Poco menos de un centenar de vecinos atacó con piedras una vivienda habitada por dos jóvenes autores de varios ilícitos en la localidad. Tras varias horas de hostigamiento, lograron que se fueran del pueblo. En Fiscalía abrieron una causa por “amenazas” en contra de los sospechosos.
La paciencia parece haber tenido un límite. Dijeron soportar seis meses de atracos en la vía pública, hurtos, ataques vandálicos en las viviendas, agresiones físicas y la impunidad con que se movían en el barrio un par de individuos de dudoso pasado y presente complicado, a quienes no les temblaba el pulso a la hora de exhibir armas para infundar temor. Por todo ello, unos 70 a 90 vecinos de la localidad de Torres se hartaron. El sábado pasado a la noche perdieron el miedo, fueron juntando valor y destrozaron la casa habitada por una familia en la que dos jóvenes eran sindicados de ser autores de numerosos delitos.
Tras varias horas de hostigar el inmueble con piedras y otros objetos contundentes, lograron finalmente que los problemáticos inquilinos regresaran a su lugar de origen en Villa Tesei, Partido de Morón, salvaguardando de este modo la vida ante la posibilidad latente que terminaran siendo linchados por una turba enfurecida y con bronca contenida ante la escasa respuesta de las autoridades pertinentes.
Fue una especie de “pueblada”, un hecho que no recuerda precedente en una población donde este tipo de episodios suele suceder en los márgenes del Gran Buenos Aires y visto luego por televisión. Todo pasó entre las 21 y las 2 de la madrugada ya del domingo en calle Gabriela Mistral 174 entre Leguizamón y Romero, un sector apacible de una comunidad tranquila y alejada de cualquier tipo de escándalo, al menos hasta la semana pasada.
No fue necesario recurrir a las redes sociales para que los vecinos se empezaran a congregar en las inmediaciones del domicilio en cuestión. El sábado por la tarde, un joven fue herido en una rodilla durante una pelea con uno de los sospechosos y a los pocos minutos a una modesta casa situada en la esquina de Mistral y Romero le destrozaron los vidrios sin ningún motivo que el placer que parecía causarle hacer maldad. El boca en boca fue más efectivo que facebook y twitter juntos.
Para la Policía todo se resumió en la aprehensión de dos personas llamadas Miguel Ángel Campi y Néstor Ezequiel Sánchez por haber amenazado de muerte al vecino Aldo Farias, causa que quedó en manos de la Fiscalía 11.
Sin embargo, en el barrio eso fue apenas un breve capítulo de una densa situación que venían padeciendo desde que Sánchez, su cuñado Campi, y un par de mujeres con criaturas se radicaron en Torres.
“Lo que pasó fue una tipo pueblada contra una familia que venía haciendo disturbios y robos. La gente se cansó de hacer denuncias y después de varias semanas, se fueron a la casa con piedras y palos”, contó uno de los vecinos a EL CIVISMO y estimó que en el pico del conflicto habría entre “70 y 90 personas”.
LEÑA AL FUEGO
El malestar con los forasteros se fue incrementando de manera veloz. A los pocos meses de llegar al pueblo comenzaron a hostigar a todo aquel que no les caía en gracia. No sólo no respetaban a nadie sino que carecían del mínimo código de convivencia. Solían robarles a los propios vecinos siendo catalogados como verdaderos “rastreros”.
El domingo 19 de enero a la noche asaltaron a una persona llamada Gerardo Paré, quien reside a pocos metros de la casa ahora destrozada. Armados con un revólver y un arma blanca, los delincuentes lo despojaron de zapatillas y un par de teléfonos celulares. En una vivienda lindante, a Alexis Lara le hurtaron el reproductor de dvd y el home theatre. La bronca se fue acumulando.
“Si no actuaba la Policía le prendían fuego la casa”, contó el vecino, y agregó que Campi y Sánchez salvaron el pellejo porque en la vivienda había mujeres con chicos pequeños.
“Estos tipos se habían zarpado. De día andaban con el arma en la cintura, ese mismo sábado se habían puesto a tirarle gomerazos a los vecinos, se ve que estaban acostumbrados a eso pero los vecinos explotaron”, apuntó.
El atraco al vecino fue como una especie de ultimátum que le dieron tanto a Sánchez y a Campi como así también a la Policía. Si no actuaba en consecuencia y las autoridades no hacían nada para que los forasteros se vayan del pueblo, entonces se iban a encargar por sus propios medios de recuperar la paz perdida.
Y así fue. Quince minutos antes que los vecinos tomaran la determinación de echarlos de Torres, un joven recibió una herida cortante en una pierna y un piedrazo por parte de Sánchez y Campi. “Tipo 20:30 vecinos de todas las edades se empezaron a reunir y arrancaron de furia”.
La bronca se manifestó a los piedrazos contra la casa. No quedó prácticamente un vidrio sano y el techo quedó sembrado de cascotes de todos los tamaños. “A mi hijo le clavaron un fierro en la rodilla, a todo el pueblo lo habían amenazado”, subrayó otro vecino.
Y LLEGÓ LA POLICÍA
Varios móviles policiales debieron llegar al lugar de los hechos ante un final abierto. A la patrulla del Destacamento Torres se le sumaron refuerzos enviados desde Luján Primera y hasta de Paradas Robles.
La Policía rodeó la manzana para evitar que los forasteros escaparan al tiempo que intentaban calmar los ánimos de un vecindario con rabia contenida. Sánchez y Campi se refugiaron en la vivienda. “Se fueron como ratas por tirante, se cubrieron detrás de las mujeres”, graficó uno de los testigos de las revuelta, y añadió que cuando ingresó la Policía a la casa en un primer momento no los encontró aunque después descubrió que se estaban escondidos debajo de las camas.
Sin margen para llegar a un acuerdo, los vecinos exigieron a la Policía que los jóvenes problemáticos y sus familias se alejen esa misma noche de Torres. De lo contrario, iban a quemar la casa.
Sánchez y Campi fueron trasladados en un patrullero a la Comisaría Primera. Las mujeres y los niños también fueron llevados a Luján. Al día siguiente, una de ellas apareció para buscar algunos pocos enseres que quedaron a salvo en la casa y se retiró tan pronto como llegó en un móvil policial.
Un perro sin pedigrí y una cachorra chillona se quedaron ladrando y sin amos del otro lado de la puerta de alambre. El barrio, en cambio, volvió a ser lo que era al menos hasta el día que llegaron los nuevos muchachos de hábitos peligrosos.
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