Luchador. Aquel combativo volante, enfrentó y derrotó al cáncer. “Lloraba en los rincones”, confesó. Y ahora vuelve como DT.
Julio César Toresani sacó pecho una vez más y fiel a su estilo aguerrido, con la lanza, con la espiritualidad que lo nutrió en las horas más terribles, enfrentó a la enfermedad y sigue a pie firme en el fútbol. Hoy como nuevo técnico de Alumni de Villa María.
“En la desesperación, lloraba por los rincones. Pensé que me moría a los 45 años. Me apoyé en Dios y en mi familia. En equipos grandes o en equipos chicos siempre fui al frente y fue el partido más tremendo. Por suerte me agarraron la enfermedad a tiempo, no hizo metástasis y sigo vivo y totalmente curado”. A puro Huevo.
A comienzos de año, le detectaron cáncer del tipo linfoma no-Hodking, que afecta a los ganglios linfáticos. El diagnóstico fue a tiempo, porque el mal no había avanzado y comenzó un tratamiento muy agresivo, con seis sesiones de quimioterapia en su Santa Fe natal, dos operaciones, 14 pastillas por día, más vacunas y estudios de todo tipo. Y la melena característica que desaparecía, y la calva tan traumática que asomaba. Y las defensas bajas, las náuseas, el malestar general.
Pero también la oración en lo alto, como cuando gritaba los goles. Con furia, con fe. Así lo vivió y así lo narró en la charla con Día a Día.
“Un miércoles, después de jugar al fútbol con un grupo de amigos en Santa Fe, sentí un bulto en el cuello. El médico me mandó a hacerme una tomografía y al lunes siguiente me operaron para una biopsia. En Buenos Aires volvieron a abrirme y me sacaron el ganglio. Recién allí los especialistas me dijeron que tenía altas chances de curación”, rememoró.
–¿Cómo fue tu cara a cara con la enfermedad?
–Al principio me agarró el bajón. Me encerraba a llorar para que mis hijos no me vieran. No me sentía bien, estaba débil, hinchado. Pero con empeño y mentalidad positiva pude hacer una vida casi normal. Hasta conseguí trabajo como técnico de Textil Mandiyú de Corrientes.
–¿Cuánto te cambió?
–¿Además de quedar pelado? Je, no importa, ya me están creciendo las chapas de nuevo. La verdad a mí todo me costó, nadie me regaló nada. Presté atención a lo que era la enfermedad y decidí que podía colaborar. Por eso voy a los hospitales, hablo con los pacientes y les digo que se puede salir. Voy a cada acto de beneficencia, siempre al pie del cañón, porque me tocó profundo y la puedo contar. Soy hincha de Colón pero los de Unión también me saludan, me dan aliento. Alguno por ahí me putea, pero las camisetas quedan de lado porque esto te deja una huella.
–No fue la única vez que te topaste con la muerte…
–La verdad, no empezamos bien el año. Viniendo con mi hijo Lautaro en el auto, sufrimos un accidente en al autopista, a la altura de Ramallo, cuando quise pasar a otro vehículo. Por suerte Lautaro tenía el cinturón puesto, porque venía dormido. Dimos un par de tumbos, se rompieron los vidrios y quedamos atrapados. Por suerte no nos pasó nada grave. Me tuvieron que operar el brazo y tengo varios puntos en el codo, pero fue un milagro salir vivos.
Abrazos fuertes. Las altas dosis de afecto también resultaron curativas. Por eso Julio Toresani destaca el respaldo familiar, de su esposa Ana María, de sus hijos, incluso el pequeño Conrado, quien lloraba al verlo calvo.
Y también el espaldarazo de los amigos. Porque ojo, así como se peleaba con todos hasta en los picados, cultivó incondicionales en cada peldaño de su extensa carrera. Y se dio el lujo de jugar en Boca y en River, en Unión y en Colón, en Instituto y en Independiente; y de ser dirigido por el Flaco César Luis Menotti y por Carlos Bilardo.
“Me llamaron un montón, imposible nombrarlos a todos. Siempre estuvo a mi lado un amigo de toda la vida como el Bichi Fuertes. También el Beto Acosta, que pasó por un problema parecido. Y Menotti, mi técnico en Independiente, que me llamó y me habló un largo rato, al igual que Daniel Passarella”, enumeró. El Flaco es un fenómeno. Todos hablan de sus diferencias futbolísticas con Bilardo, pero a mí ninguno me mandó a colgarme del travesaño. Los dos, a su manera, tienen mentalidad ganadora.
–El trabajo también es toda una medicina...
–Sí, aunque ser técnico es muy ingrato. Yo empecé con San Martín de San Juan al poquito tiempo de mi retiro y en el primer año casi ascendemos. Después me fui a Colón, en Primera, y duré cuatro partidos. Con los equipos de Córdoba varias veces hubo contactos. Con Talleres, con Instituto, que tiene un predio maravilloso. Un sueño es dirigir en Córdoba, y ahora en Alumni, estoy más cerca.
–En Instituto todavía recuerdan cuando fuiste refuerzo...
-Es que me fue muy bien. En seis meses hice nueve goles. Dos en un clásico con Talleres, que ganamos por 4-2 después de empezar perdiendo. Un gran recuerdo de mis primeras épocas como futbolista.
Charla técnica. El fútbol cordobés se termina colando en la entrevista, porque el Huevo lo respira por todos los poros y sigue de cerca a sus equipos y técnicos, sus colegas.
“Talleres es un grande. Le costó ascender y por convocatoria debería estar en Primera. A Sialle lo enfrenté cuando jugaba en Newell’s, y sé que dejó una buena imagen en Puerto Madryn porque yo dirigí al Deportivo de esa ciudad. Por sus resultados, uno de los mejores técnicos del ascenso”, destacó. En cuanto al presente de Belgrano, opinó: “Como club es un ejemplo y lo de Armando Pérez es para aplaudir. El Ruso Zielinski lo agarró al equipo cuando no estaba tan bien y lo que consiguió es increíble. A lo mejor su juego no es vistoso, pero qué difícil que es ganarles. Son muy ordenados”.
Volviendo a Instituto, resaltó: “Me encantaba el equipo que dirigió (Darío) Franco, estaba para ascender. A Frank Kudelka lo tuve de profe en el curso de técnico y cuando jugué en Patronato lo recomendé como entrenador. Es inteligente, disciplinado. Además, soy amigo de Raúl Armando, su ayudante de campo, así que espero que les vaya bien en un campeonato que va a ser muy bravo por la presencia de Independiente”.
También analizó a Sportivo Belgrano, por su histórico ascenso a la B Nacional. “Con humildad y continuidad, a la larga se te da. Este trabajo lo inició (Daniel) Primo y lo continuó (Néstor) Craviotto, que dejaron la base”, completó.
Fútbol terapia. “Tomo algunas pastillas por precaución. En los últimos estudios me salió todo bien y ya se puede decir que estoy curado”, resaltó Toresani, tonificado por la actividad de rearmar al descendido Alumni, de cara al próximo Argentino B.
“Voy recuperando mi peso normal, ya puedo trotar y jugar un poquito al fútbol. Es decir, disfrutar de la vida. Más allá de la recuperación plena de mi salud, siempre voy a querer estar cerca del fútbol, es lo que me mantiene vivo y siento ganas de trabajar”, subrayó el entrenador.
Es el mismo Julio César Toresani. El que contagiaba ganas con sus corridas incansables. El que metía y la metía. El que se le paró de frente al mismísimo Maradona, sin ceder un milímetro. El que se ganó el respeto con cada camiseta que defendió. El que se calzó la gorrita de DT donde antes flameaba la melena. En la cancha, le tocó ganar y perder. Al partido decisivo lo sacó adelante. Poniendo Huevo.
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Julio César Toresani nació en Santa Fe, el 5 de diciembre de 1967. Volante derecho, se inició en Unión en 1986 y pasó por Instituto (1989), River, Colón, Boca, Independiente, Racing Club, Audax Italiano (Chile y Patronato de Paraná, el club de su retiro en 2004. Al año siguiente asumió como DT de San Martín de San Juan y también dirigió a Colón, Aldosivi, The Strongest (Bolivia), Deportivo Madryn, Textil Mandiyú y actualmente se suma a Alumni de Villa María.


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