El relato de Urtubey: de la obsecuencia a la calumnia

El relato de Urtubey: de la obsecuencia a la calumnia
Si es cierto que Juan Carlos Romero tiene vínculos con el narcotráfico como viene insinuando el gobernador Juan Manuel Urtubey, el actual mandatario habrá sido cómplice de eso por muchísimos años.
¿Por qué? Simple: las versiones sobre este tema vienen de la década del 70 y nunca antes se había escuchado a Urtubey abonando esa teoría. Una de dos: o antes ocultaba porque no quería ser funcionario de un presunto narco o ahora inventa porque no tiene herramientas políticas para instalar a su hermano como candidato. No hay otra.

Es más, es tan claro el asunto que hasta 2007 Urtubey era un obsecuente colaborador del romerismo, tan obsecuente que no solo no dijo una palabra del tema, sino que llegó hasta a escribir un libro destacando los logros de su ahora enemigo público número uno. En ninguna de esas páginas -claro está- se decía absolutamente nada sobre todo esto que ahora parece tener tan claro.

¿Está realmente preocupado el gobernador por las sospechas de narcotráfico o todo forma parte de la actividad proselitista para octubre?

La respuesta la tiene solo él, aunque en ningún momento se escuchó que Urtubey haya vinculado a la camioneta con droga de la Municipalidad con su aliado Miguel Isa. Que no lo haya hecho es sumamente lógico, ya que no hay ninguna prueba de que el Intendente de Salta haya estado al tanto de semejante delito probado. Lo ilógico, teniendo en cuenta su investidura de gobernador, es el papelón que está haciendo ahora para levantar la imagen de su hermano -cosa difícil si las hay- tirando abajo la de su principal adversario con calumnias gravísimas y de muy baja estofa.

El doble discurso de Urtubey en esta campaña es ya grotesco, y puede ser una muestra transparente de su desesperación por mantener el poder de una gestión a la que se le vio poco y nada en materia de logros sociales.

Paredes que se caen encima de un chico y lo matan, fiscales designados por él que justifican abusos sexuales y dicen que una niña puede ser objeto de deseo, corrupción en la entrega de viviendas, uso electoral del helicóptero de la Provincia, desempleo por las nubes y pésima aplicación de la ley de educación sexual y del aborto no punible.

Es evidente que Urtubey no hablará de todo eso y tiene derecho a hacerlo, pero esas no son denuncias electorales sino lamentables hechos de la realidad.

Desprestigiar a Romero puede ayudarlo a desviar la atención, pero de ningún modo a borrar todos esos desatinos.

La campaña

La campaña electoral en Salta está tomando ribetes absolutamente agresivos, incluso mucho más que a nivel nacional. La descalificación parece ser la única herramienta de una campaña en la que no se escuchó aún ni una sola propuesta legislativa, pero sí infinitas denuncias no probadas y una ausencia alarmante de autocrítica.

Los debates de ideas son muy positivos en democracia. Es bueno que Urtubey recuerde las deudas pendientes de la gestión pasada y también lo es que Romero marque sus diferencias con la política actual. Urtubey hace hincapié en que había dos Saltas -una rica en Capital y otra pobre en el interior- y Romero en que no se hizo “ninguna obra emblemática” en los últimos seis años.

Ese es un debate rico que aspira a poner la discusión en términos pragmáticos y a dividir la sociedad en base a interpretaciones de la política. Desgraciadamente, la mayoría del tiempo los relatos van absolutamente en dirección contraria.

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