En estos tiempos de política prepotente, lo que bien suena a los oídos no siempre es lo mejor. Viene a cuento la frase, escasamente original, para reflexionar un poco acerca de la cuestión tarifaria capitalina, algo que rueda por estos días, con escasa profundidad, por los caminos mediáticos.
El gobierno de Horacio Quiroga ha fracasado rotundamente en su afán de actualizar dos cuadros tarifarios: el del transporte de pasajeros y el del estacionamiento medido. El primero lleva con igual precio un año. El segundo, dos.
Cada vez que el actual Intendente pretende aumentar el precio de estos servicios, o simplemente hablar de ello, recibe una catarata de improperios. Tal vez estén a su medida, pues, se sabe, Quiroga no le hace asco a la profusión generosa de vocablos hirientes que tiene nuestro idioma. Pero lo cierto es que, más allá de la calidad del lenguaje, el significado ha sido un congelamiento de tarifas, justificado por una razón que pocos quieren combatir, que es la de no cargar al pueblo con más sufrimiento para su víscera más delicada, que como ya dijo un ilustre radical en el siglo pasado, es el bolsillo.
La situación capitalina, así, se compara con la registrada a nivel nacional durante más de dos años, durante más de una década, respecto de otros cuadros tarifarios, que se aplican a nivel nacional, y que tienen el ejemplo de mayor nivel de congelado en el precio del gas que consumimos por red. Los argentinos pagan el gas más barato del mundo, que es comprado por el Estado al precio más caro del mundo, el que se paga por el gas transportado en barco, en estado líquido, para ser devuelto al estado gaseoso en costosas plantas industriales, que el mismo Estado construyó, impulsado por la necesidad provocada por el desabastecimiento nacional.
Esto, que va camino a solucionarse, tiene todavía pendiente el tema tarifario, que se ha ido acomodando un poco en los sectores de mayor densidad poblacional, pero que todavía no refleja la realidad del precio del combustible. Algún día, con otro gobierno, seguramente, los argentinos podrán putear con comodidad porque el gas alcanzará el precio que corresponde, que no es barato, porque el gas no es barato en ninguna parte del mundo, porque es un combustible fósil y no renovable, es decir, que cuando se termine, nos quedaremos sin gas en estufas y hornallas de cocina, y habrá que usar otra energía.
Es comparable el congelado de tarifas del gas, con el que rige –por menos tiempo, es cierto- en el esquema tarifario modesto a escala país de esta capital neuquina. Lo que el usuario de los colectivos no paga, lo paga el Municipio, que a su vez obtiene su dinero por cobrarle a los contribuyentes, con lo que se establece esa rara paradoja de la demagogia, que consiste en asegurar que se defiende a la población de un gasto, que en definitiva paga la misma población, aunque de otra manera, más disimulada.
Tal parece que con el estacionamiento medido se va en la misma dirección, pues en dos años la empresa que presta el servicio (que es un servicio que a nadie le gusta y con el que pocos están de acuerdo, pero que fue aprobado por el mismo Deliberante que ahora se queja) no ha recibido permiso para aumentar el precio, pese a que sus costos han aumentado, por la inflación, que influye por ejemplo en aumentos salariales, que no los paga el Estado, sino la empresa.
Así, cuando un concejal (cualquiera, no hagamos distinciones) afirma que no permitirá que se cargue a los ciudadanos con un gasto mayor, lo que en realidad está haciendo es negar la realidad de que si nadie paga lo que la mercadería en realidad vale, pues habrá que hacerse cargo de la consecuencia: la mercadería no se venderá y será acopiada esperando momentos mejores, o se deteriorará, o buscará otro lugar en donde poder venderse. En el caso de los servicios, lo más probable es que caiga la calidad del mismo, sea cual fuere. Si hay reticencia en creer esto, observemos lo que pasa con los colectivos. Si se quiere una observación más nacional o más dramática, pues obsérvese si alguna distribuidora de gas ha renovado alguno de los gasoductos, que hace años y años y años transportan el fluido, y sufren el deterioro lógico del paso del tiempo.
Tener tarifas congeladas en tiempo de inflación, no es aconsejable para la salud de la economía. Podrá decirse, usando nuestro generoso lenguaje, que lo que importa no es la economía, sino la “gente”. Pero no conviene abusar de palabras con impacto, sino apenas entender que cuando la economía se enferma, se enferman –gradual e inexorablemente- las personas que la utilizan.
Pues eso es, en definitiva, la economía: una herramienta al servicio de la vida de los seres humanos.

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