Ruleta rusa

Murió baleado un chico de 16 años, sin ambulancia ni explicación. Los menores acusados del crimen habían llevado a la plaza un arma cargada, porque –total- allí nadie custodia nada, y terminaron dándole a otro un tiro en la cabeza. El proyecto de control del espacio público podría haber estado vigente desde 1995.

Para los chicos de esta ciudad, jugar en las plazas es poner en marcha una ruleta rusa, cuya bala siempre está en el aire. El asesinato de Joaquín Salías ocurrió en la plaza del Barrio 9 de Julio, el viernes 28 de octubre alrededor de las 16:30. Su presunto autor -un menor de 13 años- se negó a declarar, y fue trasladado nuevamente al Instituto Cerrado de Batán, donde permanecerá alojado hasta que la justicia resuelva su situación. Durante esa audiencia, el fiscal de menores, Marcelo Yánez Urrutia, le comunicaba al chico la ampliación de la imputación de homicidio en grado de tentativa, a homicidio: la víctima había agonizado en estado de muerte cerebral, y finalmente había fallecido.

De todas maneras, por su edad, el menor es considerado inimputable, y cuando la Justicia lo determine, recuperará la libertad. Pero para que eso ocurra lo más tarde posible, el fiscal solicitó una serie de medidas de abrigo para que los especialistas analicen si el menor debe ser tratado bajo algún régimen especial.

Según los relatos, estremecedores porque provienen de los amigos que lo acompañaban, Joaquín jugaba con ellos al fútbol. En un momento, tres adolescentes de 16, 15 y 13 años se acercaron hasta el grupo de la víctima y dos de ellos, el mayor y el menor, comenzaron a manipular armas de fuego. Uno de las testigos del hecho aseguró que los jóvenes movían sus armas para asustar a los demás, a los que estaban jugando a la pelota. Pero en determinado momento, el chico efectuó varios disparos al aire: uno de los balazos impactó en la cabeza de Salías, que cayó gravemente herido en el lugar.

Tras los disparos, la víctima fue asistida por sus amigos y los vecinos, que llamaron al 911. La policía se dio cita con rapidez, pero a los 40 minutos, la ambulancia aún no había llegado. Fue la misma prima de Joaquín, Georgina, quien hizo el reclamo al número de emergencias, pero le dijeron que sí, que estaba anotado, que le tomaban el reclamo, con la misma soltura que si estuviera reclamando la llegada de un delivery. Todos comenzaron a pedirle a los policías que se llevaran al chico en el patrullero. Y así fue. La víctima fue trasladada al hospital, donde falleció casi un día después, cuando la muerte cerebral había sido muy rápida por una lesión devastadora.

Los tres adolescentes fueron apresados por la policía, que les secuestró un arma calibre 22, pero se afirma que no es esa la utilizada por el agresor.

Por su parte, la jueza de Garantías del Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil de Mar del Plata, Patricia Gutiérrez, resolvió como medida cautelar que el chico de 13 años indicado como el asesino quedara alojado en el Centro de Recepción de Batán hasta que fuera evaluado por los especialistas.

Se dice que el acusado no tiene antecedentes, lo cual es bastante lógico por su corta edad, pero los rumores crecen y se comenta además que no es la primera vez que lo ven con un arma en la plaza. Otros testigos afirman que lo habrían visto armado en la escuela a la cual concurre, lo cual es más que posible en virtud de las reglas que se aplican actualmente en el ámbito educativo. Ya se sabe que si un alumno está armado dentro de la escuela, nadie da la voz de alarma en público: está prohibido llamar a la policía pase lo que pase, si pasa adentro, y en general se procura para el menor un “cambio de ambiente”, es decir el pase a otra institución con su legajo en blanco. Para no estigmatizarlo, dicen.

De esta manera no sólo él, sino todos los demás, docentes y estudiantes, terminan participando de la ruleta rusa sin querer: un juego siniestro donde solamente queda rezar por que la bala no salga. Así las cosas, mirar al compañero nuevo de la escuela es preguntarse secretamente por qué será que está allí, cómo se habrá ganado el traslado.

Poner un plus

El tremendo hecho de la plaza no es el primero. Desde hace años las plazas se han convertido en tierra de nadie, y sin embargo el actual intendente hizo campaña electoral contando la manera en que había hecho que tales espacios públicos volvieran a ser el lugar donde los vecinos se daban cita para el juego de los chicos y el ocio compartido.

El spot quedó muy lindo, pero nadie se lo tomó demasiado en serio en el entorno político. Los publicistas se fijan en cómo da el paisaje en cámara, que al fin y al cabo para ellos es lo importante. Pero nada más.

Mientras tanto, en la ciudad hay gente que lleva años trabajando para que Mar del Plata no se convierta en el Far West, una región con pronóstico reservado, ya que en la actualidad los índices de criminalidad la sitúan en sitios donde nadie desearía estar.

Tal el caso del abogado Martín Ferrá, cuyos proyectos a favor y cuidado de las plazas públicas están en el tapete desde 1994, sin que a casi nadie le parezcan una cuestión prioritaria. Si los hubieran considerado, quizá Jaoquín estaría vivo.

En aquel momento, el proyecto de Ferrá se llamó “Plaza pública digna, limpia y segura”, y fue apoyado por el entonces concejal Blas Aurelio Aprile. Ferrá vivía frente a la plaza Paulo VI -en San Juan y San Lorenzo- y había canalizado su preocupación iniciando junto con otros vecinos las acciones de reconstrucción del espacio público fechado en la década del sesenta, que había sido concebido originariamente como “de lujo”. Era el momento en que en Mar del Plata había cincuenta plazas, pero ningún placero que hiciera que aquello que se invertía fuera sujeto a cuidados mínimos contra el vandalismo y el delito.

El proyecto prosperó, cuando el abogado había propuesto que además de un placero hubiera un policía en cada plaza, cumpliendo turnos de ocho horas, para que realmente un funcionario con autoridad se hiciera cargo de custodiar el patrimonio y la tranquilidad: era el dispositivo de seguridad ciudadana Plaza I.

Claro que muchos consideraron que la idea era excelente, y de hecho cuando se implementó no se dijo que la moción provenía de un ciudadano. Eso es lo de menos. La cuestión es que -como siempre- sobre grandes inquietudes se construyen rotundos fracasos, por la desidia y la poca continuidad de los planes políticos.

La policía no pareció entender para qué estaba allí, y se plegó a la movida lúdica y de ocio de los vecinos. Ferrá afirmó que veía con dolor entonces a los funcionarios afectados a la Plaza Mitre, por ejemplo, con el patrullero estacionado sobre la cortada de la calle Falucho, que ponían la bolsa de facturas arriba del capot, y armaban la ronda de mate como si fueran ellos mismos los papás que están viendo jugar los chicos.

No era así la idea. Ellos eran los que debían estar haciendo rondas a pie para que, a la caída del sol, la plaza no pasara a ser la locación de una película de terror donde no se puede pisar la vereda y salir vivo. Porque ellos estaban cobrando por el trabajo de velar por el descanso de los demás. Los que debían tomar mate eran los otros.

Y recuerda Ferrá que en tiempos del Plan Mar del Plata 2000, el entonces intendente Aprile hizo un interesante maquillaje de algunas plazas: unas plantitas, muchas flores, linda vereda. Pero faltaba el placero, claro. Es decir que todo volvía a punto cero en pocos días.

Es justo decir además que ciertos sectores de la sociedad se han esmerado en colaborar, como las asociaciones de fomento, que hasta han prestado a la policía sus espacios para que controlen las plazas públicas. Pero indica Ferrá: “siempre se trabaja a reglamento, con la chicana de decir que esto no sirve”.

En entrevista en la 99.9, el abogado agregó con certeza que si el proyecto hubiera seguido con fuerza, si las plazas de la ciudad hubieran estado controladas por la policía y los placeros capacitados convenientemente, incluso en primeros auxilios, a los menores del caso ni se les hubiera ocurrido ir allí a manipular un arma de fuego. Lo hicieron porque estar en una plaza es estar fuera de la mirada cuidadosa de la sociedad adulta. Y es probable.

Si hubiera sido así, si hubiera estado cuidando toda la gente que debería cuidar, nadie hubiera muerto el 28 de octubre en el Barrio 9 de Julio. Joaquín murió, “y van a caer muchos más”, se arriesga a profetizar Ferrá con indignación. Porque nadie está allí, ni siquiera Toxicomanía, ni el Departamento de Drogas Peligrosas, cuando todos los adictos van a consumir a las plazas, y en la mayoría aparecen jeringas esparcidas por la mañana.

Ferrá se enfrenta a la desidia: “el funcionario público tiene que agregarle a su actividad diaria un plus social. Sin eso, el resultado es mínimo. El empleado público no ha puesto nada propio al servicio de sostener la construcción de la democracia”.

Los otros, siempre

Momentos antes del crimen de Joaquín, el clima era normal. Pero nadie sabe si realmente volverá a serlo. Porque la violencia extrema termina cortando las redes sociales básicas. Los padres ya están hablando de no permitir más que sus hijos jueguen en las plazas. Los vecinos mencionan que hay que fijarse si las caras de los que llegan son o no de vecinos de la zona, porque atribuyen el delito a que hay “muchas caras nuevas”.

Suena mal. Suena a demonizar al joven de cualquier sector que simplemente ha decidido concurrir porque el playón de juegos es bonito. Suena a una especie de xenofobia de cabotaje, a la que la sociedad es empujada. De hecho, se dice que el autor del disparo es hijo de una familia del barrio.

En lugar de acusar y armar hogueras de pibes, extraños, nuevos, y demás, podrían simplemente custodiar. Simplemente poner ambulancias que no demoren una hora en recoger a un baleado. Un placero que no eche a los chicos de los baños cuando se ha lastimado, como sucede hoy en la plaza Mitre. Una policía que esté al servicio el barrio, y no de unas vacaciones pagas. Un funcionario público que haya decidido, como dice Ferrá, poner su plus al servicio de la vida en democracia, y no en el trabajo a reglamento. ¿Será mucho pedir?

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