Julio Solanas y su relación con el poder que integra. Habla pausado, menos por inseguridad que por cautela. Intuye que cada palabra pronunciada fuera de tiempo, sobre todo las referidas a sus aspiraciones, puede acarrearle perjuicios mayores a cualquier eventual beneficio.
Julio Solanas, diputado nacional por el Frente Para la Victoria, apenas si admite estar “en carrera” para suceder a Sergio Urribarri como gobernador de Entre Ríos. Pero su talante informa de una decisión tomada que solamente en lo verbal no se exterioriza. Alega inscribirse en una austeridad que no siempre es norma en la política actual, reconoce que la ausencia de su hermano Raúl constituye para él un enorme vacío y jura que ignora cuánto dinero hace falta para embarcarse en una campaña política.
—¿Qué aprendió siendo diputado nacional?
—Fundamentalmente, el ejercicio de la tolerancia. En el Congreso se aprende a convivir en respeto.
—¿No siente que forma parte de una especie de ficción? Los oficialistas ya saben todo lo que tienen que decir, los opositores qué cosas atacar, que lo verdaderamente importante no se resuelve allí.
—Es que yo creo en un proyecto político y cuando hay un proyecto que defender se logran cohesionar las acciones. Adentro del bloque uno puede discutir y buscar síntesis.
—¿Se discute verdaderamente? ¿No hay una fuerte tendencia a aceptar todo lo que viene desde arriba?
—No, no, se discute. Ha habido instancias en que parecía que el bloque no iba a votar un proyecto y después se terminó votando sobre tablas. Por ejemplo, en el caso de los compañeros privados de su libertad… Lo que la oposición no entiende es que uno está adentro de un proyecto. No se trata de aceptar todo, pero sí de respetar las líneas rectoras de ese proyecto.
—La sensación es que los legisladores conciben su paso por el Congreso como un momento que les permitirá, luego, recaer en un cargo ejecutivo. Y entonces canjean apoyos de leyes por futuros respaldos.
—En mi caso no es así. Uno trabaja en las cuestiones de la provincia, acompañando al gobernador, por ejemplo, y efectuando gestiones incluso para intendentes que no son de nuestro partido.
—No parece que la función de un legislador sea andar haciendo gestiones.
—Pero es una exigencia de nuestros vecinos. A la vez, sí, presentamos proyectos: los consorcios rurales, por ejemplo; o el referido a violencia de género, para que las víctimas puedan presentar un certificado para no ir a trabajar frente a una situación de ese tipo; o un proyecto que yo quiero mucho, que es el área verde protegida entre Paraná y Oro Verde.
—¿Existe mucha diferencia entre actuar políticamente en una ciudad, la provincia y la Nación? ¿O es solo una cuestión de escala: las mismas cosas pero en una cancha más grande?
—No, ser intendente es algo diferente. El intendente es un ser pasional que ama el lugar donde nació. Es muy diferente a ser legislador o a ser gobernador o presidente.
—No parece que sea lo mismo hablar con el presidente del Centro Comercial que con el titular de la Unión Industrial Argentina.
—No, es cierto, pero las situaciones pueden ser parecidas. Lo que sí se advierte en el Congreso es que hay muchos legisladores preocupados por salir todo el tiempo en televisión. A veces me dicen: “Hay que salir en televisión porque eso permite construir liderazgo”. A mí me parece que se confunde la televisión con la construcción política.
—Puede pensarse que al político le importa aparecer en televisión para seducir votantes. Pero también que aparecer en televisión le permite ser más escuchado en el microclima del poder. ¿Hay algo de eso?
—Yo no siento que sea así. Uno ve que hay legisladores con un vedetismo muy fuerte. Piden todo el tiempo la palabra para hacer cuestiones de privilegio cuando eso debería ser un recurso extraordinario…
—Bueno, pero si un legislador habla en los medios y no en el Parlamento también se lo reprochan.
—Tiene que hacerlo en los dos lados. Hay diputados que ingresan a la cámara con cinco acompañantes. No me gusta: me parece que hay que manejarse como una persona normal. Es como chapear cuando uno va en la ruta: tenés que mostrar que tenés todo al día, no decir quién sos. Me gusta la austeridad.
—Plantear eso como un ideal lo puede meter en problemas. Es la certificación de que no es lo que sucede habitualmente, incluso en su propio espacio.
—Es verdad, pero uno defiende su posición. Creo que hay que ser ideológicamente correcto y políticamente incorrecto. Néstor no cambió con el poder, no hizo ostentación. Vivimos un tiempo en el que se confunde el rating con la cultura.
—La distinción a Tinelli…
—Tenés rating y tenés cultura… Es una confusión. Yo veía eso y pensaba en Juanele Ortiz, en Alfonsina Storni.
—Pero es la lógica de la política mediática. A propósito: ¿cuánto de la suerte de un candidato se juega en la unidad básica, cuánto en el contacto con los ciudadanos y cuánto en los medios de comunicación? ¿Se podría calcular?
—Lo esencial está en los medios. En realidad, hay que hacer un mix. El contacto con los ciudadanos es fundamental y eso debe ser reforzado con los medios y las nuevas tecnologías. No me animaría a hablar de porcentajes, pero la comunicación es enormemente importante. De todos modos, yo creo que hay que hablar de lo colectivo y no de lo personal.
—Pero lo colectivo se encarna en alguien y tengo para mí que hay una práctica política muy vertical. Se discute poco. Se acata, simplemente.
—Es un ida y vuelta. Cuando se discutió la ley de medios…
—Es la excepción a la regla.
—…vino de abajo hacia arriba.
—Es un caso único.
—No, también hay otros ejemplos. El nuevo Código Civil tiene que ver con una demanda que venía desde abajo. No es un asunto de cuatro iluminados.
—Una cosa es que la política se haga cargo de demandas sociales y otra es que verdaderamente se delibere de abajo hacia arriba. Nómbreme cuatro políticos rebeldes que integren las filas oficialistas.
—No voy a personalizar, pero nuestro proyecto tiene muchos compañeros que trabajan cotidianamente para revertir situaciones. Tenemos compañeros desaparecidos y esas cosas nos interpelan.
—Un oficialista se hace más creíble si de vez en cuando plantea disidencias.
—Pero usted debe admitir que hay discusiones internas muy fuertes en nuestro bloque. Después, claro, nos alineamos.
—Bueno, pero a esas discusiones no tenemos acceso.
—Pero es así, discutimos.
—¿Le gusta, le disgusta o le es indiferente que funcionarios públicos participen de escraches como del que fue objeto esta semana en Paraná el presidente de la Sociedad Rural?
—Yo respeto todas las posiciones, pero a mí nunca me cayó la ficha con el escrache. Se generó por ejemplo un estado muy fuerte de violencia cuando los sectores del campo escrachaban a los legisladores. O lo que pasó recientemente con el diputado (Nicolás) Del Caño. Nuestro bloque repudió la actitud de la Gendarmería.
—Eso es peor. Es una fuerza de seguridad reprimiendo.
—Sí, pero nuestro bloque se solidarizó con él. Yo incluso me levanté y me puse a su disposición. Lo de los escraches es una concepción que usaron los nazis y yo no comulgo con eso.
—¿Quiénes son sus amigos en el gobierno nacional?
—Soy muy amigo de muchos legisladores: Guillermo Carmona, Mario Metaza, Mario Oporto. Y en el Ejecutivo, José López, el secretario de Obras Públicas, es un amigo. También tenemos buena relación con (Julio) De Vido y (Agustín) Rossi.
—¿Otros del núcleo duro del kirchnerismo?
—Tengo buena relación con los jóvenes de La Cámpora.
—¿Ha hablado con Máximo (Kirchner)?
—Lo saludé alguna vez, pero no he conversado con él.
—¿Cree que tiene tanto poder como se le adjudica?
—Es un tipo de lo más humilde. Los que lo conocen bien me cuentan que es un hombre que se mueve como usted o como yo. Vive de acuerdo a sus convicciones y tiene los amigos de toda la vida. Y es muy importante que siga viviendo en Santa Cruz. ¡Hay que pelarse para vivir ahí!, ¿eh?
—Cuando dirigentes opositores, o medios de prensa críticos, hablan de una fortuna familiar que ascendería a cifras astronómicas, ¿no se le atraviesa ninguna duda?
—Cuando lo dice (Eduardo) Costa, de Santa Cruz, y me cuentan lo que es Costa, uno no duda de que eso tiene una intencionalidad política. Néstor (Kirchner) fue honesto intelectualmente y Cristina también. Trabajaron mucho antes de ser presidentes. Trabajaron como cualquier ciudadano. Siempre se habla… Recuerdo que de mí decían que era dueño del Complejo Solanas. No quiero compararme con gente tan importante, pero creo que estas cosas hacen daño.
—Preguntaba por sus contactos por el tema de las bendiciones. ¿Espera alguna bendición para convertirse en candidato a gobernador?
—Lo que interesa es la construcción cotidiana. Hoy caminamos junto al compañero gobernador, porque todos queremos que llegue a ser presidente. Tengo una relación muy buena con Cristina, con el Pato, pero nada se hace solamente con la bendición. El mismo Urribarri está recorriendo todo el país y tal vez, sí, en algún momento la Presidenta lo elija.
—Pero se construye para crecer y medir mejor, porque eso acrecienta las posibilidades de ser bendecido.
—La bendición tiene que ver con el proyecto político.
—O sea que usted está en carrera.
—Sí, estoy en carrera. Pero no me gusta hablar en primera persona. No me gusta. Las cosas se hacen en equipo.
—Me cuesta imaginar una negociación política. ¿Cómo es el momento en que un candidato a gobernador elige a su vice? ¿Lo elige en persona o se lo imponen?
—El vice es un complemento muy fuerte.
—O sea que lo tiene que elegir personalmente el gobernador.
—No lo sé, pero es un complemento fuerte. Puede, sí, ser producto de una negociación, pero es también una decisión de quien conduce.
—Entonces un candidato puede terminar, como se dice, tragándose un sapo al momento de la elección de su vice.
—Es que es más fácil si se resuelve en el marco de un proyecto, como se resolvió en su momento nuestro acuerdo con el Pato, que se portó como un caballero en todos los aspectos. Es mucho más fácil así que cuando se plantea desde el individualismo del que dice: “Yo quiero ser”.
—Supongamos que hay tres nombres para acompañarlo en una fórmula. Con dos se lleva bien y con el tercero no tanto. ¿Aceptaría en el marco de una negociación que el elegido fuera el dirigente con el que personalmente no se lleva tan bien?
—Por supuesto. Si la construcción colectiva lo exige, seguro que lo aceptaría.
—¿Cuánto cuesta una campaña a gobernador de la provincia?
—Soy absolutamente sincero: no lo tenemos evaluado. Estamos un poco en pañales en ese aspecto.
—Pero un candidato necesita tener un presupuesto. Hay que moverse, viajar, hay que hacer propaganda. No puedo creer que no tenga un presupuesto.
—Créame: no lo tengo. De acá a diciembre, tal vez, lo pueda tener.
—¿Cómo se financia una campaña? ¿Quién aporta?
—Nosotros siempre fuimos austeros. Cuando peleamos la Intendencia, en el 91, nos donaban las calcomanías. Y así competimos con don Humberto Varisco. En diciembre le cuento.
—¿Es que los candidatos ponen de su patrimonio?
—En todo lo que estamos haciendo ahora, ponemos de nuestro patrimonio. No uso autos oficiales: me manejo con el mío o con el de mis compañeros.
—¿No le piden contribuciones a los empresarios?
—Hoy por hoy no pedimos. En su momento hubo ciudadanos que nos apoyaron, de modo muy exiguo.
—La relación entre la política y el dinero está cada vez más fea.
—En nuestro caso nos manejamos con absoluta corrección.
—¿Urribarri pone el candidato a gobernador?
—Lo que yo he hablado con él es la posibilidad de caminar. Lo que pasa es que en Entre Ríos su candidatura presidencial ordena. No en el sentido de imponer el orden, sino de acomodar las posiciones. Su candidatura ordena todo.
—¿Por qué Urribarri lo elegiría a usted, que fue el tipo que en su momento lo enfrentó con la Lista 100?
—Con Urribarri tenemos una excelente relación política. Y más: una excelente relación humana. Es un hombre llano y tenemos parecidas historias de vida.
—¿Necesita usted unificar políticamente todo Paraná para ser candidato a gobernador? Hay varios referentes: la intendenta (Blanca) Osuna, el vicegobernador (José) Cáceres, un par de ministros.
—El proyecto político nos necesita a todos, pero las candidaturas son otra cosa. Yo pregono la unidad. Yo siempre tengo la disposición de hablar con todos. El único límite en política es la agresión.
La ausencia de Raúl
“La ausencia de Raúl (Solanas) es un vacío enorme. El otro día repasaba un mensaje de (Jorge) Bergoglio hablándoles a los docentes, en 2006, y me encontré con la letrita de Raúl, que había escrito: ‘Leé esto: me parece importante lo que dice este cura’. Tenía esas cosas de anticiparse”.
“Un día me llamó y me dijo: ‘Me invitaron a lo de Mirtha Legrand. ¿Qué hago? ¿Voy o no voy?’ Le dije que fuera y me contestó: ‘Claro, vos no vas pero me mandás a mí…’. Era una mesa durísima y hubo una agresión muy fuerte de la señora Legrand. Le dijo a Raúl: ‘Qué lindos ojos tiene; lástima que sea kirchnerista’. En ese momento Raúl únicamente le contestó que nuestra madre la había admirado mucho. Pero después, a la vuelta, le respondió: ‘Señora, yo estoy orgulloso de ser kirchnerista’”.
“Te mandaba mensajes a las 6 de la mañana. Mandaba cosas que, decía, podían servir para nuestras reuniones políticas. Ese era él. Era un tipo de profunda paz, peleado con las armas… Un tipo, claro, con unos huevos así de grandes”.







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