Lo dice ante la construcción una de las delegadas de manzana. Nació en la villa hace 38 años, cuando todavía había descampados.
“No estoy en contra de la construcción, pero querría que las casas fueran para los propios vecinos y sus familias, no para hacer un negocio inmobiliario”, opina Martínez. Tiene cuatro hijos y fundó la cooperadora Don Martín Güemes. Con otras once cooperadoras fundadas por vecinos de la villa se llevan a cabo los trabajos que financia la Ciudad. En el Güemes, el 90% de las calles son de cemento.
Entre los materiales que entran para hacer las obras oficiales, también se cuelan camiones sin permisos. Hasta noviembre, la Ciudad detectó 272 camiones irregulares. Y aunque en 2009 la Justicia ordenó a Ciudad y Nación detener el ingreso de materiales, el Gobierno porteño asegura que solo la Metropolitana hace controles.
Y burlando estos controles es como Hugo Cisneros (34 años) hizo su casa de cuatro plantas en el barrio San Martín, pegado a la estación de trenes. Para la Ciudad, el San Martín se trata de un asentamiento y no forma parte de la villa 31. El barrio se construyó en cuestión de semanas, después de que clausuraran una saladita. “Aproveché los baños de la saladita, que quedaron en pie, y los anexé a mi restaurante”, muestra Hugo, orgulloso. Es de los pocos vecinos en el barrio que tiene cloacas. El hombre nació en Lima (Perú) y llegó a la villa 31 Bis hace 9 años. Vivía en uno de los playones –una de las zonas más pobladas y comercialmente más activas–, pero cuando quedó vacía esta tira de tierra junto a la estación, no dudó en mudarse: “El playón es muy peligroso, circulan muchos autos y motos. Me vine con mis dos hijos y construí mi propio restaurante, Huguito e Hijos”, cuenta. Cuando llegó a la villa una casa en la zona de los playones costaba $ 2.000. Hoy la misma podría venderse por $ 80.000, calculó el hombre En el restaurante, su prima Yenny es la encargada de la cocina: por $ 25 sirve un plato de comida (peruana en general, pero también “hacemos la comida que le gusta a los argentinos, pollo”), una sopa y un vaso de jugo. “De acá no me voy, éste es mi lugar en el mundo”, dice Hugo. Y confía en que el asfalto llegará algún día hasta la puerta misma de su restaurante.

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