De repartidor de pizzas a hacer valer sus puños

De repartidor de pizzas a hacer valer sus puños
Llegó cuando era chico y creció en La Paternal. De pelearse en los bailes pasó al boxeo y la disciplina. Además, trabaja en una joyería.

Los veranos en los que mi tía llegaba a visitarnos para mí eran una fiesta: me traía regalos que nunca había tenido, y mi tío me dejaba que me quedara con el vuelto cuando me pedía hacer los mandados. Hacía unos años que se habían ido a trabajar a Buenos Aires: él como pintor profesional y ella en una casa de familia, y estaban re bien.

Mi mamá era vendedora ambulante: vendía en las ferias que se organizaban en las plazas del pueblo. Yo tenía 9 ó 10 años y también trabajaba en el puesto. Cuando ella necesitaba irse a descansar, me dejaba a cargo. Mi papá hacía lo mismo, pero ellos estaban separados. Vivíamos a tres horas de Bogotá, y apenas nos alcanzaba para vivir el día a día. Además, siempre se rumoreaba que la guerrilla podría llegar a bombardear en cualquier momento, a pesar de que en el pueblo teníamos dos bases militares. Mi tía sabía que no estábamos bien, y siempre nos decía lo mismo: “Miren que apenas les encuentre un trabajo se vienen para Argentina. Allí sí se puede progresar y vivir tranquilo”.

Hasta que una tarde sonó el teléfono. Era ella. “Bueno, preparen el bolso, hagan los papeles. En un mes tenés que estar trabajando de empleada doméstica, con cama adentro”. Como a mi mamá le costó juntar el dinero de los pasajes, viajamos a los dos meses. Era 2001.

Apenas llegué, me anoté en una escuela del barrio. La casa quedaba en La Paternal. Vivía en la casa de mi tía, con mis primos. De repente, no ver a mi mamá todos los días, se me hizo difícil; no estaba acostumbrado. Por las tardes, me iba a la plaza de la vuelta con los botines nuevos que me había comprado mamá. Ahí, también, conocí a mis primeros amigos: por ellos me hice de Argentinos Juniors, y empecé a ir a la cancha. Los días de semana, salíamos en bicicleta a recorrer la ciudad. Empezábamos a la una de la tarde y volvíamos a las ocho de la noche. Para mí era todo nuevo. Y estaba feliz. Mi mamá me compraba todo lo que nunca me había podido dar en Colombia y cada sábado me daba plata para ir a bailar a matinée. Mi vida había cambiado. De tener que trabajar en el puesto de mamá a pasear y jugar todo el día con mis amigos. En el barrio, me decían “El colombiano”.

Pasaron los años y empecé a jugar al fútbol y a trabajar repartiendo pizzas en la bicicleta. Los fines de semana íbamos a Ramos Mejía. Siempre nos peleábamos, por problemas de barrio. Llegué a volver a casa con siete puntos, la nariz fisurada.

Hasta que un vecino me recomendó comenzar boxeo. Me dijo una frase que nunca olvidaré: “Demostrale a la gente que sabés pelear. No a la gilada”. A los 17 años empecé a entrenar. Y conseguí trabajo en blanco en una fábrica de persianas de plástico.

Mi entrenador era el mismo que es hoy, Pablo Giménez. El fue una especie de padre para mí en la Argentina. Me dirigía y me daba consejos. Y me motivaba: me llevó a veinte peleas. Ganaba 50 pesitos, pero no importaba, me iba contento. A veces, subía al ring con la camiseta de Colombia. Casi que había dejado el alcohol; me cuidaba mucho. Hasta que Pablo me mandó a hacerme estudios y saqué la licencia de boxeador amateur. Había encontrado lo que necesitaba, y dejé de pelear en la calle.

Hoy mi récord como amateur es 10 ganadas, dos derrotas y tres empates. Mi entrenador me está proponiendo hacerme profesional durante este año. Hoy, gracias a un amigo de la adolescencia, trabajo en una joyería de la calle Libertad. Ellos me regalaron, en mis inicios, el pantalón y las botitas que uso para pelear. Me hicieron poner “Brumat”, pero lo hacían para ayudarme. Antes, había vuelto a repartir pizzas, fui remisero y mensajero con la moto.

En el barrio donde está el negocio todos saben que boxeo, y me viven preguntando cosas de mi carrera. Se dieron cuenta porque cada tanto llegaba con los ojos marcados. Después de la joyería, me voy a dar clases: estoy en el club General Lamadrid, gracias a una ayuda de mi entrenador, y en Tiglav. Nunca quise saber más nada con Colombia. Hace poco volví después de doce años y sentí que es un país hermoso, pero que no tiene progreso. Todo lo que soy, se lo debo a la Argentina y al barrio de La Paternal. Pero el orgullo de ser colombiano jamás se borrará. Por eso, a los 16 años, me tatué “Colombia” en la pierna.

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