Por: Quintin:El otro día me encontré con un alma gemela. Era la diputada Graciela Camaño, a la que Morales Solá entrevistaba en su programa de televisión. Hace seis meses yo no sospechaba que Camaño podía ser un alma gemela.
Flashback. Abril de 1973. Yo tenía entonces veintidós años. Desde que tenía uso de razón, la mayor parte de mi vida había transcurrido bajo gobiernos dictatoriales cuya primera medida había sido siempre disolver el Congreso. Pero el 11 de marzo, Héctor J. Cámpora venía de ser electo presidente y, con él, los nuevos legisladores. La vuelta de la actividad parlamentaria me parecía una especie de milagro. A la distancia parece raro, porque no eran tiempos de respetar demasiado eso que los jóvenes militantes llamábamos "democracia liberal", "democracia burguesa" y menos aun la institución menos glamorosa para los apetitos revolucionarios. Sin embargo, me suscribí al Diario de Sesiones de ambas cámaras. Fue una decisión casi secreta y tenía miedo de que mis compañeros se burlaran de mí. Pero por unas monedas, cada semana (a veces todos los días) llegaba a mi casa la transcripción fiel de lo que ocurría en las sesiones. Me sentía un privilegiado. Recuerdo especialmente el primer envío de esos papeles impresos en un formato y estilo inconfundibles. Era el correspondiente a la sesión preparatoria de Diputados. Allí empecé a apreciar el protocolo parlamentario, sus reglas y sus muy civilizadas costumbres. Aprendí cosas tan diversas como que el inicio de esa sesión debía ser presidido por el diputado más viejo, que Diputados era mucho más entretenido que el Senado o que se podía jurar sin mencionar ni a Dios, ni a la Patria, ni a los Evangelios (aquella vez, un solo diputado electo juró "cumplir fielmente su cargo"). Pero nada es tan perfecto como las formas: me temo que ese día se eligió como presidente de la Cámara nada menos que a Raúl Alberto Lastiri.
Fin del flashback. Desde entonces pasaron muchas cosas en la política argentina. Pero el Congreso sigue allí, con su solemnidad, sus reglamentos y los representantes del pueblo, algunos dispuestos a honrar su cargo, otros a servirse de él. Muchos son idóneos para el trabajo que les encomendaron mientras que otros son torpes e indiferentes, se aburren en las bancas o son meros levantadores de mano, mandaderos, negociadores de prebendas, gente incapaz de dar un discurso en el recinto y, sobre todo, de entender el alcance de su tarea. Pero para alguien con talento y una visión política, ser diputado debe ser una bendición en la vida. Por eso envidio a Graciela Camaño.



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