En un Pilar que va camino a ser un híbrido entre ciudad satélite y pueblo con problemas insolubles, Manzanares aparece como una localidad en la que la naturaleza ha encontrado un rincón en el cual se siente cómoda:
Dos docentes de la zona, Mariano Adot y Pablo Serafín, realizaron en los últimos años una especie de “inventario” en la zona, lo que dio como resultado lo que ellos llamaron el “Corredor de biodiversidad de Manzanares”: tiene su inicio en el arroyo Las Flores y sus puentes, continuando por el histórico ombú, el paseo histórico botánico (hilera de eucaliptos y casuarinas), para ingresar en el bosque de acacias donde el arroyo finalmente desemboca en el río Luján.
Recorrido
Quien oficia de guía turístico es el propio Adot, quien realiza las explicaciones junto a Carlos, un vecino de la zona. Ingresando a Manzanares por la calle Martel –el asfalto principal que bordea a la estación-, se toma el camino a Open Door, ya de tierra. A unos 1.000 metros, a la derecha, aparece el arroyo Las Flores, que ingresa a Manzanares haciendo un zigzag.
El arroyo nace en la localidad de Echegoyen (Partido de Luján), cruza la ruta 6 e ingresa al distrito por Manzanares: pocos metros después del puente del camino Open Door, aparece, sorpresivamente, una cascada. Sin embargo, en la actualidad tanto el arroyo como su desembocadura, el río Luján (en el bosque de acacias, a la altura del barrio Luchetti), están muy bajos de nivel de agua, debido a la prolongada sequía, algo que atenta no sólo contra la belleza de los diferentes tramos, sino también contra su fauna natural.
Adot explica que “la vegetación de la zona conforma un pulmón, por eso encontramos tanta fauna. Acá un chimango tiene 3 kilómetros de arboleda, se mueve con comodidad”.
Retomando el camino, y ya más cerca del centro de la localidad, aparecen el Puente Viejo y el Puente Blanco, este último perteneciente a la Finca Las Flores. Precisamente, el arroyo debe su nombre a que pasaba por las tierras de las hermanas de apellido Flores. Al Puente Viejo, paradójicamente, hubo que reconstruirlo luego de una crecida.
“Según la Universidad de Luján –acota el docente- es buena agua, tiene bajo nivel de contaminación, salvo en zonas puntuales”. Además, comenta que “quizás los pioneros hicieron Manzanares pensando en el arroyo. Eran inteligentes, se planificó respetando lo natural”. Por su parte, Carlos añade que “durante las primeras épocas del siglo XX era un lugar de veraneo: llegaba gente de Capital en el tren con carpas y cañas de pescar, con sus canastas para pasar un día de campo al borde del río”.
Ya en el centro de la localidad, a una cuadra de la Escuela 10 –frente al club de campo Lago de Manzanares-, aparece uno de los tres ombúes históricos, referencias del Camino Real que unía Buenos Aires con la Provincia de Córdoba para el paso de carretas y diligencias, hace ya más de 200 años. Su sombra invita a descansar unos minutos antes de continuar con el paseo.
Rumbo al bosque
Tomando desde el ombú por la calle Aguirre, aparece el camino de eucaliptos plantados por Héctor Manzanares, a los que regaba Don Paco, un personaje del pueblo que murió hace poco tiempo atrás. “Era la vieja finca de la familia Manzanares”, explican los guías.
Por allí se llega a la calle Trébol, conocida por el pueblo como la del “camino de pinos”, o casuarinas más exactamente: un bello sendero, angosto pero con una sombra reparadora, ideal para caminar un rato. “Dicen que por acá pasaba un trencito –dice Carlos-, quizás una ‘zorra’, que unía a la estación con el molino triguero que estaba junto al río”. Precisamente, ese molino, inaugurado el 28 de febrero de 1874, está considerado la primera actividad “industrial” de Pilar. “Se nota la intención de arborizar con sentido productivo”, agrega Mariano.
Ya en el barrio Lucchetti, al fondo de la calle Río Nilo, antes de ingresar al bosque de acacias se ve el predio en el que hasta septiembre último funcionó un basural, que había amenazado con destruir el equilibrio ecológico de la zona (ver aparte). La entrada al bosque había quedado taponada y la gente debía convivir con las montañas de basura, pero los vecinos lograron quitarlo y recuperar ese sendero natural.
Dentro del bosque de acacias, el arroyo Las Flores desemboca en el río Luján. “Las barcazas venían desde Mercedes para ir al molino”, comenta Carlos. Allí también se nota la sequía actual, ya que el agua apenas corre y se observan varios sábalos muertos, atrapados entre las ramas de las acacias que se han desplomado. En situaciones normales –luego de algunas lluvias reparadoras-, la zona cobraría un encanto mucho mayor.
En Manzanares, los lugares están: sólo es cuestión de salir a descubrirlos.
Con los chicos
Desde hace cuatro años, el matrimonio compuesto por Mariano Adot y Carmen Mamani decidió hacer algo por Manzanares, la comunidad que los acogió desde su Jujuy natal: luego de un arduo trabajo (que aún continúa), ambos encabezan el proyecto “Fauna y flora local”, que desde 2007 ya ha dado como resultado la edición de cinco fascículos, elaborados por chicos de la Escuela 10 de esa localidad.
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