Con o sin velo, las mujeres asumen un rol protagónico en la plaza Tahrir

Abuelas, madres e hijas son voluntarias en el movimiento para derrocar el régimen de Mubarak
EL CAIRO (De una enviada especial).- Eglal, Hella, Hanna, Esraa'a, Doee, Salma, Rasha, Rasmia, Imann... Así se llaman algunas de las miles de mujeres de la plaza Tahrir, la plaza de la Liberación del centro de esta capital, que hoy más que nunca se merece ese nombre.

También ellas, artífices de una revolución impensada hace un mes y que puede también contagiar a muchos otros países árabes y africanos, dicen que ya no tienen miedo. De clases sociales y generaciones distintas -hay abuelas, madres y nietas- y vestidas con velo o a la occidental, las mujeres de la plaza Tahrir son combativas, determinadas y valientes.

Aunque pueda sorprender en un país musulmán, donde las mujeres suelen ser discriminadas y relegadas, en la plaza que es el símbolo de la revuelta contra Hosni Mubarak ellas tienen un papel importante. Al ingresar en la plaza, uno encuentra mujeres en los check points . En uno de ellos están Esraa'a y Doee, encargadas de revisar los bolsos de las mujeres. Una tiene 21 años, la otra 20, y llevan un distintivo que dice: "No hay nada más valioso que mi alma, Egipto".

Esraa'a, que es estudiante de Ciencias, cuenta que viajó desde el pueblo de Tanta, a dos horas de El Cairo, para ser voluntaria. La segunda vino desde el barrio de Mahalla. "Estamos acá porque es la primera vez que los egipcios podemos hablar", dice a LA NACION Esraa'a. "Nos vamos a quedar hasta que Mubarak comprenda que ya no lo queremos y de una vez por todas se vaya", afirma.

Eglal Rafat, de 60 años, no lleva velo; viste a la occidental. Profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de El Cairo, es el ejemplo concreto de que hay tres generaciones distintas que protestan en la plaza. "Tengo aquí a mis tres hijos: Magid, arquitecto, de 38 años; Hanna, escritora, de 40 años, y su hija, Hanna, de 16, que está preparando sopa de lentejas para que los manifestantes puedan comer algo caliente", cuenta.

"Mi hijo, mi hija y mi nieta están acampando y se quedarán en la plaza hasta que se vaya el criminal de Mubarak. Y no sólo nos referimos a él, sino a todo el régimen que durante 30 años estuvo oprimiendo y robando al pueblo", agrega, combativa.

El miedo es un sentimiento que ya no existe para las mujeres de la plaza Tahrir. "Nadie tiene miedo. Yo estuve acá el día en que esto se convirtió en un campo de batalla y dejaron entrar caballos y camellos, pero no tuve miedo. Perdimos ese sentimiento que nos ahogó durante años", dice Eglal.

"La libertad llegará pronto", afirma emocionada Pakinem Saddik, que viste jeans apretados, anteojos de sol y pelo suelto, una periodista de 48 años que admite que es la primera vez que viene a la plaza. "Tenía miedo de venir, pero ahora que veo a toda esta multitud, ya no tengo. Y respiro felicidad. Estos jóvenes están haciendo historia y tenemos que apoyarlos", agrega.

Pakinem vino con su amiga Imam Mohib. "¿Qué hacemos durante el día? Damos vueltas, cantamos, gritamos contra el gobierno y alentamos la revuelta. Yo no voy a dejar de venir hasta que Mubarak se vaya", advierte.

Si hay mujeres que van y vienen todos los días, también hay muchas que duermen en carpas o envueltas en mantas de lana. Una de ellas es Aida Ibrahim, de 45 años, de Giza, que como muchas otras mujeres se ha convertido en una de las tantas voluntarias del movimiento para derrocar al régimen.

Gorro y bufanda de lana, guantes de látex, tez morena, trabaja en uno de los seis puestos de enfermería de la plaza. Dejó su trabajo de secretaria en una empresa de importaciones y exportaciones para sumarse a la rebelión como enfermera.

"No volveré a casa hasta que Mubarak se vaya", sentencia. Es lógico. Un sobrino y un hermano suyo murieron el viernes 28 de enero, cuando estalló la chispa de una revolución que ya no tiene retorno. Aida cuenta que también uno de sus hijos fue herido en una pierna. "El pueblo ahora está unido en la causa; pronto venceremos al dictador", afirma.

El mismo espíritu demuestran Salma, Eaya, Rasmia y Hoda, mujeres que en otro punto de la plaza, en cadena, están preparando sándwiches. "Toda mi familia está acá. Soy farmacéutica y confieso que formo parte de una clase social que vive bien, pero vine a traer comida porque creo que es hora de que se terminen las injusticias de este país", explica Hoda, de 33 años, velo y ojos negros llenos de esperanza.

En la plaza Tahrir, donde ya no existe el miedo para las mujeres, también están presentes en fotos Sally Zahran, una chica de no más de 20 años, y Habiba Mohammed Rushdi, una señora mayor. Las dos murieron el 28 de enero, una baleada y la otra salvajemente golpeada por la policía. Se han convertido en mártires de la revolución.

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