Con cuatro diligencias de reconocimientos se cumplieron, entre el lunes y martes pasados, en las ciudades de Tartagal y Orán, las inspecciones oculares dispuestas por el Tribunal Oral Federal de Salta en el marco del juicio por la megacausa de la UNSa.
De allí los condujeron hasta el sector donde hoy funciona la banda de música en el que permanecieron entre 15 y 30 días. “A mí me tuvieron detenido quince días”, expresó Moisés Villagrán, contrariamente a lo declarado en su momento por el imputado general Héctor Ríos Ereñú. Lo propio manifestaron Rodolfo Alfredo Zelarayán y Marta Olga Juárez. Villalba centró su atención en el testimonio de Jesús Roberto Domínguez, un exempleado de YPF, que estuvo privado de su libertad durante un año. “Yo era chofer y me usaron para conducir los camiones que YPF cedió al Ejército”, aseguró. Domínguez ratificó que vio con vida al gremialista René Santillán el 10 de agosto de 1976 cuando un grupo de tarea lo secuestró en General Mosconi, delante de su familia. “Lo trajeron en un auto y lo reconocí porque en un momento dado se sacó la capucha”, afirmó. Luego el Tribunal se trasladó hasta el camino a Acambuco, cerca de Aguaray, donde aparecieron los restos de Santillán destrozado por un artefacto explosivo. Esta diligencia se cumplió con la presencia de la viuda del gremialista, Irma Yolanda Prado.
El dolor de una familia
“Supimos que era mi marido por el zapato donde estaba su nombre, ya que el día anterior lo había retirado del zapatero”, contó Irma Yolanda Prado al recordar el asesinato del gremialista René Santillán.
Acompañada de sus hijos Silvio René y Rosa Mercedes, la mujer no pudo ocultar su emoción al regresar al sitio donde dinamitaron el cuerpo del dirigente de la JP del pueblo de General Mosconi. Al costado del camino a Acambuco hay una cruz que recuerda la memoria de Santillán. Para graficar el terrible suceso Irma Prado señaló que “lo único que quedó sano fue un pedazo de costilla y el zapato”. Silvio Santillán explicó que él tenía seis años y que no puede olvidar lo sucedido aquel 10 de agosto de 1976 cuando un grupo de tareas irrumpió en su domicilio. “Yo me aferraba a los pantalones de mi padre para que no se lo llevaran, pero no pudimos hacer nada”, recordó. Fue muy fuerte para la familia regresar al lugar. La más emocionada fue Rosa Santillán, quien le pidió al fiscal “cárcel para los asesinos”.
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