Eran las 10 y 44 de la noche del domingo en Houston, estado de Texas, y Barack Obama acababa de terminar su discurso en cadena nacional anunciando la muerte de Osama bin Laden.
No es un lugar donde los demócratas cosechen demasiadas simpatías. El aeropuerto internacional de la ciudad fue bautizado como George Bush, el padre de aquel que era presidente cuando Al Qaeda derrumbó con dos aviones las torres del World Trade Center en Nueva York y mató a más de 3.000 estadounidenses. No es una ciudad con muchos simpatizantes de Obama, pero un centenar de personas que siguió todo su discurso frente a las pantallas de televisión del Hotel Marriot estalló en aplausos y en silbidos, que acá son señales similares de euforia.
Enseguida aparecieron en la TV las banderas y la muchedumbre aullando frente a la Casa Blanca en Washington. Y en Houston, una ciudad que a esa hora de la noche está casi dormida, los aplausos volvieron a sonar. Y hasta algunos bocinazos de quienes pasaban en automóvil por sus anchas calles. Los tejanos chocaron sus palmas como si festejaran el triunfo de los Houston Rockets en la NBA. Pero no. Sólo se trataba de la conmoción por lo que acababa de decir ese presidente negro. El que parecía perdido hasta hace poco bajo el peso de la crisis económica que tarda demasiado en pasar a la esperada fase de la recuperación.
Podemos decirles a los familiares que han perdido a seres queridos el 11 de septiembre que la Justicia se ha hecho, dijo Obama, luego de detallar que las fuerzas de su país entraron a una mansión en las afueras de Islamabad para llevarse el cadáver del enemigo número uno de los Estados Unidos, el barbado Osama. Los tejanos de Houston afirmaron con sus cabezas y miraron con ojos vidriosos a la pantalla que mostraba las imágenes del archivo del horror: las torres gemelas cayendo y las víctimas del ataque corriendo por las calles neoyorquinas. La muerte pareció volver a sólo cinco meses de que se cumplan diez años de aquel día maldito.
Decían que Obama estaba en decadencia. Que era sólo cuestión de tiempo que los republicanos encontraran un candidato para derrotarlo. Pero cuando el presidente terminó de hablarle a EE.UU., cuando se dio vuelta y mostró su espalda para empezar a caminar por el pasillo de la Casa Blanca, la palabra reelección comenzó a agigantarse. Bin Laden murió y Obama comienza a construir el sendero de su resurrección política.

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