La subsistencia de las familias que se dedican a la producción agrícola en el “cinturón verde” de Mendoza está en crisis. Un documento revela la difícil situación.
La producción hortícola en el “cinturón verde” de la provincia de Mendoza se realiza en gran medida bajo el esquema de la agricultura familiar, teniendo en cuenta que la gran mayoría de los productores trabajan en una superficie inferior a las 10 hectáreas, residen en la unidad productiva y tienen un aporte mayoritario de mano de obra familiar.
Pero de ellos, 72% pueden dedicarse exclusivamente a la agricultura, mientras que el 28% restante necesita recurrir a otros ingresos monetarios provenientes de actividades extra, ya sea como empleados en relación de dependencia, jubilados, actividades de oficio, entre otras, tal como expresa el documento “Caracterización, rol de la agricultura familiar y propuestas para la intervención” elaborado por la Secretaría de Agricultura Familiar (delegación Mendoza) con información del Instituto de Desarrollo Rural (IDR), el Registro Nacional de Agricultura Familiar de Mendoza (Renaf) y la Dirección de Estadísticas e Investigaciones Económicas (DEIE).
Esta realidad está vinculada con la escasa rentabilidad de los productos que estas familias ofrecen al mercado. “Como está planteada la cadena de comercialización hortícola, el eslabón primario, que son los productores, se queda con el porcentaje más chico”, explicó Guillermo Ander Egg, delegado provincial de la Secretaría de Agricultura Familiar. En consecuencia, se vuelven necesarios los ingresos complementarios para sobrevivir.
“La horticultura es intensiva y muy vulnerable tanto a la modificación de los precios como a las contingencias climáticas. Puede suceder que haya productos que en determinada temporada no valen y, para subsistir, los trabajadores salen a obtener ingresos extra prediales”, señaló el funcionario. Además, Ander Egg deslizó que hay períodos en los que la mano de obra no es tan intensa por lo que muchos aprovechan para obtener dinero extra realizando “changas”. “En la zona rural puede ser que trabajen en otras fincas y en zonas más urbanas, en la construcción o en los servicios”, precisó.
Avance urbano
A raíz de estos inconvenientes para asegurar la subsistencia familiar, cada vez más productores que son poseedores de la tierra deciden venderla. “Al no tener un esquema de producción, de agregado de valor y de comercialización, los productores tienden a desplazarse o a vender sus propiedades en función del avance inmobiliario”, destacó Ander Egg y precisó que este fenómeno se ve muy fuerte en la zona hortícola de Guaymallén (el corazón del llamado “cinturón verde”) y se va trasladando a otros departamentos.
Este panorama a su vez va limitando la posibilidades de proveer a la población, cada vez mayor, de productos agrícolas frescos. “Vemos que es necesario proteger y resguardar a nuestros productores agrícolas, sobre todo a los familiares que vienen sobrellevando todas las crisis, no tienen acceso al crédito y viven en la informalidad”, manifestó Cristina Panaciti, ingeniera agrónoma de la secretaría de Agricultura Familiar.
Si bien reconoce que lo que se busca es que continúen en su actividad, no pueden obligarlos cuando son tentados por empresas inmobiliarias que ofrecen pagarles hasta cinco veces el valor de su tierra. “Por eso es que se necesita intervenir desde el Estado, acompañarlos en su necesidad de salir adelante y vincularnos con otras instituciones para hacer un abordaje integral de la problemática”, indicó.
Una de las propuestas con las que trabajan para lograr este propósito es la organización de los pequeños productores. “Entrar a un mercado solos es muy difícil pero si se juntan pueden fortalecerse y tener presencia”, destacó la experta. Hasta el momento son 20 las organizaciones que agrupan a los productores hortícolas del cinturón verde, como Intik Wawan, Cooperativa El Bolsón, Labriegos, Cristóbal Colón y UST, entre otras.
Otro aspecto que buscan incorporar es las tecnologías para la producción, así como mejorar el financiamiento al cual acceden los productores. “Hay que crear más instancias de financiamiento que lo ayuden a seguir existiendo”, consideró Panaciti.
Distribución agrícola
En el informe también se detalla que en el cinturón verde mendocino (que abarca partes de Las Heras, Lavalle, Guaymallén, Maipú y Luján), la superficie cultivada con hortalizas alcanza las 13.426 hectáreas (ver infografía). Gran parte de la producción se concentra en Maipú, y le siguen en orden de importancia Lavalle y Luján.
Más allá de esta jerarquización por superficie cultivada, Guaymallén y Maipú son los departamentos donde se detecta el centro de este conglomerado. Tomando en cuenta toda la provincia, la zona norte concentra mayor cantidad de hectáreas cultivadas de hortalizas con 15.183, a la que le sigue el Valle de Uco con 13.403, la zona Sur con 1.957 y el Este con 1.781.
El primer cultivo de la provincia es la vid, a la que le siguen los frutales y en tercer lugar las hortalizas. Dentro de estas últimas predomina el ajo, con mayor cantidad de hectáreas cultivadas en el Valle de Uco); en segundo lugar aparece la categoría de “otros” que incluye acelga, achicoria, alcaucil, apio, berenjena, berro, brócoli, cebolla de verdeo, coliflor y chaucha, que predominan en la zona norte; en tercer lugar la papa, que también se ve en mayores cantidades en el Valle de Uco.
Cada vez más productores de origen boliviano
Un detalle en el que hicieron hincapié Guillermo Ander Egg y Cristina Panaciti, de la Secretaría de Agricultura Familiar, fue en la mayor presencia de agricultores de ascendencia boliviana. “La población boliviana va en aumento en el cinturón verde”, precisó la mujer mientras destacó que tienen una capacidad muy grande de trabajo y han ido desplazando a los “criollos”.
En el informe “Caracterización, rol de la agricultura familiar y propuestas para la intervención” se detalla al respecto: “Tradicionalmente, los productores que iniciaron la actividad en estos cinturones eran extranjeros, en su mayoría italianos, portugueses y, en el caso de Mendoza, españoles, quienes trajeron de su país la tecnología para la producción de hortalizas.
Hacia fines de la década del ‘70 se inicia una etapa en la cual comienza a modificarse la composición demográfica y cultural con la incorporación, a la fuerza laboral en estos establecimientos, de inmigrantes de origen boliviano, que remplazan en gran medida a los de origen europeo”.
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