de la crisis económica. La esperanza es recuperada entre las masas que reciben el principal costo de esa factura por grupos que proponen salidas mágicas autoritarias y racistas.

Como la crisis es global, lo es también este renacimiento mesiánico .

Arizona es un ejemplo ilustrativo. Es el segundo estado entre los 50 norteamericanos con mayor pobreza: 21,2%. Y tiene la legislación más xenófoba del país. Si se observa el producto per capita, en Arizona la gente gana 26% menos que en el resto de EE. UU. Sólo la mitad de sus habitantes tiene sistemas de salud privados, y del resto hay 20% que no recibe alguna asistencia sanitaria e integra la masa de 10% de desocupados. Incitar a la violencia en ese infierno es por lo menos siniestro, según se ha podido ver.

Estos océanos sociales son los pantanos donde crecen estos grupos de choque anti sistema, y no sólo en EE.UU. En países como Italia la empresa Fiat está promoviendo una propuesta de legislación laboral que destruye décadas de conquistas obreras. Al precarizar el empleo, es previsible la consecuencia. En toda Europa, la crisis económica está, además, siendo utilizada para avanzar sobre los presupuestos del estado benefactor. El resultado es el mismo páramo de insignificancia como destino para la gente. No debería asombrar su efecto político.

El escándalo por el Tea Party es legítimo pero requiere cierta honestidad intelectual para ser formulado. Una crisis social anterior, la de los ‘90 que implicó una gran concentración de la riqueza y una ampliación de la desigualdad en la distribución del ingreso, disparó una generación de liderazgos supuestamente independentistas, especialmente en nuestra región. Pero, en la práctica, aplican las mismas fórmulas autoritarias de sus primos norteamericanos . En otras palabras, estas expresiones construyen allá o acá sistemas que desintegran el verdadero poder del Estado , que debería reflejar y ser instrumento de una sociedad cubierta de matices. ¿Cuál es la diferencia que podría existir entre la forma en que los ultra de EE.UU. pisotean a sus adversarios, o la que usa el libio Muhamar Khadafi, el egipcio Hosni Mubarak o el venezolano Hugo Chávez? El bolivariano por todo nombre llama “escuálidos” a los opositores. No valen nada. Y ha impuesto leyes según las cuales si hay una acusación de corrupción contra un político no podrá actuar hasta que pruebe que es inocente. Es el mismo método que usa Evo Morales en Bolivia para desestabilizar a gobernadores o alcaldes opositores, algunos de ellos ya en el exilio. Esta tensión política se multiplica debido al ineficiente manejo de la economía , una marca de toda esta gente. En Túnez acaba de caer Zine El Abidine Ben Ali, tras 23 años en el poder, por una revuelta sin precedentes en el mundo árabe en demanda de empleo y libertad. En Argelia hay otra rebelión debido a la pobreza, que amenaza a Abdelazis Bouteflika, atornillado al sillón desde 1999. En esos países la oposición fue desfigurada como las propias instituciones , así como sucede en Egipto o en la Libia de Khadafi quien gobierna desde 1969 y fue condecorado por Chávez con la orden del Libertador por esa notable habilidad para aferrarse al poder. Este mundo -y son apenas unos ejemplos- debería pensar dos veces cuando critica como algo ajeno las operaciones del Tea Party y su incitación a la violencia . Poco los diferencia. La creencia de que hay una sola respuesta y un único talento para atender los conflictos es una de las peores perversiones del poder. No hay democracia sin los otros. El economista egipcio Samir Amin dice de los liderazgos que se tornaron despóticos y corruptos tras la descolonización en África y el mundo árabe, que tenían una limitada capacidad de cambio, apenas el embuste de un discurso que una y otra vez se probaría inevitablemente vacío.

Comentá la nota