Sus exhortaciones a la prudencia parecían avaladas por ciertas señales conciliadoras que venían del ala menos belicosa de la Hermandad Musulmana. Entre los seguidores del ex presidente Morsi había grupos que al parecer estaban dispuestos a negociar, siempre y cuando los militares aceptasen la mediación de Ahmed al-Tayeb, jeque y gran imán de la mezquita de Al-Azhar, la mayor institución religiosa de los musulmanes sunnitas.
Al-Sisi le debe a Mohammed Morsi tanto su grado militar como su autoridad. Es el comandante en jefe de las fuerzas armadas, ministro de Defensa y de Producción Bélica, porque el líder de la Hermandad en su momento habría entendido que era el mejor y más leal de los interlocutores posibles.
Es un devoto musulmán, marido y padre de mujeres que se cubren la cara. Es autor de una tesis, escrita durante una estadía militar en Estados Unidos, en la que afirma que ningún régimen democrático de Medio Oriente puede ignorar las tradiciones religiosas de los países musulmanes.
Apenas Morsi llegó a la presidencia, hace un año, Al-Sisi le envió un mensaje con una calurosa manifestación de lealtad. El 24 de julio pasado, dos semanas después del derrocamiento de Morsi, del que era personalmente responsable, aprovechó una ceremonia militar de promoción de cadetes para pedirles a sus compatriotas el "favor" de salir a llenar las plazas y encargarles públicamente a las fuerzas armadas el sostenimiento de la nación.
No habla con el lenguaje de los dictadores militares, no combate a la Hermandad Musulmana desde la laicidad, y no parece tener un programa político que no sea el regreso al orden.
Tras el colapso de la monarquía, en 1952, Egipto tuvo un presidente nacionalista y socialista, Gamal Abdul Nasser, y dos presidentes nacionalistas conservadores, Anwar al-Sadat y Hosni Mubarak. Nasser fue un enemigo declarado de la Hermandad Musulmana; Sadat y Mubarak alternaron políticas represivas con etapas de mayor tolerancia. Pero cada uno de ellos defendió las tradiciones laicas de un país que un ningún momento dejó de tomar ejemplo, por su propia modernización, de las instituciones occidentales. ¿En qué se convertirá el Egipto de Al-Sisi?
Esa no es la única pregunta que deberemos hacernos en las próximas semanas. Hoy existe un frente nacional contrario a la Hermandad y compuesto por militares, por integrantes del viejo aparato político-burocrático del régimen de Mubarak, y por las fuerzas juveniles y democráticas que defendieron férreamente la plaza Tahrir hasta la caída del tirano y que anhelan un país laico, moderno, abierto a los derechos humanos y civiles de las sociedad avanzadas. ¿Qué harán al darse cuenta de que Al-Sisi no duda en recurrir indiscriminadamente a la violencia, cree aparentemente en la primacía de la fe sobre la política y podría cerrar bruscamente el telón de ese Egipto de sus sueños y sus esperanzas?
No es de extrañar, entonces, que por lo menos hasta el momento Estados Unidos se haya mostrado ambiguo y reticente. Desde 2011, Egipto ha sido el escenario de dos golpes de Estado militares: el que obligó a Mubarak a renunciar en febrero de 2011, y el que trasladó a Morsi del palacio presidencial a la cárcel en las últimas semanas. Pero en estos dos años, ni la Casa Blanca ni el Departamento de Estado usaron nunca la palabra "golpe".
¿Hipocresía? No, algo más simple: si el Ejecutivo admitiera que se produjo un golpe de Estado, el Congreso podría invocar la regla que prohíbe que Estados Unidos sostenga financieramente a un régimen que haya derrocado por la fuerza a un gobierno elegido por los ciudadanos.
Los norteamericanos no pueden admitir públicamente la utilidad del golpe de Estado, así que al menos hasta hace dos días, habían decidido esperar a que los militares, más allá de alguna desprolijidad con las formas democráticas, dieran garantías de un retorno al orden y al sistema democrático.
El cheque anual de Estados Unidos, destinado en gran parte a las fuerzas armadas (más de 1000 millones de dólares) es el precio que pagan los norteamericanos desde hace muchos años para tener derecho a sentarse a hablar en El Cairo con la autoridad que confiere el patronazgo y también, incidentalmente, para inducir a los gobiernos egipcios a colaborar con Israel, sobre todo a lo largo de la turbulenta frontera del Sinaí.
Ahora el golpe de Estado se ha vuelto una realidad innegable, el Sinaí es una peligrosa tierra de nadie infestada de formaciones armadas del extremismo islámico, y la sangre derramada en las últimas horas obligará a Washington a revisar íntegramente su política hacia Egipto.
El problema también es de los europeos. Esperemos que la reacción de la Unión Europea no se limite una vez más al "fuerte repudio" de lady Ashton.
EL ORQUESTADOR DE LA REPRESIÓN
Fue quien ordenó el desalojo
Abdul Fatah Al-sisiI / Jefe de las Fuerzas Armadas
Le debe su carrera al depuesto Mohammed Morsi, cuya destitución él mismo anunció en julio. Aunque es devoto musulmán, está enfrentado a los Hermanos Musulmanes, pero cree que las democracias en Medio Oriente no pueden alejarse de las tradiciones religiosas. Su único programa político parece ser el regreso al orden
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