El viejo billete de $ 100, aplastado por la inflación y la ineficiencia dejaro se al viejo billete de $ 100 al plastar

Por Alcadio Oña

Lo que en 2001 se podía comprar con un billete de $ 100 ahora requiere cuatro . Hace diez años, con siete se pagaba un salario de $ 700: suponiendo que ese sueldo hubiera subido igual que los precios, hoy harían falta treinta .

Casi ni vale la pena decir que en la base de ese fenómeno anida la inflación, la pasada y la presente. Esto explica, mirado desde otro ángulo, que cada vez sea necesario imprimir más billetes violetas . O que resulten insuficientes, como ahora.

Datos del diputado por la Coalición Cívica, Alfondo Prat Gay aportan al mismo muestrario. En setiembre de 2004, con $ 100 era posible comprar 78 kilos de azúcar; hoy, apenas 17. De seguido: 53 litros de cerveza, contra 19; en asado, 16 kilos versus 3,3 o 73 litros de leche contra 27. Ya no se trata de una comparación con 2001, sino de algo que ocurrió en estos años de kirchnerismo (ver infografía).

Los casos revelan, por todas partes, pérdida de poder de compra de la moneda. Eso que todo el mundo conoce y el Gobierno aún pretende negar: un proceso inflacionario claramente en ascenso .

Pero si todavía no es suficiente, existen otras pruebas registradas en números del propio Banco Central. En 2003, por ejemplo, había en circulación $ 18.800 millones en papeles de cien; hoy alcanzan a $ 110.000 millones, el 90 % del circulante total. Limpiamente, el monto se multiplicó casi por seis .

Más sobre la pérdida de poder de compra de la moneda. En 2003, el 12,6 % del circulante estaba constituido por valores de entre 1 y 20 pesos. Ahora no llega ni a la mitad: es del 5 %.

Hay una regla de oro, en los bancos centrales. Dice que cuando la circulación del billete de mayor valor supera a la que existe para el que es su décima parte –en este caso, $ 100 y $ 10– ya es necesario emitir billetes con denominaciones más altas. Según los números del BCRA, esa regla está totalmente desarticulada .

Cuando era presidente del Central, en 2004, Prat Gay ya había advertido esta situación. Y empezó a trabajar en la idea de pasar a grados superiores a los $ 100. Era una serie que contemplaba imágenes, entre otros, de Alberdi y Borges o de paisajes de la Argentina. Incluía hasta un plástico para los $ 2, más durable y económico. Nada por allí, nada por aquí, después de seis años .

O peor. Un expediente técnico del BCRA alertaba, en 2005 , sobre un problema que se veía venir y ahora estalló con toda crudeza. Y dejaba abiertas dos alternativas, a gusto de las autoridades: adelantarse a comprar papel o pensar en imprimir billetes de $ 200 o de denominaciones mayores.

Con este precedente, queda claro que la opción $ 200, 300 o en el extremo $ 500 fue desechada. Simplemente, porque implicaba reconocer el proceso inflacionario. También por otra cosa que es norma en el universo K: si algo anda mal, que no se note .

El dictamen fue de un lado al otro, mientras se dirimía una interna sobre a quien encargarle el negocio. Si a la Casa de Moneda de Brasil, integrada en consorcio con la Casa de Moneda argentina. O a la privada local Boldt, que le alquila las instalaciones a Ciccone, una empresa que pese a estar en quiebra es considerada con capacidad para hacer ese trabajo.

En el caso jugaron intereses fuertes, con movidas incluso entre funcionarios del Gobierno. Hubo cambios sobre la marcha que llegaron hasta el despacho de una subgerencia general del Central, hasta que finalmente la operación fue adjudicada al grupo estatal argentino–brasileño. Para entonces se habían perdido unos cuantos meses.

Aún así, llegó la mitad de los 100 millones de billetes de cien encargados a los brasileños. Y el disloque completo quedó al descubierto por todas partes : cajeros y bancos sin fondos, gente imposibilitada de cobrar sus sueldos, colas y gritos, hasta turistas con efectivo que corren el riesgo de ser asaltados.

Lo que sucede dentro del BCRA no parece el mejor escenario para encarar una crisis de las monedas, que además debió preverse hace tiempo. Mucho más cuando era obvio que a fin de año se sumarían sueldos, aguinaldos, gastos de las fiestas y vacaciones.

Son comidilla en la city, desde bastante atrás, los cruces entre funcionarios alineados con la presidenta Mercedes Marcó del Pont y con la vice segunda Graciela Ciganotto. Enfrentadas, aunque ambas respondan sin vueltas a Cristina Kirchner. Los chispazos llegan al gerente general y al superintendente de entidades financieras, dos piezas también clave. Y algunos llevan el sello del ministro Amado Boudou.

Como si tuvieran alguna responsabilidad en un embrollo de ineficiencias , bancos oficiales como el Nación y el Provincia pagan por culpas ajenas. En estos días han recibido la mitad de la plata que le pidieron al Central, la tercera parte y a veces directamente nada.

Fue necesario que apelaran al auxilio de algunas entidades privadas: de esas que se llaman recaudadoras, porque obtienen dinero de fuentes propias. Consiguieron poco y, se ve, de ninguna manera les alcanzó.

Se imprimen billetes de $ 100 acá, son comprados afuera, pero nada es suficiente. Que el 90 % del circulante este compuesto por moneda de esta denominación, ya es una rareza mundial .

“¿Que era mejor: pasar a más de cien, o no tenerlos?”, se pregunta un banquero. Sin resolverlo, en este dilema quedó entrampado el Gobierno. No quiso emitir de 200, 300 o 500, como si así pudiese encubrir una inflación que aflora por donde se mire.

Inútil y costoso en toda la línea: a la inflación le sumó los padecimientos y la rabia de la gente . Otras cosas también prueban que no siempre es posible encontrar chivos expiatorios o barrer debajo de la alfombra. Una crisis energética que no se reconoce y salta bajo la forma de cortes de luz . Y estadísticas del INDEC impresentables .

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