Adiós a una artista de dos orillas

Adiós a una artista de dos orillas

Fue una de las actrices más queridas en su Uruguay natal y la Argentina, país que la adoptó desde siempre. Se decretaron dos días de duelo.

Dicen que un día un joven le gritó desde un auto: "No te mueras nunca China", y ella le contestó: "Voy a hacer lo imposible." Esta es una de las tantas anécdotas que empezaron a publicarse en las redes sociales apenas se supo de la muerte de China Zorrilla, una de las actrices más queridas en la Argentina y en Uruguay. La frase ejemplifica el modo en que vivió. Alegre, positiva, comediante nata, decía de ella misma: "Tengo un optimismo insensato." Ayer al mediodía, a los 92 años la actriz falleció en Montevideo, luego de ser internada por una neumonía. Tanto Argentina como Uruguay declaradon duelos nacionales. Según se informó, a la actriz la velarán entre las 9 y las 12 en el Palacio Legislativo montevideano y, luego, será homenajeada en el Teatro Solís, con los mismos honores que un jefe de Estado. 

"La China" se llamaba Concepción Matilde Zorrilla de San Martín Muñoz. Nació en Montevideo el 14 de marzo de 1922, descendiente una familia patricia: su abuelo, Juan Zorrilla de San Martín es el autor de "Tabaré" y su padre, José Luis, esculpió los monumentos a Julio Argentino Roca y a José Artigas, en Buenos Aires.

Muchos la definieron como una trotamundos. Vivió en la Londres de la posguerra, adonde fue becada por el Consulado británico para estudiar allí arte dramático. También estuvo en París y en los sesenta vivió en Nueva York. Fue actriz de cine, teatro y televisión. Pero la formación de China era versátil por demás. Fue regisseur en la compañía del Sodre de Montevideo. Dirigió óperas. Escribió letras de canciones. Fue pianista. Tradujo del inglés y el francés grandes musicales y tenía un cuaderno personal en el que anotaba ideas existenciales acerca de la sociedad y el uso del dinero. "Filosofo con esas cosas", decía. 

A los 43 se instaló en Buenos Aires. Fue en 1971 cuando la convocó  Lautaro Murúa para el papel de doña Natividad en Un guapo del 900. Enseguida, surgieron numerosos trabajos como actriz y directora, aunque antes había tenido una carrera trascendente en su país y el exterior.

Se crió en París, donde su padre era discípulo y amigo del escultor francés Antoine Bourdelle, en cuyo taller concibió la estructura del Monumento al Gaucho, que luego se emplazó en un importante cruce de la avenida 18 de Julio, en Montevideo. De vuelta a su ciudad natal, vivió en una antigua casona del barrio de Sayago, en las afueras de la capital, y debutó como actriz a los 21 años en la obra de teatro La anunciación a María, de Paul Claudel, con el grupo Ars Pulcra, de la Asociación de Estudiantes Católicos.

Fue becada a Londres por el British Council en 1947 y estudió en la Real Academia de Arte Dramático. Vinculada al ambiente artístico europeo de posguerra, en Londres hizo teatro en castellano dirigida por el español José Estruch. De vuelta en Montevideo, su figura comenzó a crecer a través de obras como Una familia feliz de Antonio Larreta, La Celestina, Bodas de sangre, Tres hombres y una mujer, Sueño de una noche de verano y Romeo y Julieta, todas con dirección de la mítica Xirgu.

China se rodeó de los grandes. La dirigió Armando Discépolo en Locos de verano y Orestes Caviglia en Nuestro pueblo, y tras su paso por la Comedia Nacional fundó el Teatro de la Ciudad de Montevideo, junto a Larreta y Enrique Guarnero, un elenco con notables actores para textos importantes.

En la década del 60, se instaló en  Nueva York, donde fue profesora de francés, secretaria de una agencia de teatro y representó Canciones para mirar, de María Elena Walsh, junto a su amigo Carlos Perciavalle. Contaba que en esa época, tuvo un romance con el actor Danny Kaye y que fracasó porque él era casado. 

China Zorrilla nunca se casó ni tuvo hijos. No le gustaba hablar de eso. "Odio que me pregunten por qué no me casé. No hay nadie que no quiera casarse. Si no me casé es porque no se me dio. Tuve un gran amor por el que hubiese dejado todo, pero se casó con otra. Así de simple. Otra vez, estuve a punto de casarme, pero rompí con él porque me daba cuenta que su familia no iba a aceptar que yo fuera una mujer de teatro. Hace poco, él se murió y me mandó a decir, a través de una enfermera: 'Si alguna vez se encuentra con China Zorrilla, digale que fue la mujer que más amé en mi vida'", contó en una entrevista. 

Con el elenco uruguayo del Teatro de la Ciudad de Montevideo viajó a Buenos Aires, Madrid y París, adaptó, produjo y dirigió obras y debutó como corresponsal del diario El País de Montevideo, para el que cubrió el Festival de Cannes y otros acontecimientos artísticos internacionales.

En Buenos Aires, actuó también en La maffia, de Leopoldo Torre Nilsson, e hizo un reemplazo teatral de Ana María Campoy en Las mariposas son libres, junto a Rodolfo Bebán y la debutante Susana Giménez, de quien se hizo muy amiga.

Filmó más de 40 películas, entre las que se puede nombrar Heroína, Señora de nadie, Pubis angelical, de Raúl de la Torre, Las venganzas de Beto Sánchez, de Héctor Olivera, Los gauchos judíos, de Juan José Jusid, La tregua y Tres de corazones, de Sergio Renán, Triángulo de cuatro, de Fernando Ayala y Últimos días de la víctima, de Adolfo Artistarain.

En 1985, le llegó un personaje central de la película Esperando la carroza, de Alejandro Doria. Sus diálogos en ese famoso film se repitieron por generaciones. Entre las frases, la China instaló: "Yo hago puchero, ella hace puchero. Yo hago ravioles, ella hace ravioles." Pero la actriz continuó con los éxitos: hizo La peste, de Luis Puenzo, La nave de los locos, de Ricardo Wullicher, Besos en la frente, de Carlos Galettini, Conversaciones con mamá, de Santiago Carlos Oves y Elsa & Fred, de Marcos Carnevale, entre muchos otros films.

China Zorrilla fue amiga de todo el mundo. Tuvo un vínculo casi familiar con Susana Giménez y Graciela Borges. Cuidó hasta los últimos días a Tita Merello y tomaba el té con Victoria Ocampo en su casa de Mar del Plata. Para ella, estar en los almuerzos de Mirtha Legrand era como comer en su casa y siempre repetía la escena de atender su celular mientras la conductora hablaba con los invitados. En pleno programa de televisión, atendió a Juan Carr, presidente de la Red Solidaria, que le pedía apoyo para una campaña y a un productor de teatro de Olavarría, que le comentaba que en esa localidad hacían Los árboles mueren de pie. China se permitía esas informalidades y sus amigos del ambiente la acompañaban siempre. 

Recibió los premios más prestigiosos que un artista pueda tener. Por ejemplo, el Chevalier de la Legión de Honor del gobierno francés, en 2008; la Orden de Mayo del Gobierno argentino; Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral del Gobierno chileno año 2000; Premio Fondo Nacional de las Artes; Ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, de Montevideo y de Mar del Plata; Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento del Senado de la Nación Argentina 2010 y tuvo en 2011 el sello postal honorífico de la República Oriental del Uruguay. "Hay algunos pajaritos criollos como el zorzal o el hornero que con mucha ternura y oficio antes de cada primavera construyen su nido, palito a palito. Sin darse cuenta, o dándose cuenta, China Zorrilla ha contribuido a construir cultura para el Uruguay y para el Río de la Plata, a lo largo de décadas y décadas, sumando como esos pajaritos, palito a palito con ternura", dijo el presidente uruguayo, José Mujica, al conocer la noticia de la muerte de la prestigiosa actriz. 

Sus amigos destacaron siempre su generosidad desmedida. Fue capaz de darle 37 mil dólares a un taxista que acababa de conocer y regalaba plata a la salida del teatro, de gente que la iba a esperar y le pedía ayuda. 

Como actriz, contaba que su más grande satisfacción se la dio la obra Emily, un monólogo sobre Emily Dickinson que marcó su regreso a Uruguay luego de estar proscripta por la dictadura de ese país, en 1984. Con este trabajo ya había recorrido Latinoamérica y había sido ovacionada en Washington. Le quedaron dos papeles que no pudo hacer, aunque siempre los anheló: Amanda Wingfield de El zoo de cristal, de Tennessee Williams, y Mary Tyrone de Largo viaje del día hacia la noche, de Eugène O'Neill.

"Para mí hacer teatro es como respirar. Nunca dejaré de hacerlo", decía. Y así fue, porque China se despidió de los escenarios a los 90 años, actuaba sentada porque ya no se podía mantener de pie y hacía teatro leído porque tampoco podía memorizar los textos. Carlos Perciavalle, su más íntimo amigo, la acompañó en sus últimos días y decía: "No puede hacer teatro, pero cada tanto me dice: 'Esta noche tengo función' o 'Qué lástima que mañana no puedo salir porque tengo función'. Ella cree que hace teatro, lo tiene incorporado. Yo no la contradigo ni le digo nada". Como Moliere, China podría haber muerto arriba de un escenario. En algún punto, así lo sintió.  «

Fuente: Télam

 

La china de todos

 

Por Marcelo Camaño (*) En la escuela primaria se nos dio, allá por los '80, armar una revista y a mí me tocó aprovechar una visita de China que llegaba a Rosario para hacer funciones de Emily, su espectáculo sobre Emily Dickinson. La fui a buscar y la vi salir por las calles del centro de Rosario, la paró la humanidad entera para saludarla hasta que volvió al hotel. Entonces me anuncié y me recibió en su cuarto. Estaba tejiendo y discutiendo por teléfono con una actriz muy conocida, quien le debía dinero y había mar de fondo con ese tema. Me atendió como si fuera el periodista más importante de la ciudad y como si por esa nota fuera a sumar más espectadores a su obra. 

Años después fue a hacer Eva y Victoria con Luisina Brando. Le dejé un material porque ella hacía un programa en ATC con Luppi, Oscar Martínez y Thelma Biral. Y le dejé garabateada la idea de un capítulo. Era principios de los '90 y ese ciclo era una mosca blanca en un ATC maltratado por el menemismo. Ya mudado a Buenos Aires, trabajaba junto con Guillermo Glanc en una novela para Canal 9. Y un domingo, que vaya a saber qué problema había, estábamos arreglando unos capítulos y suena el teléfono: era China, quien había llamado a mi casa de Rosario para, no solamente darme la devolución de aquel capítulo entregado en el teatro, sino para recomendarme para un trabajo. Mi madre le dio mi número de teléfono de mi departamento en Capital y allí la atendió una amiga que le dio el número de teléfono de la oficina donde trabajaba. Y ahí llamó China, un domingo a las 3 de la tarde para explicarme todo y para preguntarme por qué trabajaba un día como ese a esa hora. Después de eso la vi varias veces, me llamaba, preguntaba cómo me iba, cómo era esto de empezar a trabajar como autor. Ella le habló de mí a Alberto Migré para que me conociera. Y muchos años después –a instancias del productor de la novela Vidas robadas en la que yo escribía– vino a hacer una pequeña escena junto con Soledad Silveyra. Muy sencilla y muy chiquita. La llamé para agradecerle y hablamos un rato largo, repasando lo vivido desde aquella anécdota en que un pibe de la primaria le tocó la puerta. 

(*) Autor de televisión

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