En el interior de la capilla aún hay ruido de taladros y obreros trabajando
ROMA (De nuestra corresponsal).- No se oye el murmullo de turistas asombrados por la majestuosidad de los frescos de Miguel Ángel, Perugino, Botticelli y Ghirlandaio. En la Capilla Sixtina, donde pasado mañana se encerrarán los 115 cardenales electores para elegir al sucesor de Benedicto XVI, hay ruido de taladros, martillos, obreros que van y vienen con géneros, alfombras y frenesí.
En una visita organizada por la Santa Sede para periodistas, LA NACION fue testigo privilegiado de cómo se está preparando para la gran elección la capilla más famosa del Vaticano.
Las mesas de madera conglomerada, alargadas, donde se sentarán los cardenales de cinco continentes y anotarán el nombre de su candidato, están listas. Puestas en hileras, enfrentadas, algunas más altas que otras, en forma perpendicular al altar.
Las escoltan, por detrás, las 12 impactantes pinturas de las paredes laterales que narran episodios de las vidas de Cristo y Moisés. Pinturas que dejan sin aliento y que podrían inspirar a los cardenales en la misteriosa hora de la verdad.
Algunas mesas ya fueron cubiertas por géneros color bordó. Ya llevaron algunas sillas, pero no todas. Los cardenales se sentarán en el cónclave de acuerdo con el orden de precedencia: cardenales obispos, presbíteros y diáconos.
Donde está el altar de la capilla, seis altos candelabros, tres de un lado y tres del otro, acompañan a un crucifijo, justo debajo del famoso Juicio Universal. Fue uno de los últimos trabajos que Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina, considerado una de sus obras maestras. El fresco representa a las almas de los muertos ascendiendo para enfrentarse a Dios. Les recuerda a los cardenales electores que les espera el juicio de Dios. En frente, ya está puesta la mesa donde estará la urna en la que los cardenales irán depositando su papeleta.
El piso de la capilla llamada así por su fundador, el papa Sixto IV, ya ha sido nivelado para que no haya escalones que entorpezcan la votación.
Entrando al Palacio Apostólico por el magnífico Portón de Bronce, hay que recorrer 123 escalones de la Scala Regia, obra funcional y ceremonial con carácter fuertemente teatral, para llegar a la Capilla Sixtina. Confirmando que está sometido a estrictas medidas de vigilancia para que de allí nada pueda salir al exterior, ya en este lugar los celulares comienzan a tener problemas de señal.
Cruzando su puerta de madera, el apagón es total. A la izquierda, en medio del ruido de martillos y taladros, saltan a la vista dos estufas. Una es de hierro fundido, de un metro de alto, con una apertura para introducir y quemar las papeletas usadas por los cardenales para votar. Utilizada por primera vez en el cónclave de 1939 (en el cual se eligió a Pío XII), la estufa tiene marcadas las fechas de las sucesivas elecciones: la de octubre de 1958 (Juan XXIII); la de junio de 1963 (Pablo VI); las de 1978 (de agosto, Juan Pablo I, y de octubre, Juan Pablo II), y, la última, de abril de 2005 (Benedicto XVI).
Fue en ese cónclave que para mejorar la identificación del color de la fumata que advierte si hubo elección (blanca) o no (negra), comenzó a usarse una segunda estufa auxiliar, pegada a la principal. Allí se colocan las sustancias químicas de diferente composición para obtener el color deseado. Las salidas de las dos estufas confluyen en un único tubo.
A través de las rejas que dividen en dos la capilla es imposible no detenerse a mirar la puertita del lado izquierdo del altar. Allí está la "habitación de las lágrimas", la pequeña sacristía de la capilla. Concluido el cónclave, es allí donde el flamante papa se retira y, al vestir por primera vez los paramentos papales con los que se presentará al público desde el balcón central de la Basílica de San Pedro, se cree que estalla en lágrimas, conmocionado por un peso enorme..

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