Túnez: los factores de la crisis

Por Emilio J. Cárdenas

Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

El suicidio del vendedor ambulante Mohamed Bouaziz -un universitario desempleado que, desesperado, se inmolara el 17 de diciembre pasado- encendió la furia de la juventud tunecina y terminó forzando al Presidente Zine el Abidine Ben Alí a abandonar precipitadamente su país, para refugiarse en Arabia Saudita.

La multitud protestando en las calles, día tras día, primero perdió el miedo y finalmente lo venció. Nada pudo hacer la esperada represión de las fuerzas de seguridad. Ocurre que el pueblo de Túnez estaba harto del despotismo de un gobernante opulento que se había aferrado al poder desde hace 23 años; de su corrupción y de la de su familia y entorno; del nepotismo que lo rodeaba; del culto a la personalidad que había edificado meticulosamente; de la falta de libertad de prensa y de opinión; de la pauperización; y de tener que sufrir un desempleo cada vez más profundo y generalizado.

El primer ministro, Mohamed Ghannouchi, en quien el presidente saliente delegara el poder, hace ahora esfuerzos denodados por tratar de garantizar que efectivamente habrá elecciones parlamentarias libres, en un período de seis meses. No será tarea fácil, desde que su credibilidad es poca. Pero, pese a la fragilidad, es la salida. La oposición parece acompañarlo por ahora, en lo que luce como un muy complejo interinato. Y desde el exterior los llamados apelan a la prudencia.

Hay algunos factores en esta crisis -que amenaza con extenderse a otros países del mundo árabe cuyos gobernantes tienen el denominador común de pretender eternizarse en el poder, como Argelia o Egipto- sobre los que vale la pena reflexionar.

Primero: la trascendencia -en este tipo de revueltas- de algunos mecanismos de comunicación en manos de los jóvenes -como Twitter y Facebook- que son capaces de vencer a los aparatos estatales con los que se pretende controlar todo.

Segundo: el impacto de las repentinas "revelaciones" de los cables de la diplomacia norteamericana filtrados por Wikileaks que, en este caso particular, confirmaron la percepción de corrupción que flotaba sobre la esposa del presidente, Leila Ben Ali, y su familia, que operaban a la manera de "cuasi-mafia" con su entorno de empresarios amigos, que en algún momento incluyera hasta a la esposa de Yasser Arafat, Suha, que fuera socia de la primera dama tunecina.

Tercero: para los gobernantes, vivir envueltos en una suerte de burbuja propia -construida a partir de una verdad pre-fabricada- es mal negocio, porque no es más que un mecanismo de escape frente a una realidad que no puede manipularse eternamente.

Cuarto: la ostentación y la opulencia desgastan primero e indignan después; especialmente cuando el pueblo vive cada vez más empobrecido y sumido en la frustración.

En Túnez -un país de los más liberales y mejor educados del mundo árabe- el temido fundamentalismo musulmán no parece haber contribuido sustancialmente a la caída de Ben Alí. En otros rincones del mundo árabe puede ciertamente ser un factor más de desequilibrio. Por todo esto, las réplicas del imparable terremoto de Túnez quizás empiecen a sentirse.

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