Hoy Sudáfrica recuerda el 11 de febrero de 1990, histórico momento en que Nelson Mandela salió de la cárcel tras pasar 27 años entre rejas. Pero la sensación creciente es la de que la democracia más orgullosa de África se encuentra, de nuevo, ante una encrucijada. El objetivo del Congreso Nacional Africano (CNA), tal como Mandela afirmó el día de su liberación, era doble: emancipar a los sudafricanos negros política y económicamente.
Una de cada cuatro personas en edad de trabajar (el 24,5%) está desempleado y el 75% de esa cifra tiene menos de 35 años, según las estadísticas.
Entre las personas menores de 35 años, el 70% nunca tuvo empleo, una mancha en el currículum del CNA, que hasta 2008 vivió una década de fuerte crecimiento, pero que fracasó estrepitosamente en la creación de fuentes de trabajo.
Al sistema educativo deplorable se lo culpabiliza por la fuerza laboral poco idónea. Con unas 50 personas asesinadas al día, una de las tasas más elevadas del mundo, y otros 50 que sobreviven a los intentos de asesinato, la inseguridad abre una brecha entre la clase media, cada vez más mezclada, y una clase baja negra, cada vez más descontenta.

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