Los cortes de luz disminuyeron pero nadie sabe qué pasará cuando el calor apriete de nuevo. Las empresas dicen que no invierten en mantenimiento porque las tarifas están congeladas. Pero declararon ganancias por casi 2 mil millones en 2013.
Cientos de cortes de calle, protestas acaloradas, comerciantes con pérdidas millonarias, escraches. Un caos que fue pronunciándose con el correr de las horas y que llevó al gobierno porteño a declarar la “emergencia eléctrica” en la Ciudad. Un despliegue de asistencia mínima para la población afectada, como un paliativo ante las temperaturas extremas.
Frente a este panorama, con media Buenos Aires a oscuras, resulta difícil tratar de desentrañar con paciencia por qué se llega a esta situación cada vez que se producen picos de demanda. El consumo, según la Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico S.A(Cammesa), rompió todas las marcas récords de la serie histórica, tanto para días de semana como para fines de semana. El gobierno nacional -responsable de la generación eléctrica- asegura que el sistema cumple con la demanda y que opera con margen. Sin embargo, esta afirmación poco interesa a quienes padecen cortes continuos de electricidad y cuyo reclamo es concreto ante la concatenación de trastornos que provoca la ausencia de un servicio básico como la luz.
En el último año, el consumo energético creció 2,4% y acumula un crecimiento de más del 80% desde el 2003, según el Ministerio de Planificación. La mayor concentración de demanda se produce en el área metropolitana. En conjunto, Buenos Aires y el conurbano consumen el 36,5% de la energía del país. Justamente en esta área fue donde se registraron los mayores inconvenientes, que dejaron a más de un millón de personas sin luz. Y también donde persiste un modelo de gestión (control sobre un sistema privatizado) en la distribución que ahora es puesto en duda por las autoridades.
¿Por qué se corta la electricidad? Según documentos de la Secretaría de Energía, la Argentina se abastece principalmente de energía térmica (60%), hidráulica (35%) y en menor medida nuclear (3,22%), eólica (0,52%) y solar (0,03%). El ministro de Planificación, Julio De Vido, ha dicho en reiteradas ocasiones que estas fuentes permiten cubrir una demanda histórica, que tiene picos cuando se registran temperaturas extremas.
El gobierno apunta ahora contra las distribuidoras. Es decir, contra Edenor, que opera sobre la zona norte de la Ciudad y el Conurbano, y Edesur, que hace lo propio en el sur.
Como si se tratara de pequeñas ampollas que van creciendo y empeorando a medida que pasan los años, prácticamente todos los esquemas de privatizaciones que surgieron en los 90 fueron estallando. Algunos de manera abrupta (como los trenes, con un accidente en Once donde murieron 51 personas) y otros de manera lenta pero sostenida, como el caso energético. Edenor y Edesur se repartieron el negocio de la distribución eléctrica durante la década del 90 con un contrato que les garantizaba una tarifa atada a la variación del dólar. El 18% de los trabajadores de Segba fue despedido y gran parte de las tareas de mantenimiento y reparación están tercerizadas en pequeñas empresas que trabajan con personal ultra precarizado.
Con el estallido social de 2001 y el dictado de la Ley de Emergencia Económica en 2002, el esquema de negocios de ambas empresas comenzó a entrar un período de redefiniciones cruciales. La más importante fue la suspensión de la cláusula de ajustes tarifarios atados al dólar y el congelamiento de la tarifa. El complemento ofrecido (y sostenido en el tiempo) fue la compensación a través de subsidios, que funcionaron como retén de futuros aumentos.
Sin embargo, desde entonces las empresas comenzaron a presionar para conseguir ajustes tarifarios. La explicación era que, en las condiciones planteadas, les era imposible avanzar en obras de modernización, mantenimiento y ampliación de las redes de distribución.
Es decir, vetada la posibilidad de aumentar, las compañías no invirtieron en paralelo al crecimiento económico, en un contexto de escaso control estatal que dejó al descubierto una pata esencial del sistema: la distribución.
“Las deficiencias de generación han ido siendo corregidas con inversiones en centrales importantes, en paralelo con numerosas centrales pequeñas, compradas llave en mano a China. Este no es el modo más eficiente, pero asegura la provisión. La infraestructura de distribución en las ciudades, por otro lado, requiere una revisión y readecuación integral. La política de privatizaciones de los 90 fue tan desprolija que en algunos casos ni siquiera se cuenta con planos de los sistemas, que quedaron en poder de oficinas estatales que luego los destruyeron”, explica a Diario Z Enrique Martínez, ingeniero y ex director del Instituto de Tecnología Industrial (INTI).
Para el especialista, no está claro que el problema de fondo sea una cuestión de tarifas porque “las empresas reciben subsidios que complementan, en un esquema poco transparente, que complica aún más el escenario. Edesur y Edenor, al igual que los concesionarios ferroviarios o en su momento Aguas Argentinas, son empresas organizadas alrededor del lucro, meta estructuralmente incompatible con la prestación de un servicio público eficiente, cualquiera sea la condición de la demanda. El sistema de concesiones debe ser eliminado de cuajo”, agrega.
Las empresas
Edenor está en manos de Pampa Holding (ex Grupo Dolphin) desde 2005, aunque su participación en el escenario energético no se reduce a esa sola compañía, sino que tiene acciones en empresas de generación con centrales hidroeléctricas Los Nihuiles y Diamante, con centrales térmicas Güemes, Piedra Buena y Loma de la Lata.
En tanto, Edesur está controlada por el Estado italiano a través del Ente Nacional de Energía Eléctrica (Enel). Esta empresa estatal registró durante 2012 ingresos por 84.889 millones de euros. En la Argentina, Enel esta asociada con un grupo de inversores de prosapia agrupados en la Sociedad Argentina de Energía (Sadesa). Esta compañía posee el 27% de las acciones y está integrada por Miguens-Bemberg, Escasany, Reca, Caputo, Casas y Malbrán. A principios de este año, le compraron la participación accionaria a Petrobras por 35 millones de dólares.
Desde la estatización de las AFJP en 2008, el gobierno nacional tiene representación en el directorio de Edenor. Allí posee 5 directores de 12 que, si bien no pueden imponer decisiones, actúan como controladores de la eléctrica: siguen sus números y están al tanto de todas sus operaciones técnicas. En Edesur, en cambio, el Estado no tiene representación accionaria, pero desde hace un año y medio colocó un veedor (Luis Barletta), luego de que la empresa incumpliera con un pago a Cammesa por compra de energía. Esta cuasi intervención implica que Barletta debe “fiscalizar y controlar todos los actos de administración habitual”.
Aunque trataron de minimizar la situación (“se trata de problemas individuales”, dijo la vocera de Edesur, Alejandra Martínez, mientras cientos de miles de personas se alumbraban con velas), las compañías aprovecharon para volver a la carga y pusieron sobre el tapete la supuesta necesidad de un aumento del precio de la electricidad. Las expectativas del mercado entusiasmaron a los empresarios. Las acciones de ambas empresas, que cotizan en Nueva York, venían registrando subas generalizadas.
Pero el resultado financiero no sustentaría el argumento de los necesarios ajustes tarifarios. Entre enero y septiembre de 2012, Edesur registró ganancias por $1124 millones. El desempeño de Edenor fue, en cambio, un poco más discreto: al mismo mes de este año, sumó ganancias por $792 millones. Es decir, en conjunto recolectaron $1916 millones. Aunque en 2010 y 2011 Edenor tuvo resultados negativos, la empresa rescató en sus cierres contables el mantenimiento de “un perfil de deuda bien equilibrado” y el fortalecimiento de su “estructura de capital”.
Este marco financiero y los rumores de una quita de subsidios acompañada de un aumento de las tarifas, generó un buen clima de negocios para ambas compañías. En septiembre, luego de un incremento récord del 26% de las acciones de Edenor en Nueva York, la consultora Deplhos aseguraba que “en un mercado optimista (…) los primeros avances son experimentados por las compañías con mejores fundamentos, luego el apetito por el riesgo crece y las empresas más débiles empiezan a sentir optimismo. De cara a octubre, las firmas de energía y servicios deberían ser las más beneficiadas, al mismo tiempo también las más riesgosas”. Los rumores sobre una posible revisión de las tarifas marcaban el ritmo alcista, que solo fue interrumpido con la amenaza del gobierno nacional de una posible estatización de ambas compañías, algo que hizo desplomar las acciones bursátiles.
En este complejo contexto, con negocios poco claros, escaso o nulo control y lobby empresarial, de poco sirven las peticiones al voluntarismo ciudadano. Como señala Martínez ante la pregunta de Diario Z sobre qué impacto tiene la apelación a no excederse con el uso del aire acondicionado: “En condiciones de colapso del sistema, las apelaciones individuales pierden todo efecto. La lógica debe ser recuperar una mínima credibilidad en la administración y luego aumentar la participación de la comunidad, en tres planos: aumento de la conciencia del uso responsable; control operativo; rediseño de las formas de generación, aumentando sustancialmente la generación distribuida a partir de fuentes renovables”.


Comentá la nota