Jorge OviedoSi el sacudón en los mercados no va mucho más allá de lo que se vio ayer, lejos de ser desfavorable, el efecto puede ser positivo para la Argentina.
Es verdad que entre 2008 y 2009, la crisis desatada tras la caída de Lehman Brothers golpeó duro al país, lo sumió en una recesión, hizo que los Kirchner tuvieran que enfrentar por primera vez una elección con la economía en contra y que probaran, también por primera vez desde 2003, el sabor de la derrota. Nada de eso parece estar a la vista hoy.
Una menor confianza en Estados Unidos mantendrá al dólar devaluado, restará atractivos para fugar capitales de la Argentina y mantendrá alto el precio de las materias primas, como pareció quedar claro ayer.
Ese escenario es favorable para la Argentina, que más por vicio que por virtud no depende de los mercados internacionales para financiarse, pues lo hace localmente con inflación, mentiras en los índices de actualización de los bonos, manotazos a la Anses y colocación de deuda dentro del propio Estado.
¿Está desconectada la Argentina del mundo? Desde el punto de vista del mercado financiero, sí.
Pero su cadena de transmisión con la economía global es el comercio exterior. Como quedó probado en 2008 y 2009 y, como lo advertía el analista Luis Palma Cané, las teorías del "desacople" argentino ante el colapso comercial para mantenerse inmune eran erradas.
Lo que resta saber es si puede repetirse hoy ese escenario. Para el economista jefe del Banco Ciudad, Luciano Laspina, es improbable.
"En 2008 hubo pánico ante la posibilidad de un colapso del sistema financiero mundial; desaparecieron las cartas de crédito para la exportación; no parece que vaya a ocurrir algo semejante ahora, y aunque siempre hay una posibilidad de que pase algo inesperado, lo que está ocurriendo, por ahora, dista de ser perjudicial para la Argentina", dice el economista.
Y agrega: "Para que se derrumbe el precio de las materias primas y haya un perjuicio importante, debería haber una nueva caída de la economía norteamericana, que llevara, como en 2008, a la caída de la actividad a China, Brasil y la India. Eso no está a la vista hoy".
El hecho de que la perspectiva de la deuda norteamericana haya empeorado para alguna calificadora tampoco sería malo para la Argentina.
"El debate en Estados Unidos -dice Laspina- es si la salida de la crisis será con más emisión de moneda y consecuente licuación, como propone Paul Krugman, o con un feroz programa de austeridad que reduzca terriblemente el gasto y, consecuentemente, la actividad. Sólo ese segundo escenario podría complicar a la Argentina en alguna medida."
La desconfianza en el dólar y en los bonos del Tesoro de Estados Unidos empujarían a los operadores, en cambio, a escapar de las acciones y de los títulos de deuda para refugiarse en el oro, la soja y otras materias primas.
Convertibilidad no declarada
Con la Argentina funcionando en una suerte de convertibilidad no declarada, la caída del dólar frente a otras monedas no deja de ser una ayuda.
¿Y la crisis europea? ¿Una reestructuración forzada de la deuda de algún país al que el FMI y el Banco Central Europeo le quiten el respirador artificial? Para Laspina, ese escenario tiene baja probabilidad antes de 2013. "Son los plazos del plan Merkel", explica.
¿No habrá consecuencia alguna que no sea favorable? Ni tanto ni tan poco. Es necesario esperar y ver.
Si la economía norteamericana se muestra alicaída y con la inflación local triplicando el ritmo de devaluación, los que dependan del turismo del país del Norte no la pasarán bien.
Y quienes dependan de la llegada de turistas europeos, tal vez no sufran daños mayores si pudieron cambiar a españoles por franceses y alemanes.
Gran parte de la suerte estará dada en cómo le vaya a Brasil, cuya demanda sostiene no sólo a buena parte del sector turístico y comercial argentino, sino también al industrial.
Y, como siempre, algunos problemas locales, como el de la inflación, que con el dólar casi fijo es inflación en esa moneda, pueden ser más dañinos en el mediano plazo que cualquiera de los shocks externos que pueden preverse.
No hay a la vista, por ahora, una ola que amenace el nivel de actividad y, por consiguiente, las posibilidades electorales del oficialismo. Claro que, como quedó demostrado en 2008, las peores crisis aparecen exactamente cuando y donde nadie las espera.

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