El intendente Miguel Lunghi tuvo que salir a defender la parada. La primera decisión fue la de resguardarse y mandar al frente de batalla a parte de su gabinete, pero con el paso de los días vieron que la estrategia no daba resultado ya que comenzaban a pasar “balas” que hasta entonces refractaban, sin suerte, en la coraza de la gestión comunal.
El “relato” llevaba por título “El lugar soñado” y cada párrafo hablaba de una virtud propia de la ciudad y que, por transferencia, era virtud también del “personaje” de esta historia: Miguel Lunghi. El pediatra que trabaja de intendente, el hacedor, el hombre de carácter que ejerce el mandato paternalista que la ciudad reclama, el interpretador de los gustos tandilenses para los espacios públicos y los festejos con fuegos artificiales, entre otras funciones.
Poco pudo hacer la oposición frente a esa narración de lo que nos pasaba como tandilenses.
Pero como en las novelas más complejas, otras historias se fueron filtrando en la principal. Y la fueron condicionando y la fueron desgastando hasta volverla una historia más entre otras historias que tenían los mismos vecinos para contar.
Así, los padres de la terapia no creyeron el cuento de que un servicio infantil era un imposible estadístico, ni los aspirantes a propietarios creyeron que un plan de viviendas era inviable desde la comuna. Tampoco creyeron los vecinos de La Elena que su problema empezaba y terminaba en el dictum municipal. Ni los trabajadores de Metalúrgica Tandil se quedaron esperando que otros decidieran unilateralmente el futuro de sus puestos de trabajo.
Finalmente, los vecinos afectados por la creciente inseguridad no se resignaron a la idea estrecha de que el problema de seguridad de los tandilenses es un capítulo cerrado de la Provincia y su fuerza policial. La ciudad salió a pedir respuestas y se las pidió a Lunghi, quien se debe tomar más de calmante cada vez que sale a recibir un petitorio popular.
Como al señor Gregorio Samsa, a Lunghi le ha llegado su metamorfosis, un cambio que él no esperaba ni lo esperaban sus funcionarios acostumbrados a ser la voz indiscutida del relato y no un personaje más de la historia. El gobierno estaba escribiendo un cuento de hadas y de pronto la historia toma aires de policial o amaga con convertirse en historia de terror.
Lunghi, el escritor armonioso de la fábula de la ciudad del nunca jamás, tuvo que abandonar el sitial de guionista que meritoriamente se había ganado durante los primeros años de gestión. Lo hizo recientemente en una nota dada al diario El Eco.
Allí, en una suerte de paratexto, trata de explicar por qué la gente debe volver a su relato original y no perderse en los meandros de otras versiones. Habla del liderazgo de la ciudad, de las redes de servicios y de los proyectos gigantes que se vienen como la Casa de la Cultura y de un mega centro de convenciones.
Y tuvo que salir él mismo porque tiene enfrente al rival que hasta ahora nunca tuvo.
En los últimos meses -tal como lo dice el mismo medio que le hace la nota- los temas que fueron descartados por inviables o imposibles fueron abordados por el tandilense Diego Bossio y gestionados en el entorno donde se desempeña el titular de la Anses.
El joven que no tiene aspiraciones a Intendente se ha transformado, sin embargo, en un fantasma para el pediatra.
Desacostumbrado a esta pelea, Lunghi arremete con la cabeza gacha. Entiende que las gestiones realizada por Nación son “ataques” y que las críticas son “declaraciones altisonantes”. Entiende que las gestiones son resultado de “tiempos electorales”. Cree que detrás de las manifestaciones hay organizaciones subversivas y que detrás de las exigencias populares hay una “intencionalidad política”.
Pretende volver a un relato donde hay buenos, muy buenos, y malos, muy malos. Ellos son los primeros. Y donde, su figura, como guardián del tesoro, está siendo asediada. Pretende volver al relato donde la “no política” es una virtud y él es, por excelencia, era figura “apartidaria”.
El hombre que hacia adentro hace culto de la iconografía radical, hacia afuera exhala “vecinalismo” y si es posible antipolítica. Ya en el poder denosta un sistema partidario que lo llevó a ese poder y pretende hacer creer que otras voces, otras gestiones, otras prioridades, son ilegítimas por el sólo hecho de ser opositoras. Y sobre todo opositoras a sus prioridades.
Llamó a tener “tolerancia, comprensión, humildad y compromiso”, quien ha dado sobradas muestras de ser poco afecto a las tres primeras virtudes, no solo ante otros dirigentes políticos sino también frente a los mismos vecinos que se atreven a enfrentarlo.
Lunghi arremetió como un viejo luchador. Con sus mejores golpes. Sabe que ya no sorprende, pero puede ganar tiempo. Traba. Habla de “corrección” de “honestidad intelectual”, de “humildad” y “compromiso”, de "consenso". Esas son sus fintas preferidas. Y por ser sus preferidas son también las más obvias. En su rincón, están rezando para que termine el asalto y retomar el que viene con más aire.


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