Ushuaia, tan absurda como real

Lo impensable se vuelve cotidiano y lo absurdo desborda el mundo de lo real. Lo imposible se transforma en cosas de todos los días y, con mucho pesar, la ficción se impone por encima de lo saludable.
Nos está faltando una novela que agregue valor al atractivo mítico del fin del mundo. La ficción tendría que graficar la dinámica céntrica de la ciudad en tres horarios clave: ingreso escolar, recambio de alumnos al mediodía y la salida del turno tarde. Serán tres momentos tan exuberantes como ridículos. El primer corte de calle volverá al centro un destino imposible.

De este a oeste, por un lado, la doble fila de autos estacionados tanto sobre San Martín, Maipú y Don Bosco, para buscar a los estudiantes del antiguo colegio religioso. A pocas cuadras, la congestión sobre Fadul y los gobernadores Paz y Deloqui para los alumnos del Kloketen. Más abajo, a tan solo muy pocos metros, el caos de Fadul entre San Martín y Maipú, por los alumnos del Colegio José Martí. A pasos, otro atascadero en Maipú por la salida de los alumnos de la Escuela 1. ¿Qué le faltaba a Ushuaia para cruzar la línea que separa lo racional de lo insensato? Acertó: un colegio que colapse 9 de Julio y la avenida Maipú, ubicado en las plantas altas del shopping céntrico de la ciudad.

Si todo estuviese librado al azar, no tendríamos que sorprendernos y la exageración del absurdo sería un componente distintivo de nuestra ciudad. Tomamos decisiones con la letra de “el mundo del revés” – de la entrañable María Elena Walsh– en la mano, podrían contar nuestros decisores para justificar tamaña resolución.

Sin ser un visionario, a principios de diciembre de 2010, el periodista Gabriel Ramonet escribió, en este mismo medio, una aguda nota de opinión alertando sobre el colapso que comenzará a partir del mismo día de comienzo de clases. A la inteligente nota de Ramonet hay que agregarle un condimento que vuelve a la decisión más absurda aun: la calle 9 de Julio, por donde subirá una importante cantidad de autos con escolares, se cierra en gran parte del invierno.

Tres cosas se han impuesto en todo el proceso de toma de decisión: imprevisibilidad, salir velozmente de la coyuntura y la falta de agenda pública para el mediano y largo plazo. Sin embargo, nuestras ilusiones se basan en la existencia de una clase dirigente que conduce las grandes decisiones públicas con criterios razonables. Así, no podría haberse aprobado un régimen de promoción industrial que aumente exponencialmente la llegada de contenedores hacia el Puerto de Ushuaia sin haber previsto vías de circulación y depósitos suficientes para no saturar el tráfico e incrementar el riesgo de la zona baja de la ciudad. Camiones contenedores, que cruzan en contramano, son más una regla que una excepción. Tampoco tendría que haberse permitido la construcción de un nuevo muelle sobre una de las principales vías rápidas de la ciudad, en donde, en breve, se producirá la carga y descarga de combustibles, materiales de navegación y, por si fuera poco, un intenso ingreso de pasajeros y tripulantes en una zona que no fue pensada para producir detenciones del tránsito. A lo absurdo de todo esto, hay que sumarle una nueva interrupción al libre tránsito por la costa pública.

Pueden parecer aspectos menores, pero a meses de un gran evento sobre derecho ambiental se ha soldado una estructura metálica y se han pintado maderas sin ningún tipo de protección para el ambiente a la vista de todos y en pleno centro de la ciudad.

Será por imprevisión, por la presión que generan los padres ante el inminente inicio de clases y las amenazas recurrentes de los docentes públicos, o por la falta de visión de lo que ocurrirá dentro de poco. Por lo que sea, con cada paso que damos en este sentido, nos estamos acercando hacia un modelo de ciudad que funciona con la cabeza en el lugar equivocado, y es tan real que resulta fantástico imaginarlo desde la simple razón.

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