Mientras Jorge Fernández trata de hacer un armado con el sciolismo, las acusaciones por corrupción ponen palos en la rueda.
No son buenos tiempos para Jorge Fernández, intendente de Lincoln, no sólo enfrenta una lluvia de denuncias por corrupción sino que la decisión de los diputados bonaerenses de reclamar un jury de enjuiciamiento contra dos fiscales que desestimaron acusaciones por enriquecimiento ilícito presentadas en su contra (Silvia Ermácora y Juan Manuel Mastrorilli), lo dejan a las puertas de un verdadero escándalo social y mediático.
Fernández, que sufrió una durísima derrota en las últimas elecciones y según las encuestas está en el piso más bajo de su imagen, atraviesa turbulencias serias justo cuando estaba tejiendo una alianza con sectores sciolistas.
El intendente de Lincoln, hombre con aspiraciones presidenciales (aunque parezca ridículo se lanzó en Mar del Plata), caminó un tiempo con Julián Domínguez y Darío Golia. Sin embargo, desconforme con lo que consideraba una escasa valoración de su figura, comenzó a coquetear con cuanto candidato estuviera peronista disponible.
Primero intentó un armado con Sergio Massa que, alertado de las irregularidades que rodeaban al linqueño, prefirió dejar pasar la oportunidad. Ahora, consciente de que no le quedaban muchas fichas por jugar, Fernández comenzó un lento pero sostenido tejido con las huestes de Scioli (terceras líneas, jamás se acercó al Gobernador).
Todo venía más o menos sobre rieles hasta que las denuncias se juntaron con los sondeos de opinión que dejan a Fernández muy mal parado y sus referentes comenzaron a alejarse.
El panadero, famoso por sus panes dulces, llega a fin de año con serios problemas y una certeza: El horno no está para bollos.




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