Dicen que les alcanza con hacer y recibir llamadas o enviar mensajes de texto, y que les molesta recibir mails a toda hora o tener que contestar chats de personas que saben que los leyeron. Muchos lo probaron y se hartaron.
Se los puede rotular de románticos y muchos de ellos lo son. Pertenecen al grupo de personas que necesita imprimir fotos digitales como si el rollo no fuera demodé y que no concibe disfrutar películas y series cuando son proyectadas en un monitor en lugar de un televisor. Son cuantiosos los miembros de la resistencia y están encabezados por aquellos que no quieren de ningún modo comprarse un teléfono inteligente, y aun por los que probaron y desistieron, aunque eso les insuma más gastos mensuales por la cantidad de las llamadas que efectúan desde su celular tradicional.
"No tener un smartphone no es rechazar la tecnología", sostiene Mónica Salatino. Periodista de 63 años, que mantiene hace muchos y en perfecto estado un teléfono celular que sólo sirve para lo que fueron creados los teléfonos: llamar y recibir llamadas, a lo sumo enviar y recibir mensajes de texto. "De los que funcionan a kerosene", bromea, pero defiende su decisión: "Estoy en contra de que la tecnología deje de ser un medio para ser un fin. La posibilidad de comunicarse se transformó en un fetiche", dice.
Mónica recuerda gustosa cuando la aparición del correo electrónico le facilitó su trabajo como freelancer y le permitió dejar de lado el ahora extinto diskette, que hasta entonces era clave para llevar sus notas en las redacciones, y que demandaba que dicha entrega se concretara en persona. Lo cuenta como otro argumento para transmitir que no tiene problemas con el avance de la tecnología sino con lo que llama "una relación alienante" con el teléfono. "Hay gente que habla con vos y está operando con el celular, como antes hacían los japoneses con las cámaras de fotos en lugares turísticos. En el colectivo, el 80% de la gente viaja metida en su celular. Si eso es la comunicación, no sé qué es la comunicación", sentencia Salatino.
Menos de un 10% de los celulares nuevos que se venden en el mercado son básicos y están en vías de extinción (ver aparte). Sin embargo, siguen existiendo usuarios que van directo a buscarlos, haciendo cintura para no caer en los teléfonos inteligentes, a pesar de que, en muchos casos, eso implique perderse encuentros con grupos de amigos, que suelen acordarse a través de redes sociales o el chat de WhatsApp.
Lola Carew tiene 20 años y sus amigas dicen que su vida es "un tanto hippie". Por eso o por una declaración de principios –o tal vez por ambas cosas–, considera que "si no hay necesidad de estar todo el tiempo conectado, no tiene sentido comprarse un teléfono con tantas aplicaciones".
Es estudiante de Letras, trabaja vendiendo artesanías y de ninguna manera contempla que alguien pueda comprarse un teléfono inteligente sólo por placer. "Después están todo el día metidos en el celular", coincide con Mónica.
El psicoanalista Alberto Álvarez, miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), entiende que "esa saturación de información y de comunicación, para algunas personas requiere ciertos límites", pero además advierte: "Los cambios tecnológicos son cada vez más rápidos, van a mucha velocidad, muy acelerados. Y hay mucha gente que no quiere correr detrás de todo lo nuevo." Incluso, como cita el profesional, hay quienes corren detrás de lo nuevo, se dan cuenta de que no están al mismo ritmo, y se arrepienten.
"Cada uno puede tener su resistencia a tomar o no los cambios tecnológicos. Eso permite mantener cierta individualidad. La resistencia no es siempre negativa. En este caso, permite preservar ciertas cuestiones para cada uno", analiza Álvarez.
Esa necesidad de preservarse es la que ha llevado a muchos que ya lo habían probado a desembarazarse de los celulares inteligentes. La hiperconectividad, el mail a toda hora, las ofertas, las musiquitas y ruiditos que se multiplican (uno para el mail, otro para el WhatsApp y así) y la localización geográfica permanente, entre otras monstruosidades del smartphone, aseguran, los distraen de las cosas más simples, más básicas y necesarias.
Le sucedió a Ariel Marcelo Tacconni, que aún no cumple 40 años y se hartó del smartphone. Recientemente separado y con dos hijos, la mayor, Sofía, veía con malos ojos que él respondiera al chat antes que a sus pedidos –en una época, la de la separación, ardua para ella y su hermanita, y de exigencia de atención intensa–. "Dejé de usarlo y volví al viejo y buen celular que tenía antes. No sólo por tranquilidad mental. Estaba cansado de que me llegaran mails a cualquier hora, y de saltar de miedo, o de inquietud, con cada ruido del smart. Me di cuenta de que sólo precisaba un número, mensajes de texto, reloj y despertador. Y punto. Encima, con el que antes usaba, redescubro una virtud que había olvidado: la gran autonomía. Lo cargo dos horas y lo uso toda la semana." Además, Ariel es diseñador y se queja de la monotonía cromática de los nuevos teléfonos. "Por lo menos hasta que se masifiquen, los viejos modelos tienen más variedad, con o sin tapita, más o menos largos o anchos, más colores… Me gustan más." «
"Me molestaba la dependencia que genera"
Podría suponerse que, como conductor, escritor y periodista, el trabajo de Eduardo de la Puente le demanda estar conectado a toda hora, incluso a través de su teléfono. Pero no. Él decidió que no. Supo tener un BlackBerry y desistió. "Lo tuve a instancias de mi familia. Y me molestaba mucho que estuviera tirando alertas todo el tiempo. Empecé a deshabilitarle funciones hasta que, finalmente, terminó siendo algo similar a lo que tengo ahora: teléfono y mensajes. Bueno, también tenía cámara, claro; el que uso ahora no. Ni wifi. Ni tarjeta de memoria, Y la batería me dura ocho días. Vos tenés que salir con el cargador encima. Morite de envidia", se ufana.
El principal motivo que lo devolvió a las fuentes telefónicas fue la pérdida de intimidad. "No me gusta estar ubicable todo el tiempo, ni verme obligado a responder de inmediato a nadie porque sepa que leí su mensaje. Me molesta la dependencia que generan estos dispositivos. Prefiero determinar yo el tiempo que voy a dedicarle a la compu o a la tablet", explica, y persuade: "No me quedo afuera de nada. Salidas, conversaciones y planes se pueden organizar tranquilamente, y es más: cuando se llevan a cabo puedo dedicarme a ellas, sin estar organizando otras salidas, planes o conversaciones mientras les digo a todos que esperen un cachito. Me parece más respetuoso."
Los básicos, más caros
"El año pasado, apenas el 7% de los equipos que se produjeron en Tierra del Fuego, que son los que luego se terminan vendiendo, fueron teléfonos básicos. De hecho, ya hay marcas que no los hacen más, por lo menos en la Argentina", detalla Enrique Carrier, analista del mercado de telecomunicaciones.
El especialista explica que, como la oferta de teléfonos básicos, que sólo permiten hacer y recibir llamadas y mandar mensajes de texto, es muy reducida y está cerca de terminarse, eso tiende a aumentar los costos de esos productos. "La semana pasada le compré un teléfono a mi papá, que tiene 85 años, y tuve que pagar 700 pesos. O sea, si encontrás, lo pagás caro", asegura.
Otro problema que encuentra Carrier para quienes no usan smartphones es que, "sobre todo en gente joven, lo más probable es que gran parte del entorno sí los use, entonces se terminan quedando afuera de algunas cosas, porque no integra los grupos en las redes sociales o el WhatsApp, donde se coordinan actividades; entre los mayores, en cambio, quizás ese riesgo no exista porque sus pares no están tan metidos en las redes."
93 por ciento de los equipos de telefonía celular que se montan en Tierra del Fuego son smartphones. El 7% son equipos básicos que todavía se siguen fabricando.
Estrellas y modelos vintage
¿Nostalgia, rebeldía o apenas paz mental? Luminarias del espectáculo y la música internacional decidieron un back to basics, que consiste en dejar de lado los teléfonos de última generación por esos telefonitos negros y pequeños que llaman "cucarachas", porque continúan vivos y sobrevivieron a todo. Entre los que recientemente anunciaron que volvían a los viejos celulares low tech están la redactora en jefe de Vogue, Anna Wintour; los cantantes Rihanna e Iggy Pop; y el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, todos "alienados" por el smartphone. Para algunos especialistas en moda, lo que estas estrellas buscan es distinguirse de las masas y de los demás famosos, con un retorno a lo vintage celular. Para otros, se trata de cosas menos snob, como los estragos mentales que produce en una celebridad estar con un teléfono inteligente prendido las 24 hora, a la espera del hacker que haga de sus smartphones un espejo de la vida que llevan, con imágenes que no querrían ventilar.
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