En Villa María el cementerio convive con los vecinos y la soja

En Villa María el cementerio convive con los vecinos y la soja
Al vecindario se accede por un camino que bordea el Cementerio Parque. Al otro lado, el redituable “yuyo” lo invade todo. Mientras se repiten casos de chicos con granos infecciosos, algunos habitantes empiezan a mirar con desconfianza las fumigaciones que se realizan en la extensa mancha verde.
Pocos lujanenses conocen la ubicación geográfica del barrio Villa María. Incluso en los mapas aún no aparece ese nombre y el vecindario figura como integrado al San Pedro.

Se ingresa desde la ruta 192 por un callejón denominado Los Juncos, que bordea el Cementerio Parque. Al atravesar las primeras cuadras, sobre el camino aumenta el nivel de imperfecciones. Hacia el otro costado, el panorama cambia. Así, la calle comienza a correr irregular entre el descanso eterno del camposanto y una extensa plantación de soja. Termina el cementerio y las primeras viviendas muestran su precariedad. Las casas y el campo se miran, por el momento, con bastante indiferencia, aunque la desconfianza empieza a florecer entre los vecinos como la soja.

Cuando a unas pocas cuadras más adelante termina la zona poblada, la mancha verde lo invade todo y corre hasta la línea del horizonte.

DESPERTAR

La descripción es similar en otros puntos de la ciudad. Como registró EL CIVISMO en la edición del sábado anterior, muchos barrios periféricos al centro limitan con plantaciones de soja, cultivo que está atado a un paquete tecnológico que incluye productos tóxicos en sus fumigaciones.

En Villa María aún prevalece el desconocimiento ante los peligros que acarrean los agroquímicos empleados en los cultivos de soja pegados a zonas urbanizadas. Sin embargo, algunos vecinos empiezan a ver en las fumigaciones una explicación posible al padecimiento de algunos chicos que presentan sarpullidos con demasiada frecuencia y nulas explicaciones de los profesionales que atienden en las salas de primeros auxilios de los barrios cercanos.

Marta vive sobre Los Juncos desde hace varios meses, aunque lleva mucho más tiempo en la zona. La vecina contó a EL CIVISMO que ya pasaron varias semanas de las últimas fumigaciones registradas en el campo que está separado de su vivienda tan sólo por una calle.

“Ahora hace algunas semanas que no fumigan. Larga un olor muy fuerte. Me tuve que meter en mi casa porque era muy fuerte el olor. Yo no sabía que eso era un veneno. Primero pensé que estaban regando”, explicó.

Según su testimonio, las últimas aplicaciones se realizaron “a la tardecita, cuando baja el sol”. Uno de los hijos de Marta, de dos años y medio, sufre la aparición de granos infecciosos en distintas partes de su pequeño cuerpo. El círculo se repite. Cada vez que el nene aparece brotado, su madre recurre a la sala de primeros auxilios, donde el menor es medicado hasta que el sarpullido regresa. En todo ese círculo, los profesionales médicos atienden los efectos pero no las posibles causas de ese cuadro sanitario que -aseguran otros vecinos- es común entre los chicos del barrio.

“Uno de mis hijos tiene muy seguido granos infecciosos. Ahora está con ese problema, pero no sé si será por eso”, dijo Marta señalando a la soja, su vecina verde. También contó que al mudarse frente al campo, el problema de su hijo se hizo más frecuente.

Aseguró que en las consultas médicas “no me dicen nada, lo único que hacen es darme antibióticos. La última vez me dieron un antibiótico más fuerte, porque son granos infecciosos que le salen en todo el cuerpo. Hace tres semanas de la última vez que lo llevé, y ahora lo tengo que llevar porque le volvieron a salir”.

Otro vecino que accedió a dialogar con este medio dijo que “hay pibes que tienen problemas en la piel pero en general no se lo vincula con este tema”, y contó el caso de un chiquito que vive a dos cuadras del campo. Detallar esa historia sería redundar en la situación de Marta y su hijo.

El vecino también recordó que antes de la soja, en la zona había quintas de residentes bolivianos. Los nuevos tiempos y la teoría de la evolución económica (donde sobrevive el más “apto”), cambiaron el paisaje.

Mientras en Villa María algunos pocos vecinos empiezan a incluir en sus conversaciones palabras como “fumigaciones”, “agroquímicos” y “soja”, el resto se mueve en el plano de la conjetura y de las sospechas. Los antecedentes en otros puntos del país no son muy alentadores: las fumigaciones en zonas pobladas han generado distintos niveles de inconvenientes en la salud de esos pobladores.

Un caso testigo

En 2009, la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial de Santa Fe, Sala Segunda, determinó prohibir las fumigaciones en la zona cercana al barrio Urquiza de la localidad de San Jorge, en la provincia de Santa Fe.

La medida judicial, que fue apelada por el sector sojero pero se mantiene firme, establece una distancia de 800 metros para las aplicaciones terrestres y de 1.500 metros para las aéreas.

En una parte del fallo, se detalló que “en casos controvertidos científicamente, se torna muy relevante considerar las historias de vida, las experiencias, los saberes y conocimientos de quienes viven cotidianamente expuestos al riesgo de que se trate, en este caso los agroquímicos. Es necesario revalorizar el sentido común debido a que la ciencia no puede responder a todos los interrogantes”.

La decisión de la Justicia fue antecedida por el trabajo de los Vecinos Autoconvocados del barrio Urquiza, y por los padecimientos de Ailén, una nena de un año que como otros chicos del barrio sufría de alergias, espasmos, brotes y otros males que terminaron cuando se frenaron las fumigaciones.

En la provincia de Buenos Aires existen fallos similares. Por ejemplo, en marzo de 2008, el Tribunal en lo Criminal 2 de Mercedes prohibió, con sentencia firme, las fumigaciones en una zona periurbana de la localidad de Alberti.

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