Albert Rivera: la joven estrella de la centroderecha que hace temblar a Rajoy

Albert Rivera: la joven estrella de la centroderecha que hace temblar a Rajoy

A Albert Rivera los catalaneslo conocieron desnudo. Tenía 26 años cuando se presentó por primera vez a unas elecciones en su tierra, decidido a no pasar inadvertido: llenó Barcelona de afiches con su foto de cuerpo entero, serio, sin ropa, las manos cruzadas sobre la pelvis y el eslogan "sólo nos importan las personas".

Esos carteles descoloridos todavía cuelgan en la sede de su partido, Ciudadanos, una oficina apretujada en un extremo del Ensanche barcelonés. Pero Rivera, con 35 años, ya es un veterano de la política que no necesita golpes de efecto para sorprender. El resto de los españoles lo está conociendo enfundado en trajes de Hugo Boss, con sonrisa perpetua y un discurso cargado de promesas para regenerar el país.

En apenas dos meses, su salto a la escena nacional trastocó otra vez el sensible tablero electoral de España. Las encuestas le otorgan entre el 10 y el 15% de la intención de voto y lo señalan como el político mejor valorado del país.

Al presidente Mariano Rajoy le nació un nuevo fantasma. Rivera pesca votos descontentos del centro hacia la derecha y entorpece aún más las posibilidades del Partido Popular (PP) de retener el gobierno a fin de año. "No soy de derecha. Soy un progresista liberal", se define. Se ríe cuando le preguntan si él es la versión pro mercado de Pablo Iglesias, el líder de Podemos.

La comparación es ineludible. Tienen casi la misma edad, irrumpieron de modo inesperado en la pelea grande por el poder, los dos promueven el fin del bipartidismo, prometen ser impiadosos con los corruptos y, pese a sus diferencias extremas, reniegan de las etiquetas ideológicas. A los dos los acusan sus detractores de un personalismo excesivo.

En busca de parecidos se podría recordar que el último libro que editó Rivera se llamóJuntos Podemos. Salió a la venta en febrero de 2014, apenas unos días después de que Iglesias anunció -en un acto casi anónimo- la fundación de su partido.

Pero hay una diferencia evidente en la carrera de ambos. Rivera se lanzó al ruedo electoral apenas terminó sus estudios de abogado (en Barcelona) y un máster en marketing político (en la Universidad George Washington). Participó en 2005 de la fundación de un movimiento de intelectuales y profesionales que se unieron para resistir el avance del nacionalismo catalán. Lo bautizaron Ciudadanos.

La casualidad lo catapultó a la primera línea. Ciudadanos eligió a su primer secretario general por orden alfabético de los nombres de pila. Al joven Albert le tocó encabezar la lista al Parlamento catalán. Con su campaña al desnudo, consiguió la banca en la que todavía se sienta.

Lleva ocho años remando contracorriente. Aunque habla catalán con su familia, se convirtió en un defensor vehemente del uso del castellano en Cataluña. En 2010 se opuso a la prohibición de las corridas de toros, una de las medidas estelares del nacionalismo para romper lazos con los símbolos españoles. El torero Serafín Martín lo sacó en andas por la puerta grande de la Plaza Monumental de Barcelona la tarde en que se cerró para siempre.

Consolidado como opositor en Cataluña, Rivera se lanzó al terreno nacional. ¿Un catalán en la Moncloa? Sonaba alocado tres meses atrás. Tiene que tejer un partido en tiempo récord. Su fuerza actual consiste en nueve diputados en el Parlamento regional y una decena de concejales.

Promete un plan de shock contra el desempleo, con la introducción de un contrato único que eliminaría la distinción entre fijos y temporales. A eso le sumaría la creación de una póliza contra los despidos, a pagar entre empleadores y empleados. Y un complemento estatal para incrementar los sueldos más bajos.

Critica las políticas de austeridad, pero su plan descarta pedir una reestructuración de la deuda española. Prefiere hablar de reformas fiscales que la hagan sostenible. En Europa su modelo no es el griego Alexis Tsipras, sino el liberal británico Nick Clegg.

Rivera es un orador profesional. Cuando era estudiante, ganó un concurso nacional de debates y con el tiempo se perfeccionó tanto en su faceta de parlamentario como en el formato más estricto de las tertulias televisivas. Aun así el cambio de terreno le juega malas pasadas. Tres semanas atrás, causó revuelo al exponer sus planes para Andalucía, la región a la que los catalanes suelen acusar de derrochar los fondos que reciben desde las comunidades ricas. "No vamos a repartir pescado, vamos a enseñarles a los andaluces a pescar", dijo. Tuvo que pedir disculpas cuando las redes sociales ardían de insultos.

El PP lo mira con pavor. Rajoy mandó a sus dirigentes a que siempre que hablaran en público mencionaran al partido en catalán, Ciutadans; una forma subliminal de ligarlo con el nacionalismo que tanto irrita a los votantes de centroderecha. Rivera no ahorra críticas a Rajoy. Dice que nunca aceptó recibirlo, ni siquiera para unir fuerzas contra el secesionismo catalán. Tal vez las cosas cambien: Ciudadanos puede ser el único aliado disponible que le quede al PP para formar un gobierno en el rompecabezas que amenaza en convertirse el próximo parlamento español.

UN FANTASMA PARA EL PP

Cuarta fuerza política

Ciudadanos, la organización liderada por Albert Rivera (el político mejor valorado en España, según distintas encuestas), pasó en un año de 2000 a 12.000 afiliados. Los sondeos colocan hoy a este pequeño partido (de orientación liberal) nacido en Cataluña en 2006 como cuarta fuerza política en España.

Campaña de desprestigio

Ciudadanos aspira a colocar en las elecciones a unos 700 candidatos en el mapa nacional. El rápido crecimiento de la agrupación amenaza al Partido Popular (PP) de Mariano Rajoy, que mandó a sus dirigentes a que mencionaran al partido en catalán, Ciutadans, una forma subliminal de ligarlo con el nacionalismo..

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