El empresariado neuquino y la CGT reclaman por la carencia de combustibles. Se hace saber el disgusto. Pero el contexto es mucho más grave de lo que se dice e interpreta. Se esconden razones que son conocidas, tal vez por conveniencia (o prudencia) política.
No obstante, el gobierno nacional niega desde hace años la existencia de una crisis energética en Argentina. Para los funcionarios de Cristina Fernández, es solo una sensación inducida en la población por la prensa, en un aspecto más de su presunta cruzada contra lo nacional y lo popular.
Este es el contexto, simplificado al extremo, de la situación: la crisis energética es una perversidad más de la oposición sin ideas.
En este contexto, los empresarios y la CGT de Neuquén han hecho pública una posición de reclamo ante las autoridades nacionales. Se preguntan por qué hay escasez de combustibles, como si no lo supieran.
Sostienen que la región no debería tener precios en los combustibles superiores a otras zonas del país, y se insiste con la posibilidad (recordar la tarifa Comahue) de que, en todo caso, los precios deberían ser menores, y no mayores.
Los precios de la energía en Argentina, como ha afirmado Julio De Vido en las últimas horas, son más bajos que los existentes, por ejemplo, en los países limítrofes.
Lo que el gobierno “vende” como una virtud, es sin embargo un defecto. Es parte de una burbuja inflada tras la salida de la convertibilidad, y acrecentada desde el 2003 al presente, que consiste en poner un “precio argentino” a los precios internacionales.
Es posible porque el Estado recauda con una fuerte carga impositiva y de retenciones, y aplica parte de esa recaudación a subsidiar el consumo. Así, los argentinos consumimos alegremente gas, nafta, gasoil, electricidad, agua. No nos sale caro, aunque no tenemos conciencia de que sean cosas “baratas”.
Se ha construido un gigantesco mal entendido masivo. Es la burbuja energética.
Pero el “combustible electoral” no durará hasta siempre. Por el contrario, la vida se le acorta mes a mes. No se podrá subsidiar hasta el suicidio, ni importar más de lo que se produce en el país, cuando en el país hay potencial productivo como para enfrentar las próximas décadas.
Esto lo saben los empresarios que ahora reclaman, pero no lo dicen claramente. La política, la conveniencia, mete la cola.
Por eso, se prefiere hacer saber el disgusto, pero esquivando las razones. No vaya a ser cosa que Cristina se enoje.


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