Víctimas de atentados terroristas, unidas por un mismo dolor

Primer encuentro internacional de los familiares, amigos y sobrevivientes de la AMIA, la Embajada de Israel, las Torres Gemelas y Atocha. Pesadillas compartidas del horror y el infinito deseo de justicia.
Aprendieron, con el paso del tiempo, a transformar el dolor que sesgó sus vidas en la energía que alimenta su lucha, su reclamo de justicia. Y aunque provienen de lugares muy distintos, con historias, costumbres y hasta culturas diferentes, el destino los reunió bajo el mismo signo de la tragedia que los marcó para siempre en formas diversas: los ataques terroristas en Argentina, Estados Unidos y España.

En vísperas de un nuevo aniversario del atentado a la AMIA que se cumple hoy, PERFIL fue testigo del primer encuentro entre sobrevivientes, familiares y amigos de las víctimas de los atentados a la embajada de Israel el 17 de marzo de 1992, a la mutual judía argentina del 18 de julio de 1994, a las Torres Gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001 (11-S) y a la estación de trenes de Atocha, en Madrid, el 11 de marzo de 2004 (11-M), convocados por la Delegación de Asociaciones Israelitas argentinas (DAIA) para la exposición Testimonios del Horror Fundamentalista. Y durante dos días junto a ellos, incluyendo su participación en el acto del viernes en memoria de las víctimas de la mutual, este diario registró sus emociones y su descubrimiento como parte de un mismo horror.

“Cuando escuché la sirena a las 9.53, me estremecí. En Madrid, también se escucharon sirenas esa mañana de marzo”, confió María López Camacho, que perdió a su hijo Sergio de sólo 17 años en el 11-M. En el amanecer más frío del año porteño, la emoción la quebraba mientras los 85 nombres sin apellidos de la AMIA se leían en las puertas de la calle Pasteur . “Son los mismos nombres que leemos en España, en nuestras listas. Aquí presente, me doy cuenta de que hallé a 85 personas vivas en los corazones de quienes las aman y las recuerdan, como Sergio vive en mí y en su familia”, agregó López Camacho.

Según la investigación de la Justicia española, 191 personas fallecieron en las diez explosiones sincronizadas de Atocha. Y aunque el gobierno de José María Aznar intentó en un primer momento culpar a la organización separatista vasca ETA, las pruebas demostraron la autoría del integrismo islámico en el plan fatal. Para López Camacho, su mundo dio un vuelco completo aquella mañana en la que enterró para siempre su vida cotidiana en una escuela de Madrid, donde cocinaba para los más pequeños. La misma sensación que, diez años antes, había desgarrado a otras 85 familias en la Argentina.

“Toda una vida murió para nosotros el 18 de julio. Todos somos distintos ahora”, asintió Sergio Burstein. Su ex esposa RitaWorona, madre de sus hijos, trabajaba en la mutual cuyo atentado la Justicia argentina nunca pudo esclarecer por completo, salvo por señalar al régimen iraní en la autoría intelectual del hecho. “El tiempo pasa, pero el interior queda partido. Con Rita tenía una excelente relación. Nos ibamos a encontrar el sábado, pero le cancelé porque estaba muy cansado y le dije que prefería juntarnos en la semana. La mataron el lunes”, se lamentó uno de los rostros de la tragedia argentina.

Hasta esta semana, Burstein y López Camacho jamás se habían cruzado, pese a que los familiares de las víctimas de ambos atentados ya habían establecido contactos en el pasado, como también los habían hecho con sus pares de Nueva York. Pero ahora, confesándose sus pesadillas y frustraciones en conjunto por primera vez, entendieron que el coraje que moviliza su lucha en distintas partes del mundo se nutre de la misma esperanza. Una militancia que, en ocasiones, los llevó a sacrificar demasiado. “Yo abandoné a mi familia por la AMIA, le quité espacios a los míos. Hace poco tiempo, Brian, mi hijo menor, me increpó: ‘vos seguís peleando por los muertos y abandonaste a los vivos’. Peleando por los muertos, es la manera de lograr que sigas vivo, le respondí. Es lo que pienso”, se sinceró.

Elizabeth Eve Dickey también dejó parte de sí misma en los escombros del World Trade Center hace casi ya nueve años. Su padre trabajaba en una de las torres que se desmoronó después que dos aviones de pasajeros secuestrados por terroristas de la red Al Qaeda colisionaran contra ellas. Un tercer avión se estrelló en el edificio del Pentágono y un cuarto, rumbo a la Casa Blanca, se precipitó en Penssylvania, en medio de versiones cruzadas. “Perder a mi papá de un modo tan brutal fue desgarrador. Fue mucho tiempo de abandonarme, sin ganas de nada, hasta que me dí cuenta que debía usar esta experiencia para algo positivo porque sino los terroristas hubieran ganado”, contó la joven.

La española Mónica Sánchez tuvo mejor suerte que el padre de Dickey. Sólo tenía 28 años cuando una bomba la alcanzó en uno de los trenes en Atocha, en viaje a su trabajo como otros miles de españoles. Salvó su vida de milagro, pero perdió casi la totalidad de su capacidad auditiva y la vida que llevaba en su vientre. Sólo el amor por su otra hija de 14 meses, le dio la fortaleza para volver de un coma e incorporarse, tiempo después, de la silla de ruedas en la que había quedado postrada. “Quisiera que la palabra terrorismo desapareciera de los diccionarios, que los chicos no preguntaran qué es, ni que alguien tuviera que explicarles. Pero, sobre todas las cosas, quisiera que cada vez que haya un atentado, atrapen a los responsables”, reclamó Sánchez, tomándose del brazo con Jorge Cohan, sobreviviente del ataque terrorista a la Embajada de Israel en Buenos Aires en 1992.

Sus historias son sólo algunas de las miles de vidas que se entrelazan en un sinfín de tragedias y milagros. Son los rostros detrás de cada número, detrás de cada nombre. Como los de Olga y Juan Degtiar, quienes lloraron a su hijo Cristian durante años hasta convertir su pena en fuerzas del corazón. “Cada vez que llega esta fecha, es un dolor que revive. Todavía tengo grabada su última despedida, a los pies de mi cama, con la habitación a oscuras. Fue la única vez que se fue sin decirme ‘mamá, te amo’”, narró la madre del joven estudiante de abogacía de 21 años, que no debía estar en la AMIA ese día.

Rostros como el Daniel Komarovsky, quien se acercó a remover escombros voluntariamente el 18 de julio de 1994 y permaneció allí 48 horas seguidas rescatando cuerpos de entre las piedras y hierros retorcidos. El mismo escenario dantesco que motivó a Therry Sears en Nueva York a pasar a la acción ante tamaña impotencia y frustración, liderando la organización Tuesday’s Children que asiste a los 125 bebés de víctimas del 11-S que nacieron después de los atentados y que hoy rondan ya los nueve años. “Ahora es cuando están tomando conciencia de todo lo que perdieron ese día, de lo que jamás conocerán”, afirmó a PERFIL.

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