Por Mariano GrondonaRecordamos a Fernando Henrique Cardoso no sólo porque fue presidente de Brasil entre 1995 y 2003 sino también porque fundó un sistema. Como su frase más recordada es que "tres períodos es monarquía", Cardoso tuvo el buen cuidado de respetar la reforma constitucional que él mismo había propiciado, la cual no permite más de dos mandatos presidenciales consecutivos.
Si Lula cediera al fin a la tentación "re-reeleccionista", obtendría seguramente otros cuatro años en la presidencia pero dejaría a su país sin sistema porque ingresaría en el peligroso camino de las reelecciones consecutivas que hoy caracteriza a los regímenes autoritarios del venezolano Chávez, el ecuatoriano Correa, el boliviano Morales y el matrimonio Kirchner.
En América latina, la reelección consecutiva indefinida es la frontera que separa esas expresiones del autoritarismo populista de las repúblicas democráticas como Brasil, Chile y Uruguay, todas ellas en camino hacia las democracias maduras de Europa y América del Norte.
Pero la maduración democrática de las naciones latinoamericanas sólo ha sido posible con una condición previa: el renunciamiento de sus presidentes-fundadores. En 1994 el primer sucesor democrático de Pinochet, Patricio Aylwin, renunció en Chile a la posibilidad de una reelección inmediata, creando así un precedente que seguirían puntualmente sus sucesores Frei, Lagos y Bachelet. En 1990, Julio Sanguinetti respetó escrupulosamente por su parte la prohibición de la reelección inmediata de la constitución uruguaya, algo que reiteraron sus sucesores Lacalle, Batlle y Tabaré Vázquez. En 2003, ya Cardoso había descartado ese tercer período consecutivo al que calificó de "monárquico" y hasta ahora se suponía que Lula haría lo mismo al fin de su segundo mandato.
Los países latinoamericanos que hoy se encaminan al desarrollo político lo han logrado en cumplimiento de un principio básico: que los fundadores de sistemas, los fundan y se van. Lo mismo habían hecho todos los presidentes argentinos a partir de Urquiza, hasta la catástrofe institucional de 1930. Si Lula cediera ahora a la tentación reeleccionista, dejaría a Brasil sin sistema. Seguiría en el trono por algunos años más pero, al hacerlo, renunciaría al pedestal.

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