Trípoli, entre el júbilo y el temor

En las calles había festejos con disparos y puestos de control instalados por los opositores
Feroces enfrentamientos armados en un vecindario y tiros al aire para celebrar en otro: ayer Trípoli vivía una mezcla de júbilo y temor, luego de que los combatientes rebeldes marcharon sobre la capital libia en su embate definitivo para derrocar a Muammar Khadafy.

Un día después de que los rebeldes reclamaron el control del último bastión del dictador, los autos circulaban a toda velocidad para eludir a los francotiradores, los comercios permanecían con la cortina metálica baja y los combatientes de la oposición levantaban improvisados puestos de control con tachos de basura y autos destrozados.

Pero a pesar de los peligros que acechan a la vuelta de cada esquina, muchos encuentran la manera de festejar quemando la bandera verde de Khadafy, pisoteando carteles con su fotografía y haciendo la V de la victoria desde las ventanillas de los autos que dan vuelta a la plaza principal tocando bocina.

A muchos de los aquí presentes todavía les cuesta creer la velocidad con la que se precipitó la implosión de este régimen de más de 42 años.

"Hoy salimos a la calle a respirar un poco de libertad", dijo Ashraf Halati, de 30 años, empleado de un café cercano a la Plaza Verde, símbolo del antiguo régimen y que los rebeldes ahora llaman Plaza de los Mártires. "No podemos creer que esto esté pasando."

Halati y sus amigos se abrazan y se dan palmadas en la espalda. El joven dice que su padre le ha pedido que no salga a la calle, porque todavía hay presencia de fuerzas de Khadafy en la ciudad, pero asegura que decidió ignorar las advertencias porque necesitaba manifestar su alegría.

Apenas una noche antes, una caravana de combatientes rebeldes había entrado a esta ciudad de 2 millones de habitantes sin enfrentar mayores resistencias por parte de las tropas del dictador libio.

Alrededor del mediodía de ayer, los rebeldes tomaron una academia de policía femenina cerca de la costa y anunciaron que allí establecerían su comando de operaciones. "Vamos a proteger a Trípoli de cualquier ataque o amenaza", dijo Munir al-Ayan, después de arrodillarse y besar la tierra del complejo.

Pero el optimismo matutino se modificó rápidamente. A media tarde, las instalaciones de la academia policial fueron blanco de un intenso fuego. Francotiradores apostados en los edificios cercanos disparaban contra automovilistas que huían a toda velocidad. Las baterías antiaéreas resonaban en el complejo. En el interior, un puñado de soldados rebeldes parecían nerviosos y sin saber qué hacer. Para eludir el fuego de los francotiradores, los conductores se introducían por calles laterales o se detenían en puestos de control de los rebeldes para averiguar cuáles eran las zonas por las que se podía transitar. En la ciudad retumban los morteros y los lanzacohetes, mezclados con el grito de batalla: "Dios es grande".

Los enfrentamientos dejaron en evidencia que tomar control total de Trípoli no será fácil, en especial mientras Khadafy no asome la cabeza. Eran pocos los civiles que ayer se aventuraban a poner un pie en las calles, con excepción de la Plaza Verde, donde las celebraciones mezclaban el desafío con la burla.

En una calle, un hombre con una túnica blanca bailaba y aplaudía mientras otros quemaban banderas verdes. Otro hombre con una bandera verde en la mano se acercó a un conductor para pedirle prestado el encendedor para quemarla.

En la plaza principal, un grupo entonaba "A ver dónde está tu poder, ricitos", llamando al dictador con ese apodo burlón, en árabe "shafshufa". La mayoría de los cantos incluían esa palabra: era evidente que los libios disfrutaban de manifestar abiertamente su desprecio.

Un día después de la entrada triunfal de los rebeldes, la situación sigue siendo demasiado caótica para empezar a planificar el futuro, pero algunos ya saben qué clase de país quieren.

Mohammed Agami, estudiante de medicina de 22 años, dijo que sueña con una constitución y con el imperio de la ley. "Tendremos un país libre y democrático", dijo, "donde todos puedan decir lo que quieran, sin sentir temor"

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