En el pequeño municipio de Avellaneda, ciudad que acaba de cumplir 131 años en el norte de la provincia de Santa Fe, vemos una práctica republicana en el ejercicio de la función pública que bien podría imitarse por estos lares: el traspaso del mando a su inmediato sucesor en el cargo institucional a raíz de la licencia anual del funcionario.
Esta práctica sencilla y que debería ser de rigor en el Estado provincial y municipal local, no la conocemos o no nos la ofrecen nuestros dirigentes. Por lo general, ocultan el momento cuando el funcionario elige tomar la licencia anual.
¿Cuál sería la motivación del encubrimiento? No se sentirían merecedores de un descanso tan necesario y humano para cualquier mortal. O en tren de especulaciones, se puede suponer que al gobernante lo animan los mismos planteos que realizó la presidente Cristina Fernández esta semana al suspender su viaje a China: el temor a que su sucesor, en su ausencia, haga abuso del poder.
Podríamos incluir más presunciones a la lista de razones por la supresión de la práctica en nuestra cultura política. Pero, el acto administrativo en sí, revela su importancia en los preceptos republicanos a los que todo gobernante debe sus procederes en el ejercicio de la función pública. Y más aún, tiene una carga simbólica que aportaría nutrientes al alicaído sistema de gobierno.

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