Solicitan ayuda para tres familias con quince nenes que viven en la pobreza

Solicitan ayuda para tres familias con quince nenes que viven en la pobreza

Habitan en dos casillas chicas y precarias ubicadas en el barrio Alto Camet. Duermen todos juntos en unos colchones sobre el piso de tierra. Historias por fuera de la Mar del Plata oficial.

Joaquín Lledó. Piso de tierra. Un techo quemado producto de un incendio. Agujeros en las chapas y en las paredes. Una cocina que no anda. Una pequeña mesa con tres cajones. Colchones apilados. Moscas.

Una casilla de madera. Piso de tierra. Unas chapas y mucho nylon como techo. Colchones apilados. Un poco de ropa tirada. 

Entre las dos casillas, tierra, pasto, perros, dos gallinas, un potrillo, una mesa, un tacho en el que prenden fuego y una parrilla sobre la que cocinan. Atrás, un “baño”: un pozo, un inodoro suelto y una manguera por la que sale agua.

Así viven en Mar del Plata cinco adultos con quince nenes de entre uno y nueve años. Viven en el barrio Alto Camet, a unas cuadras del Parque, tan lejos de esos lobos marinos del centro que recorren el mundo en fotos.

La situación no es nueva, pero la asistencia ofrecida por tres personas que conocieron su situación, sí. Pequeños avances en medio de una situación de precariedad extrema, que el Estado decide no atender.

Alejandra tiene cinco hijos de 9, 7, 6, 4 y 2 años. Hace nueve años que vive con el padre de sus hijos y hace dos que están juntos en la casilla de material de Los Naranjos al 2900. Soledad está embarazada de cuatro meses y tiene seis hijos, de 1,3, 5, 6, 7 y 9 años, también está con su pareja y llegaron ahí y armaron su casilla con madera porque “no tenían otro lugar”.

Flavia tiene 24 años y cuatro hijas, de 2, 5, 6 y 8 años. Llegó a Mar del Plata de Capital Federal hace tres meses cuando decidió huir de su pareja, que la golpeaba e insultaba delante de sus hijas. Estuvo unas semanas en la casa de su mamá, pero la echó, según cuenta, y cayó en lo de su amiga Alejandra, que le abrió la puerta de su precaria casilla.

Soledad y Alejandra salen todos los días a las 8 de la mañana con un carro a buscar lo que les den. Dicen que la gente las ayuda, que se encuentra algo de comida y algunas cosas para vender y que ya muchos las conocen y las esperan.

Así, por ejemplo, tiene en una de las casillas una bolsa de harina que les dieron en una panadería con facturas “viejas”. Para cocinar, prenden fuego en un tacho y apoyan sobre una parrilla.  Tienen una cocina, pero no anda y cuentan que la garrafa sale muy cara: en el barrio, las unidades sociales promocionadas por el gobierno no existen y las tiene que pagar entre $110 y $120.

Alejandra dice que cobra la Asignación Universal por Hijo, que eso es una ayuda ya que recibe $2 mil mensuales y que lo usa para comprar los alimentos que no se consiguen en el carro y que les duran “casi un mes”.

“Cuando hay, primeros los chicos, nosotros después vemos o nos arreglamos con unos mates”, afirma.

En la casilla de Alejandra cada vez que llueve tienen que poner los colchones bien en el centro porque por los costados entra agua, por el techo roto.

En la casilla de Alejandra solo hay una lamparita, conectada a un cable de la calle. Afuera, no hay luz, todo es oscuridad.

La pregunta de qué sería una prioridad para ellos suena incómoda ante tanta necesidad, pero Alejandra y Soledad igual responden: “Una casa”.

Las dos mujeres cuentan que han pedido ayuda en el área de Desarrollo Social, pero siempre la respuesta se reduce a la entrega de una bolsa con ropa o una de alimentos. Nada más.  

UNA VIDA URGENTE

Flavia tiene 24 años. Llegó a Mar del Plata desde Buenos Aires hace tres meses: se cansó de que su pareja le pegara y la maltratara. Dice que no aguantó más que sus cuatro hijas vieran cómo le gritaban y la empujaban. Ni bien arribó se fue a vivir a lo de su mamá, que le pagó los pasajes. Sin embargo, la relación se rompió y a los pocos días la echó de su casa, según cuenta. Entonces fue a lo de su amiga Alejandra.

El relato de su vida es voraz: a los 8 años empezó a trabajar vendiendo tarjetitas en la calle y a los doce años se fue de la casa. Le dio a elegir a la madre: su pareja o ella. La madre eligió a su pareja, que según cuenta, la manoseaba e intentaba abusar de ella y de su hermana. Esa hermana, dice, tuvo dos hijos con la pareja de su mamá. “Mi mamá nunca nos dejó hacer la denuncia”, se lamenta.

Flavia no mira atrás. Dice que su vida cambió cuando nació su primera hija y a partir de allí todo cambió. Hoy tiene cuatro hijas, de tres padres diferentes. “La mayor tiene retraso mental, eso me dijeron en el Garrahan, aunque después en otro lado me dijeron que era retraso madurativo”, cuenta.

Flavia dice que quiere dejar todo lo pasado atrás y empezar de nuevo. Ahora trabaja dos veces por semana en la casa de su cuñado y cobra $200 el día. Mientras tanto, busca un empleo mejor.  

LA AYUDA

Días atrás Walter Vega vio a Soledad y a Alejandra en el carro y les sacó una foto, se interiorizó y llegó a su casa. Desde ahí comenzó a través de las redes sociales un pedido de ayuda para colaborar con las tres familias. De esa manera se puso en contacto con él un albañil que se ofreció a mejorar las casillas.

Walter junto a dos jóvenes hoy atienden a los chicos, los bañan y les dan algo para comer mientras intenta cambiar su realidad. ¿El Estado? Ausente.

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