Por Alicia PieriniOmbudsman de la Ciudad de Buenos Aires. Ex Secretaria de DDHH de la Nación
Llevamos 26 años de democracia y los efectos y secuelas del terrorismo de estado siguen siendo el eje principal en cada recordatorio, dejando en segundo lugar la memoria sobre causas, antecedentes, sectores involucrados, motivos y contextos. Es obvio e indudable que la última dictadura produjo las heridas más profundas como ninguna otra anterior.
Quizás:
- que hemos aprendido que los derechos humanos son un piso de valores irrenunciable.
- que hubo un tiempo de confrontaciones y antinomias irreductibles, e intransigencias que han dejado secuelas irreversibles.
- que Nunca Más a los golpes o la fuerza de las armas.
- que la libertad es un derecho recuperado a cuidar y proteger e incluye la de opinión y expresión, de reunión, de peticionar, de no ser discriminado, además de la libertad ambulatoria y sus garantías.
- que el acceso a la justicia debe ser irrestricto.
- que la democracia es un bien , aún con sus imperfecciones.
- que la comunidad internacional nos mira y monitorea el cumplimiento o incumplimiento de las convenciones ratificadas.
Y así, otras varias postulaciones generales. No es poco. Se ha avanzado mucho y en lo más medular la incorporación de los derechos humanos a la Constitución Nacional en la reforma de 1994 marca un antes y un después en el sistema jurídico argentino.
Sin embargo, en otros aspectos relativos a las responsabilidades directas o indirectas por las violaciones históricas hay menos consenso e incluso se han incentivado nuevas-viejas confrontaciones y reaparece el disenso o el silencio.
Mientras tanto, la verdad huye con el tiempo: esas verdades parciales, con las que se puede construir más verdad, no están en los tribunales, sino en la sociedad: los militantes de entonces, los sindicatos, empresarios, iglesias, políticos, intelectuales, periodistas, jueces, corporaciones varias, países extranjeros u organismos internacionales, etc, todos tendrían que decir sus "verdades de verdad" para dejarle a la historia algo más que un puñado de ancianos genocidas entre rejas.
¿La verdad nos hará libres o es la libertad la que puede hacernos veraces? ¿La paz es fruto de la justicia, o la verdadera justicia será fruto de la paz? ¿Acaso la verdad no es parte de la justicia?
En los primeros años de democracia hubo un salto cualitativo importante: la revelación sobre los hechos aberrantes iniciada por la Conadep y consolidada en el Juicio a las Juntas que configuró los hechos como "plan sistemático" de terror, persecución, tortura y exterminio que asoló todo el país, y a todos los sistemas institucionales y sociales.
En simultáneo, la sociedad fue conociendo y repudiando masivamente el secuestro de chicos, falsas adopciones o el robo de su identidad de los que nacían en cautiverio. Toda esa verdad desencadenó el reclamo de justicia, que conlleva el castigo para los ejecutores visibles de los hechos aberrantes.
Hay también otros gestos de justicia y punición más complejos: la condena social, el juicio de la historia, el repudio a convivir con torturadores y asesinos.
Así, como esclarecer la Operación Cóndor fue un dato clave, también lo ha sido la prueba contundente lograda en el juicio a la deuda externa: aquí hubo un saqueo con 30.000 rehenes. Y la constancia fehaciente de la aberrante sustracción de identidad en cientos de chicos que Abuelas viene denunciando, investigando y probando durante estas tres décadas.
Está aún faltando completar el rompecabezas total: la configuración integral de esa etapa crítica con raíces en intereses y culturas, en contextos y utopías generacionales, en la geopolítica y en la propia historia argentina y latinoamericana.
Con la verdad histórica se leerá mejor el presente aunque el mundo de hoy sea sustantivamente diferente y geopolíticamente sean otros los contextos.
Cualquier impunidad tiene un sabor social negativo y amargo, pero seamos concientes que encarcelar a los carceleros, perseguir a quienes persiguieron, aun siendo justo, es demasiado perecedero, acabará en pocos años más, con la vida de ellos.
Y también con las nuestras. Hace falta que no quede incumplido una misión más profunda: legar a las siguientes generaciones todas las piezas aún no incorporadas al rompecabezas para completar el sentido de los hechos durante ese segmento de la historia, con sus luces y sus sombras, autocríticas, motivos y proyectos inconclusos. Sólo así podremos definitivamente enterrar a la doctrina de los dos demonios y consolidar la democracia.
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