Son la comunidad argentina más grande en Estados Unidos. Llegaron en los 90 o tras 2001. Ahora tienen temor por la cada vez mayor persecución a los “sin papeles” latinos.
En una silenciosa Florida, la puerta argentina hacia el “sueño americano” también se está cerrando con el mismo cerrojo que pretende bloquear el paso sur a través de Arizona al grueso de los inmigrantes mexicanos y centroamericanos. Una idea del fiscal general del Estado, Bill MacCollum, de impulsar una normativa aún más dura que la del Estado sureño a la caza de votos para su candidatura republicana a la gobernación en noviembre, despertó la preocupación y el enojo en la comunidad argentina local.
Por la gran afluencia de latinos, las tierras del Sol se convirtieron no sólo en una opción privilegiada de playa en épocas del 1 a 1, pero también en la ruta que muchos argentinos escogieron hacia un futuro promisorio lejos de casa. Algunos aprovecharon la política de no visado de los 90 para hacer pie en la Florida en busca de trabajo. Otros se sumaron después de la crisis de 2001. Y hoy, un nuevo flujo migratorio sigue el mismo sendero con visas de turistas para permenecer en Estados Unidos, una vez vencidas. Por último, profesionales en su mayoría, llegan con un permiso de trabajo en sus manos. Pero en todos los casos, sin embargo, los miedos y las dudas frente a esta nueva embestida republicana es la misma, tal como PERFIL pudo comprobarlo.
Castro, un ilegal. “Yo fui un indocumentado, ahora tengo un permiso de residencia permanente pero, aún así, corro riesgo de ser deportado”, le reveló a este diario Edgardo Castro, desde Miami. En 2000, dejó su local de ropa en Buenos Aires y su profesorado en Geografía, a sólo un año y medio de concluirlo, y se radicó en la península de la Florida anhelando mejores oportunidades económicas. Pero pronto colisionó con la realidad: “Acá venís y hacés lo que nunca pensaste en la Argentina. Es comenzar tu vida de nuevo: otra cultura, otro idioma, otra gente”, comentó este joven de 35 años, que logró insertarse en el rubro de la construcción.
Tras cuatro años en pareja, contrajo matrimonio con una estadounidense e inició el trámite para obtener su permiso de residencia permanente. Pero se divorció antes de los dos años que la ley marca como requerimiento y ahora su situación es delicada porque un tribunal de Migraciones puede expulsarlo del país en diciembre cuando tiene agendada su próxima audiencia. “La política en este país es como en la Argentina. Todos hablan, nadie hace nada y, en épocas de elecciones, surgen los héroes. Después votan y todos olvidan lo que prometieron. Lo viví con Bush y ahora lo veo con Obama, es lo mismo”, se lamentó Castro ante el llamado de este diario.
El temor de los Musgrave. Un poco más al norte de Miami, el temor es el mismo en la familia Musgrove. Una década en Coral Springs no pudo borrarle a Alejandro, de 55 años, su amor por la Argentina ni por el club de sus amores, Rosario Central. Con sus tres hijos y su esposa Nora, este rosarino aceptó un puesto de la compañía de sistemas en la que trabajaba en enero de 2001, para mudarse a Florida ante el oscuro horizonte que asomaba en su país. Pero al poco tiempo de llegar, dejó la empresa y quedó anulada la gestión para conseguirle a él y a su grupo familiar la residencia permanente. Desde entonces, Musgrove transita los despachos de Migraciones con la incertidumbre de lo que pueda suceder si una nueva ley racista criminaliza a los inmigrantes en su Estado.
“Es imposible no tener miedo. Hasta que no conseguís la residencia definitiva estás en un limbo jurídico. Dejás de tomar las decisiones para que otro las tome por vos. Yo entiendo que es su país y tienen derecho a poner sus leyes. Pero no acepto que me la cambien en medio del camino”, criticó Musgrove. “Están culpando a los inmigrantes por los problemas económicos de Estados Unidos, usándonos como chivo expiatorio, el mismo discurso que se escucha en la Argentina”, agregó.
Su esposa, Nora, también se mostró preocupada. “Cuando me enteré de que querían impulsar una ley como la de Arizona, me quedé petrificada. Yo estoy legal, pero tengo un registro de conducir temporario que, después del 11-S, debo renovar una vez por año. ¿Qué pasa si me para un policía? Yo soy morocha, de ojos marrones, tengo un estilo latino. ¿Van a llevarme para averiguar si estoy legal?”, preguntó.
Espina, sin trabajo. Con sus 38 años, Ana Carina Espina realizó la misma travesía desde su Rosario natal hasta la Florida, pero su destino fue la localidad de Kendall, donde se asentó en diciembre de 2009, tras casarse con Jorge, un chileno con la ciudadanía local. En agosto, había arribado a Estados Unidos con una visa de turismo y, tras vivir unos meses en Carolina del Sur, se mudó a la península donde hoy espera la “green card” con la esperanza de que su lazo conyugal agilice los trámites. Hasta el jueves, no podía trabajar porque en todos lados le pedían el permiso del gobierno.
“Acá la vida está muy difícil y los trabajos disponibles son bastante inestables. Yo estuve un par de meses en un shopping y los horarios se organizaban por semanas. Día a día te iban diciendo a qué hora tenías que ir a trabajar. Es muy estresante”, le confesó a PERFIL. Por su fisonomía, logró pasar inadvertida entre los estadounidenses, aún durante su paso por el sur del país donde percibió una mayor discriminación a los latinos. “Pero en Miami es como estar en Buenos Aires. Adonde vas, todo el mundo habla español. No puedo imaginar que pasaría con una ley así en este Estado, que vive de los latinos”, sostuvo esta cosmetóloga y mecánica dental que busca volver a sus pasiones mientras contempla con incredulidad las amenazas de McCollum.
Santarcangelo y el River-Boca. “Todo esto es una estupidez política porque el gran argumento de los republicanos es que los inmigrantes le sacan el trabajo a los americanos. Y eso es una mentira porque los latinos sin papeles trabajan de valet parking, mozos o lavacopas y no veo a americanos en esos trabajos. Acá te pagan menos por ser extranjero y laburás el doble”, repudió Hernán Santarcangelo, desde su casa en el Downtown de Miami. Con sus 34 años, Santarcangelo lleva ya siete viviendo en Estados Unidos, adonde desembarcó en abril de 2003 con su título de arquitecto bajo el brazo, el sueño realizado de mudarse a otro país, algunos amigos y un contrato con un estudio local. Tres años después, abrió su propia oficina, conoció a una chica francesa, se casó y ambos consiguieron su permiso de residencia permanente.
“La diferencia entre los argentinos y el resto de los inmigrantes en Miami es que nosotros no sentimos vergüenza de decir de dónde venimos. Nos creemos superiores. Pero estas acusaciones afectan a todos por igual”, sentenció Santarcangelo a quien le irrita la tosudez de los estadounidenses a la hora de debatir estas inicitivas racistas. “Acá la política es River y Boca, o sos republicano o sos demócrata. Si te hicieron de chiquito republicano, vas a ser republicano toda tu vida, no importa qué pienses”, calificó el arquitecto.
Los Acosta, la puerta cerrada. De todos los consultados por PERFIL, Luis y Viviana Acosta, junto a sus dos hijos, son quienes viven hace más tiempo en la Florida. En noviembre de 1998, Luis tomó un puesto en una firma de arquitectura de Coral Springs, al noroeste de Fort Lauderdale. Seis meses después, lo siguieron Viviana y el mayor de sus hijos. Aún así, y aunque hace poco consiguieron el estatus de ciudadanos, no se sienten a salvo de los coletazos que la arremetida republicana puede asestar a la comunidad argentina.
“Lo primero que pensé al escuchar esta idea es cómo podrían mirarme si, por ejemplo, cruzo un semáforo en rojo y, al momento de detenerme, el policía escucha que hablo inglés con acentro extranjero. ¿Cuál es la diferencia que va a marcar el modo en que tratarán a las personas: la forma en que uno hable el idioma? Eso me preocupa”, sentenció esta asistente social, quien reconoce que Estados Unidos aceptó a su familia y le permitió volver a estudiar en la universidad, incluso con una beca completa. Pero hoy, la puerta de Florida parece a punto de cerrarse una vez más. Y no todos los argentinos, los que ya viven en la Florida y quienes sueñan con poder emigrar, podrán contar con esa oportunidad.
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