Un amor no correspondido

Por: Jorge Rosales.

Los cables confidenciales de la embajada norteamericana desnudan dos caras contradictorias del Gobierno frente a los Estados Unidos y, en particular, de la Presidenta.

Una privada, que transmite la fascinación por ese país, su estilo de vida y su cultura política, y otra pública, crítica y mordaz, expuesta por lo general en tribunas sedientas de definiciones que destaquen el perfil antisistema del kirchnerismo, un alimento populista para el alboroto militante.

El triunfo de Obama, que puso fin a ocho años de gobierno republicano, fue interpretado por los Kirchner como un buen punto de partida para recomponer las relaciones con Estados Unidos, después de la administración de George W. Bush, al que despreciaban y se lo habían hecho saber en público con el destrato en la cumbre de las Américas en Mar del Plata, en 2005. En ese tiempo de calamidades en Irak parecía gratuito zamarrear al líder visitante que había ordenado la invasión militar en el Golfo Pérsico. Pero en Washington ese hecho fue registrado como una afrenta a los Estados Unidos, no a un presidente transitorio.

Las consecuencias de aquel gesto, épico en la historiografía kirchnerista, se extendieron al gobierno demócrata, en teoría más afín al sentir de la Casa Rosada. La construcción del relato del kirchnerismo había colocado a Obama a su lado, por su condición de líder de centroizquierda y por haber sido el verdugo de los republicanos. Esa hipótesis chocó con aquella otra realidad, edificada sobre la base de desencantos y desencuentros.

La búsqueda de un puente con la Casa Blanca de Obama quedó demostrado con los insistentes pedidos privados de medio gabinete de Cristina Kirchner hacia sus interlocutores de Estados Unidos para que el entonces flamante presidente norteamericano recibiera a la mandataria argentina. En 2003, cuando Néstor Kirchner acababa de asumir la Presidencia, Bush lo recibió en Washington de inmediato. Fue un fuerte gesto que contrastó con la frialdad con la que Washington había tratado al presidente saliente, Eduardo Duhalde.

El canciller Héctor Timerman fue uno de los responsables de acrecentar la fascinación de Cristina Kirchner por Estados Unidos, sobre todo por Nueva York. Como cónsul en esa ciudad, le abrió las puertas del seductor mundo de los negocios y la filantropía en la Gran Manzana, de la mano de los poderosos líderes judíos norteamericanos. También fue el nexo para los primeros encuentros de la entonces senadora con Hillary Clinton y otros dirigentes demócratas.

Los pedidos, casi un ruego privado, para un encuentro a solas con Obama se convirtieron en una obsesión y conseguir la foto con el líder norteamericano se transformó en política de Estado. Las críticas de Cristina Kirchner a Hugo Chávez en una reunión reservada con el embajador Earl Anthony Wayne -designado por Bush-, los elogios a la cultura norteamericana y las expresiones de admiración hacia Obama se inscriben en ese intento por modificar el clima de confrontación pública con la Casa Blanca, sobre todo a partir del escándalo del caso de la valija de Guido Antonini Wilson con 790.000 dólares, incautada en 2007 en el Aeroparque. En Estados Unidos siempre se sospechó, a partir de investigaciones del FBI, que eran fondos para la campaña electoral kirchnerista.

Pero Obama eligió a otros líderes de la región como interlocutores. Un bochorno, en palabras de un ex ministro citado por los cables de WikiLeaks. Y de los elogios privados y públicos, la mandataria pasó a las críticas. "No sé si Obama habrá leído a Perón, pero déjenme decirles que se le parece mucho", dijo en febrero de 2009, en pleno pico de la o bamanía, y lanzó elogios a "su esfuerzo por fortalecer la diplomacia internacional" cuando se le otorgó el Nobel de la Paz. Pero en febrero del año pasado, cuando la Argentina no estaba en las prioridades de Estados Unidos, lo atacó: "No cumplió con las expectativas".

La relación de Cristina Kirchner y Obama es la historia de un amor no correspondido. La admiración por el líder demócrata, a quien la Casa Rosada evaluó con la métrica de la política doméstica, viró hacia una sensación incontenible de despecho frente a desaires que resultan incomprensibles para la lógica kirchnerista.

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