Es una de las naciones africanas con mayor poderío petrolero, pero las riquezas quedan en manos de las empresas y no del Estado.
Las disputas étnicas y religiosas son una constante en Nigeria, que entre 1960 y 1999 apenas tuvo tres gobiernos civiles y unos 29 de carácter militar. Desde 2010, su presidente es Goodluck Jonathan, quien debe lidiar, entre otras cosas, con los históricos conflictos entre la población local de etnia berom y los haussa. Una disputa que se cubrió de divisiones religiosas y provocó enfrentamientos que dejaron centenares de víctimas. De acuerdo con un informe de 2003, el 50,4% de la población nigeriana es musulmana, el 48,2% es cristiana y el 1,4% tiene otras religiones.
La economía de Nigeria es dominada por el petróleo. Con 15.600 millones de barriles en reservas de crudo, es uno de los países africanos con mayor poderío petrolero. Sin embargo, la riqueza que producen los pozos –que generan el 95% de las exportaciones nacionales– no va a parar a manos del Estado, sino de diversas empresas extranjeras. Por esa razón, el país es uno de los más desiguales de la región: la mayoría de los nigerianos vive con menos de un dólar por día. Lo único que queda en sus territorios son enormes manchas de petróleo que contaminan el medio ambiente. Treinta y seis mil kilómetros cuadrados de manglares, cursos de agua y lagunas se encuentran cubiertos de fango negro y aceitoso.
Con la proclamada intención de que Nigeria obtenga más beneficios monetarios de la explotación petrolera, distintos grupos armados suelen realizar sabotajes sobre los oleoductos del país para robar crudo. Los contrabandistas actúan frecuentemente en el delta del río Níger, donde las tuberías están ubicadas directamente en el suelo. Luego, el petróleo es refinado en campamentos o trasladado a bordo de barcos para venderse en el extranjero.
La situación provocó que muchas de las empresas que obtienen jugosas ganancias gracias al llamado oro negro se quejen ante las autoridades nigerianas. Es el caso de la gigante de los hidrocarburos anglo-holandesa Shell, que denunció en reiteradas ocasiones los ataques contra sus oleoductos.
Se trata de la misma multinacional que fue acusada por su complicidad durante el régimen militar nigeriano (1983-1999) en las torturas y el asesinato del activista ambiental Ken Saro-Wiwa, en 1995. El hombre encabezaba las protestas pacíficas contra los daños ambientales causados por compañías petroleras como Shell en el delta del Níger.
Durante los años '60 y '70, el país sufrió una violenta guerra civil, causada por el intento de secesión de las provincias del sudeste nigeriano bajo el nombre de República de Biafra. Los estragos provocados por el conflicto bélico llevaron a que un grupo de profesionales de la medicina se acercara hasta el lugar para asistir a las víctimas. En 1971, ese grupo se convirtió en la ONG Médicos Sin Fronteras. «
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