Era estudiante de Lenguas Romances en Holanda. Viajó a Colombia y se enamoró de la guerrilla. El proceso de paz en Cuba.
¿Cuándo fue que se convirtió en ‘Alexandra’? ¿Fue cuando disparó por primera vez un fusil? ¿O cuando recibió la instrucción política que se requiere para ingresar a la guerrilla? ¿Fue cuando conoció de cerca la miseria del Caguán colombiano? ¿O fue incluso antes, en aquella casa tomada que compartió con socialistas y anarquistas en la medieval ciudad de Groningen? Sólo Tanja Nijmeijer sabe en qué momento exacto dejó de ser una estudiante holandesa de clase media y se transformó en una guerrillera abnegada, esa que hoy emerge de la selva para representar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en un histórico proceso de paz.
Desde que se conoció su caso en 2007, las imágenes de esa joven europea vestida de verde oliva y con fusil al hombro dieron la vuelta al mundo. El final de la historia es conocido, pero se sabe poco sobre cómo empieza, sobre esa “otra vida” que Tanja tuvo antes de convertirse en el rostro más amable de las FARC.
Nació en 1978 en Derekamp, un pueblo rural de Holanda donde vivió una niñez apacible. Años más tarde, Tanja diría que siempre se sintió una campesina por haberse criado en el campo holandés. Ya adolescente, abandonó su pueblo natal y se mudó a Groningen, una ciudad universitaria donde comenzó la carrera de Lenguas Romances y realizó sus primeras lecturas políticas. Pronto se unió a la Internacional Socialista y se mudó a una casa tomada en la que convivió con ambientalistas, socialistas, anarquistas, antiimperialistas y activistas de todo pelaje. Allí se interesó por primera vez por esa lejana experiencia de la guerrilla colombiana.
En el libro Tanja, una holandesa en las FARC, de León Valencia y Luidine Zumpolle, se relata un instante crucial en el destino de Tanja. A principios de 1999, participó en un acto de solidaridad con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Allí se le presentó un hombre que había pertenecido a la Unión Patriótica, una agrupación política de guerrilleros colombianos desmovilizados. Tanja se lo llevó a un bar y le pidió que le contara todo sobre las FARC. De ese café rescató el contacto de una estudiante de Antropología con la que Tanja se reunió en su primer viaje a Bogotá en julio de 1999.
En esa primera visita a Colombia, la joven holandesa pasó un par de semanas con su nueva amiga recorriendo las barriadas bogotanas. Suficiente para que se decidiera a buscar un acercamiento con la guerrilla. Lo consiguió poco tiempo después, mientras oficiaba como maestra de inglés para jóvenes de clase alta gracias a un programa de intercambio que había conseguido. Un profesor de Matemáticas la inició en el “ideario revolucionario” y le presentó a milicianos del Caguán, en la Amazonia colombiana. Y los muchachos la invitaron a un acto guerrillero a punto de celebrarse.
“Tanja vivió la mayor conmoción del viaje cuando Alfonso Cano empezó un discurso –narra el mencionado libro–. Nunca había visto a tanta gente vibrando de emoción, ni a tantos oradores haciendo arengas. Allí, a miles y miles de kilómetros de Denekamp y de Groningen, un guerrillero con su larga barba entrecana y sus grandes gafas de carey se dirigía a cerca de cuarenta mil personas”.
Tanja volvió por poco tiempo a Holanda. “Cuando ella me contó sus experiencias en Colombia, noté que algo había tocado profundamente su fibra social”, contaría su madre años después, en un reportaje a la revista Semana. Apenas cuatro meses después de su regreso, una ONG la invitó a participar en una Caravana por la Paz por el departamento colombiano de Bolívar, para conocer la dramática situación de las comunidades mineras y campesinas.
De esa travesía no hubo retorno. Tanja viajó nuevamente a su país, esta vez para despedirse definitivamente. Luego regresó a Bogotá y allí se repartió entre las clases de inglés y las prácticas de tiro a la que sus contactos de las FARC en la capital la llevaban los fines de semana. Aprendió a armar y desarmar fusiles y a fabricar bombas molotov. En pocos meses, el líder guerrillero Carlos Antonio Lozada le dio su instrucción política y la aceptó formalmente en la guerrilla.
Poco tiempo después, quizás en 2004, Tanja se internó en la selva. Ingresó al Frente Antonio Nariño en La Macarena y allí vivió hasta hoy. Su nombre, por supuesto, es Alexandra.
Comentá la nota