Daniel MuchnikLa tragedia japonesa casi no tiene parangón, dada sus características, en la historia.
Terremoto de casi 9 en la escala Richter, tsunami que devoró ciudades y ciudadanos por decenas de miles, filtraciones y crisis fatal en plantas que funcionan con energía nuclear. Demasiado, casi un imposible.
Japón ha sido reiteradamente castigada por estos desastres naturales porque se ubica en el Anillo de Fuego del Pacífico., en el punto de contacto entre dos grandes placas tectónicas, la Filipina y la Norteamericana. Pero siempre, desde que se tiene memoria, Japón revirtió esos castigos de la naturaleza, pudo organizarse socialmente y siguiendo las consignas de sus caudillos venció el infortunio.
El día de Nochebuena de 1703 Tokio padeció el impacto de los temblores y debajo de las ruinas de sus casas de madera se encontraron 15.000 muertos. El 1 de septiembre de 1923 Tokio volvió a bambolearse locamente, se abrieron enormes grietas en sus calles. Como ese terremoto llegó a la hora en que la gente estaba preparando la comida en los braseros al aire libre, al volcarse dieron origen a cientos de incendios. El gas que se fugaba de las cañerías destrozadas creó tormentas de fuego. La policía y los bomberos eligieron un parque como zona de refugio y allí se concentraron 40.000 personas. En total Tokio perdió en esa ocasión 300.000 edificios, entre ellos 20.000 fábricas y almacenes, 5.000 bancos, 150 iglesias sintoístas, más de 600 templos budistas y 1.500 escuelas y bibliotecas, entre ellas la de la Universidad Imperial, una de las más antiguas del mundo.
Para entonces, para mitad de la década del veinte, a 70 años de la llegada del primer barco mercante norteamericano, y de su apertura comercial, Japón ya se había organizado en materia de producción, derrotó a Rusia en la guerra naval de 1905 y mostraba apetencias imperiales en el Océano que la rodeaba. Diez años después de aquel brutal terremoto comenzó a ocupar Manchuria y Corea y, enceguecida por el bloqueo petrolero que Estados Unidos le había impuesto, se lanzó contra Pearl Harbor y tomó como colonias abastecedoras de materias primas las que antes habían pertenecido a Estados Unidos e Inglaterra. Sólo sabían que, como era día domingo, en Pearl Harbor no habría resistencia armada.
La respuesta de Estados Unidos se deslizó a lo largo de los cuatro años siguientes. Sus aviones arrojaron bombas incendiarias y redujeron a Tokio a cenizas. Después forzaron la conclusión de la guerra con las atómicas contra Hiroshima y Nagasaki. Japón se repuso, se erigió en milagro económico en la década del 60 y se ubicó como potencia mundial, con voz y voto entre las naciones que deciden.
Pero ahora, con el castigo telúrico de hace unos días, se extendió una especie de paranoia mundial cuestionando la energía nuclear. Desde hace menos de 10 años que Europa y Estados Unidos decidieron extender este tipo de centrales, en Estados Unidos, en Francia, en Alemania y prometen, en Italia. Es que el petróleo tiene fecha de vencimiento. Y hay que mover la producción, alumbrar el país, dotar de energía a las estructuras económicas más poderosas. ¿Hay otras maneras en un país con 90 por ciento de tierras no laborables? Se conocen movilizaciones ecologistas que cuestionan el uso nuclear, pero no ofrecen otras alternativas. Otras formas de energía requieren poderosas inversiones, pruebas fehacientes de su eficiencia en gran escala, como para abastecer a un país, no a un poblado, ni a una ciudad de medianas dimensiones. Es momento de meditar sobre lo acontecido y las perspectivas futuras.
Comentá la nota