El sector que demolerán fue fundacional para el hospital. Hoy, mudado, hace punta en tecnología.
De la vieja Traumatología queda muy poco activo. Las internaciones de hombres y mujeres ya fueron trasladadas, al igual que el quirófano, y pronto pasará lo mismo con los consultorios externos (funcionan en el ala Oeste) y la rehabilitación (ubicada en el primer piso). Pero igual impresiona lo que se abre paso ni bien se baja la escalera hasta el subsuelo: un piletón enorme, recubierto con azulejos descoloridos, devenido en depósito de máquinas muertas y piezas que no encajan con nada. Esa pileta, hoy herrumbrada y oscura, había sido toda una revolución en la década de 1950. Allí se comenzó con las sesiones de hidroterapia, que eran miradas con desconfianza desde los otros centros de salud y que terminaron siendo adoptadas, años después, como la práctica más recomendable para muchos tipos de trauma en el cuerpo.
Lo mismo sucedía con Ortopedia, el servicio ubicado en ese mismo subsuelo. El caos que muestra hoy el lugar, ya desmantelado y convertido en un depósito inclasificable, con máquinas de escribir mezcladas con piernas ortopédicas y moldes de madera para hacer zapatos correctores, permite igual adivinar el pasado. Allí se fabricaba cada adelanto ortopédico que se llevaba a la práctica en el Rawson. Y eso era reconocido en toda la comunidad científica.
Fue un médico inmigrante español, el primer traumatólogo de la provincia, quien impulsó todos los adelantos en ese sector del hospital. Además, ese fue el primer servicio público de Traumatología de todo el país, inaugurado como tal en 1924, cuando el hospital comenzaba a expandirse en su ubicación actual. Aquel profesional innovador era Ramón Peñafort, cuyo nombre fue impuesto en 1989 al servicio, y la placa que lo testimonia es parte de lo que desaparecerá. Desde entonces, la demanda de tratamientos fue creciendo a pasos agigantados, pero el espacio a la vez comenzó a quedar chico. Las últimas refacciones al edificio donde nació el hospital fueron hechas en la fachada, pero por adentro parecía (y hoy mantiene ese aspecto) detenido en el tiempo.
En 2005, tras la noticia de que se demolería ese lugar para levantar el hospital nuevo, nació una fuerte polémica que duró dos años y que enfrentaba a quienes se oponían a la demolición, enarbolando el valor patrimonial del lugar, con las autoridades provinciales. Incluso Capital sancionó una ordenanza para intentar frenar la medida, pero no tenía valor frente a las legislaciones provinciales que amparaban la obra. Lo que se decidió entonces fue rescatar todos los objetos que tuvieran valor histórico para exponerlos en el futuro museo que planean hacer en el pabellón central que está sobre la Avenida Rawson. Ese rescate es parte del revoltijo ecléctico que se extiende hoy por el subsuelo de Traumatología.
Al mismo tiempo, la cara de esa moneda actual es cómo está dispuesto el servicio en el hospital nuevo: las salas de internación son totalmente confortables, en los offices hay teléfonos para el uso de los familiares y, lo más importante, el quirófano, en tonos de celeste y beige, tiene un equipamiento tecnológico que envidiarían desde cualquier centro de salud del país, y que sigue haciendo punta en las primeras líneas de la medicina.
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