Hernán de GoñiLejos del mundanal ruido, los municipios se sienten liberados para fijar un nivel de presión tributaria que más cercano a sus objetivos de gasto que a la calidad de los servicios prestados o la capacidad financiera de sus contribuyentes.
Aunque los distritos grandes tienen que enfrentar una presión pública algo más intensa que las localidades que viven lejos del foco de los medios, todos palpitan una realidad similar. Pese al incremento de los recursos provinciales (que por ende implica una mayor transferencia vía coparticipación a los municipios), hay una necesidad de afrontar un nivel de gasto creciente. Es año electoral, y ningún intendente quiere llegar a esa fecha clave con obras a medio hacer o con un reclamo gremial por haber sido amarrete en la paritaria. También muestra que el mayor empleo público fue una de las recetas que ayudó a capear la crisis de 2009, pero con un costo que se pagará con creces.
Si hay un elemento que resulta llamativo es que no haya un debate más profundo sobre los gastos municipales. Si un alcalde proyecta subas anuales de 25% o más, en cuatro años cada vecino duplicará el monto que paga sin que la calidad del servicio ofrecido mejor en igual proporción. El único justificativo que recibirá es que todo es más caro. El otro dato que deberá aceptar con resignación es que nadie se esforzó lo suficiente para lograr que valga menos.
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