Un sociólogo habla de un quiebre de la credibilidad en las institucionales. Otra experta advierte sobre la fractura de clases entre incluidos y marginados. Vandalismo, paranoia y la sociedad del sálvese quien pueda.
La clásica dialéctica del amo y del esclavo de F. Hegel -el sometimiento con violencia contra la fatal autoconciencia de sumisión- se resignificó con los recientes episodios: en una sociedad santafesina acostumbrada a las tragedias, operó un mecanismo ya internalizado de autoorganización para la defensa: pasó en 2000, pasó durante la inundación, pasó con los saqueadores. El hombre contra el hombre. Así terminará el año, así se recordaron tres décadas de democracia. La madurez republicana parece ser aún una ficción, una entelequia naufragando en la soledad de un significante vacío.
El fenómeno, con sus pulsiones delictivas y los miedos colectivos, excedió el reclamo policial en sí, el saqueo como noticia indignante, las muertes como consecuencia fatal. Ahora se necesitan lecturas que miren más hondo que la superficie. “Lo ocurrido obedece a cuestiones complejas, como son las representaciones sociales. Los cambios culturales de los últimos años conducen a la llamada ‘desafiliación’: esto es, las instituciones que tradicionalmente le dieron sentido a la vida de las personas, hoy ya no son capaces de hacerlo”, explicó a El Litoral el sociólogo Luis M. Donatello (UNL/UBA).
Se visibilizó una crisis de representación: “Quienes representaban la autoridad legítima, hoy ya no lo hacen. Esto conduce a que sea mucho más producible la autorrealización por cualquier medio, legal o no (saqueo), que la búsqueda de soluciones en instancias legales ya constituidas”. Además, quedó en evidencia una corrosión de la autoridad, “de la fuerza policial y de la autoridad pedagógica, familiar. Pero hay dos elementos salientes: desafiliación con las instituciones y disolución de la autoridad”, resaltó Donatello.
Fracturas de clase
Para la prof. en Ciencia Política, Magdalena Candioti (Fhuc/UNL), la famosa fractura social “tiene mucho de cultural y profundas raíces históricas: los sectores incluidos, con trabajo, vivienda, salud, educación y servicios desconfían de aquellos que han quedado excluidos, de los más pobres, de los sin trabajo. Los primeros están prontos a imaginar a los segundos subvirtiendo el orden para acceder fácilmente a todo aquello que tienen vedado”, dijo a este diario.
La imagen del sujeto a temer en el imaginario santafesino “son los jóvenes llamados discriminatoriamente ‘negros’, los que andan en moto, en cuero, los que vienen de las periferias. Junto a las graves responsabilidades de los policías que han incumplido sus deberes de funcionarios públicos (...), creo que debemos interrogarnos sobre esta debilidad de la confianza que los sectores incluidos tienen en sus pares ciudadanos menos afortunados”, fue su llamado de atención.
Medios, miedos y rumores
Sobre la difusión de los rumores, “éstos se ligan al rol que pueden jugar los medios de fogonear el miedo colectivo -explica Candioti-. Pero son los propios medios los que ofrecen la posibilidad técnica de chequear si estos rumores se están concretando o no, lo que podría contribuir a tomar conciencia de la dimensión real del problema y colaborar en no promover el estado de alerta”. Y las redes sociales han actuado como “multiplicadoras de esos rumores y pánicos, pero también como lo opuesto, por ejemplo difundiendo números de emergencia para tranquilizar a la población”, cerró.
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