La fuerte disminución del número de viñedos y de hectáreas en producción se debe exclusivamente a la situación de Río Negro, que sólo entre 2010 y 2011 muestra una baja de la superficie implantada de vid del 33,1%, lo que se traduce en una merma del 20% para el total regional.
El panorama no puede tratarse en forma conjunta para toda la región. Los núcleos productivos patagónicos se encuentran en las provincias de Neuquén y Río Negro y se concentran en el polo de El Chañar y en el Alto Valle. El comportamiento de ambas zonas es muy diferente.
La vitivinicultura neuquina, y por ende su etapa primaria (viticultura), es prácticamente nueva y nació con las características actuales de “vitivinicultura de elite”, concentrada en vinos de gamas media y alta; adecuada a las características de la región y de la nueva demanda de los mercados local e internacionales. En tanto resultado de un proceso de desarrollo inducido, muestra un significativo y constante crecimiento (ver cuadro).
Desplome rionegrino
Del lado rionegrino, en cambio, existe una vitivinicultura tradicional en transformación. La vecina provincia llegó a tener en la década del setenta un pico de 17.800 hectáreas de viñedos las que, de acuerdo a los últimos datos relevados, se redujeron al 10% (ver cuadro).
Para comienzos de este siglo el gran ajuste, el inherente al abandono de la producción de vinos comunes para pasar a los de gama superior, ya se había producido. Entre las razones que lo explican se destaca la imposibilidad de la producción primaria local de competir con la de Cuyo, donde se obtiene una mayor productividad por hectárea. Como repiten los enólogos de la zona, esta elemental cuestión de costos es la que “condena” a la Norpatagonia, más allá de las características de su “terroir”, a producir vinos de calidad. Las razones de mercado fueron las que indujeron las transformaciones durante fines de los ’80 y, en particular, durante los ’90. Cómo se observa en el cuadro, a comienzos de la década de 2000 sólo quedaban 2.544 ha. de las 17.800 alcanzadas en el pico productivo. A comienzos de la década actual, se registra incluso un leve incremento, tanto de la superficie implantada como del número de viñedos. El desmoronamiento, con la pérdida de 146 viñedos y 872,7 hectáreas se habría producido solamente entre 2010 y 2011, lo que sólo podría ser el resultado de un plan sistemático de desmonte y no de una transformación gradual, como se reconoce en el sector. Mario Gallina, referente de vitivinicultura de la Estación Experimental del INTA Alto Valle, cree que la caída es sólo “registral”. En el relevamiento de 2011 se habría sincerado una situación que, en realidad, correspondería a los últimos 2 ó 3 años. Pero más allá del lapsus registral o del blanqueo de datos, lo concreto es que la superficie con vides del Alto Valle cae de manera acelerada.
Las razones de esta contracción de la oferta de materia prima, en un marco de demanda regional para vinificar sostenida, tiene justificativos económicos.
En principio la nueva demanda no es por las variedades que existían en la provincia, sino por las que actualmente se considera de mayor potencial enológico. Lo mismo sucede a nivel país, donde sin caída de producción se registra una reconversión varietal. Según los datos del relevamiento del INV y a modo de ejemplo, entre 2000 y 2011 creció el 88,8% la superficie de Malbec, 62% la de Syrah y 35,8 la de Cabernet Sauvignon. Caen en cambio, las superficies de uva criolla (-30,3%) o moscatel (-31,6), entre otras.
Rentabilidad limitada
Luego está la rentabilidad microeconómica, es decir; al interior de las explotaciones. La temporada que acaba de finalizar fue muy buena en materia de precios. Por la uva Malbec de buenos viñedos se pagó entre 3 y 3,4 pesos el kilo, por la Pinot entre 3,1 y 3,5 y por la Merlot entre 2,4 y 2,5 pesos, siempre por kilo y según el INTA. Los números dicen poco si no se los traduce a ingresos por hectárea. Considerando la uva de valores top, una buena Malbec rinde en la región entre 10 y 12.000 kilos por hectárea. El costo de producción es, según Gallina, de alrededor de 2 pesos el kilo. En el mejor de los casos, en un año bueno con una plantación top, siempre acudiendo a la única posibilidad de los números globales, que se basan en promedios, se pueden obtener entre 12 y 15.000 pesos por hectárea. Si se parte de la tierra pelada, para conseguir una hectárea de buen Malbec es necesario invertir más de 100.000 pesos en 3 años. Siguiendo cálculos realizados para el INTA por la ingeniera agrónoma Patricia Villarreal, especializada en estas cuentas: En el año 1 se deben invertir 67.276 pesos, en el 2; 9.439 y en el 3; 27.340. Esto sin contar el costo de la tierra. Luego debe sumarse que nada asegura una demanda sostenida todos los años. La temporada 2010-2011, como se dijo, fue buena, pero las anteriores no.
Sólo a los fines comparativos y dejando de lado complejidades productivas y comerciales, una hectárea dedicada a la fruticultura top (símil a lo que sería producir 10 ó 12 mil kilos de uva Malbec) puede dar 50.000 kilos por hectárea. CAFI calculó en 2010 un costo de producción de 23 centavos de dólar. Lo que se consideraría una buena venta a 30 centavos de dólar supone una rentabilidad de 3.500 dólares por ha., poco más de 14.000 pesos. Siguiendo valuaciones óptimas y mediciones estándar, no habría razones claras para reconvertir a fruticultura.
Parece claro que la explicación de la rentabilidad económica pasa fundamentalmente por la certidumbre comercial, un dato a tener en cuenta al momento de pensar políticas que cambien el panorama.
¿Y el crecimiento?
La caída de la producción primaria no es lo que cabría esperar en el marco de la expansión de la vitivinicultura regional que, sólo en el último año (como informó hace dos semanas E&E) aumentó sus exportaciones un 35%, a lo que deben añadirse, también, las mayores ventas en el mercado interno. A diferencia de lo que sucede cuando se habla con exportadores frutícolas, los bodegueros suelen coincidir, con pocos matices, en la prosperidad de la actividad. La pregunta que todos se hacen es de dónde saldrá, en el futuro, la materia prima para sostener la expansión. E&E consultó a las principales bodegas regionales si llevan adelante inversiones en nuevos viñedos. Sólo tres reconocieron que lo hacen y, en los tres casos, de manera limitada, en pequeñas superficies y, en general, pensando en los vinos de gamas superiores. Todo parece indicar que esperan abastecerse con la producción con la que ya cuentan y continuar comprando el excedente que necesiten en el mercado. Con el polo de El Chañar ya maduro y con superficies en retracción del lado rionegrino el panorama futuro parece mostrar dos alternativas. La primera es concentrarse en el nivel de producción existente, incluso agregándole más valor (mayor calidad de los vinos elaborados), la segunda es aumentar de manera más significativa la superficie de vides. Por ahora, ni bodegas ni productores independientes parecen estar pensando en esta última opción.
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