Usurpan una casa en el nuevo barrio: "No nos vamos hasta que nos den un techo"

Dos jóvenes con cuatro criaturas usurparon una casa deshabitada en el nuevo barrio de 720 viviendas entregadas el 28 de febrero. Una historia de desesperación.

Una familia usurpó una casa del barrio nuevo. “No nos vamos a ir hasta que no nos den un techo”, asegura Walter Miranda.

Tiene 22 años. Con su mujer, Rafaela, de 26 años, tienen dos hijos, de 2 años y 9 meses, Morena y Tiziano, y dos chicos más, de ella, de 9 y 6, Maximiliano y Víctor. A estos los dejaron en la casa de un abuelo para que los manden a la escuela. Los dos más chicos, están con broncoespasmos.

El lunes a las 9 de la noche se metieron por una ventana en la casa 661 del barrio nuevo. Antes habían recorrido el barrio, desesperados, hasta enterarse de esa casa que desocupada.

La pareja le pide al fotógrafo de El Diario que saque fotos para que se sepa que no rompieron nada, entraron por una ventana, sin hacer daños. Sólo trabaron la cerradura de la puerta de entrada con un tenedor para que no ingrese la policía.

A los pocos minutos que entraron a la casa, algun vecino dio el aviso. Entonces llegó una patrulla con uniformados. “Los vamos a sacar a tiros”, los amenazaron. “Empezaron a patear las puertas y las paredes. Los chicos se asustaron”, cuenta Walter.

No abrieron ni aceptaron irse. Este martes, por la mañana, volvieron los policías, aunque más calmos. “Me dijeron que no nos van a sacar, que no nos van a reventar la puerta. Que esperan una orden de arriba”, dice Walter.

Los policías se marcharon cuando ellos les contaron que habían mandado a llamar a la radio y un móvil se acercaba al lugar.

La vecina de la casa de al lado, una madre sola, los auxilio. “Ella tiene chicos. Nos entiende”, entiende Rafaela. Ella les alcanzó agua y yerba para que tomen mate. Y fideos para que coman los chicos.

No tienen luz ni gas. Sí agua. En la madrugada, se alumbraron con velas que llevaban encima. En el interior de la casa, a la que El Diario accede por la ventana, sólo hay un colchón, dos sillas y una mesa de plástico. Ni siquiera tienen un celular para pedir auxilio.

Walter y Rafalea vivían con sus cuatro hijos en el Fonavi 42, hacinados junto a tres familias. “Los chicos lloraban. Los maltrataban porque no se podía dormir la siesta. Les faltaban el respeto. No se podía vivir”, dice Walter.

No es la primera vez que ocupan una vivienda. Hace una semana atrás, se habían metido también en una casa del Fonavi 59, que quedó deshabitada luego de la muerte del propietario.

La policía los sacó por la fuerza. Ellos dicen que a los chicos los golpearon en el entrevero. “A ella la agarraron de los brazos y la dejaron marcada”, dice Walter. Morena, inocente, lo escucha, y muestra su espaldita magullada: “me rasguñaron”.

Este martes, después de que el caso saltó por la radio, a mediamañana, se presentó en la casa la madre de la supuesta ajudicataria. Les pidió que se fueran y dijo que su hija no ocupó la casa porque está enferma. “Haga lo que tenga que hacer”, le contestaron.

Rafaela se anotó en el Iistado del Ipav hace cuatro años y medio. “Me tienen a las vueltas. Voy todos los meses. La asistente social ya me conoce. En el último barrio que sortearon quedé de suplente. Dije yo, para la próxima me toca”, lamenta.

“Tenemos necesidad. No tenemos dónde vivir”, dice Walter.

El hace cuatro años que se vino de General Acha. Se gana la vida como “trapito”, lavando autos en la ex estación de trenes o frente a un supermercado céntrico. Pero asegura que tiene el oficio de plomero y que dentro de un mes, lo tomarán en una constructora.

Rafaela trabaja como empleada doméstica. Se tiene que presentar este miércoles. Ahora tiene miedo de perder ese empleo si no va.

“Estoy dispuesto a hacer cualquier locura. No nos vamos a ir hasta que nos den un techo”, advierte Walter.

La pareja dice que no es la única casa ocupada en el barrio. Saben, por lo menos, de tres casos más. Y juran que los vecinos les contaron que hay 60 viviendas custodiadas por la policía porque no fueron entregadas a los adjudicatarios por impugnaciones.

“Si hay otra gente que ocupó, ¿Por qué nos van a sacar a nosotros?”, se preguntan. “Yo puedo pagar. Saco 100 o 150 pesos por día de trapito. Me alcanza para la leche y los pañales de los nenes. El gobierno nunca me dio nada. Nadie me da de comer”, aclara él.

“Me tratan mal. Me siento humillado. Se me caen los huevos por el miedo de dormir en la calle con los nenes”, solloza.

“Si esta es la única manera de tener algo, le meto fruta. Pinte la que pinte. Lo que quiero es un techo para mis hijos”, le dice a El Diario.

Y se aferra a una esperanza ilusoria: “El único que me ayuda es el Gauchito Gil. Todas las noches le prendo velas para que me ayude”.

En la Seccional Sexta, dónde estuvieron demorados después de la primera ocupación, un policía le reprechó que ocupe casas ajenas.

“Yo no lo hago por hobby. Sé que es un delito. Me tratan mal. Me siento humillado. Pero es una necesidad. Se me caen los huevos por el miedo de dormir en la calle con los nenes”, explica.

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