Un punto para el intervencionismo

Por Roger Cohen
El año que viene se cumplirán dos décadas del estallido de la guerra de Bosnia? y del momento en el que el debate sobre el intervencionismo cobró intensidad, convirtiéndose en uno de los más cáusticos temas morales de nuestra época. Ahora Libia, una exitosa intervención de Occidente, será puesta en la balanza.

El tema dividió a amigos y unió a enemigos. Los demócratas menores de 30 años estaban casi tan ansiosos por ir a la guerra de Irak como los republicanos mayores de 65, según una encuesta realizada por el Centro de Investigación Pew, en 2002, un momento en el que convergieron en Estados Unidos, con desastrosas consecuencias, el belicismo progresista y la arrogancia conservadora.

El asunto también ha sido materia de un antiguo debate de política exterior entre realistas e idealistas, ha generado un diluvio de acusaciones y ha demostrado ser un catalizador de la idea respaldada por la ONU de la responsabilidad de proteger. En el núcleo de esta polémica, subyacen las diferentes opiniones sobre la naturaleza del poder norteamericano.

Como muchos de mi generación fui intervencionista en el caso de Bosnia. Asqueado por la carnicería, y por las mentiras y la ignorancia de los políticos occidentales que prolongaron la matanza, entendí que la cautela -o más precisamente, la hipocresía disfrazada de prudencia- puede ser tan criminal como la temeridad.

Una guerra con motivos muy específicos y crímenes igualmente específicos cometidos de manera aplastante por las fuerzas serbias fue disfrazada de un conflicto milenario acuciado por la niebla de los Balcanes y su equivalente moral, para que los cobardes líderes occidentales pudieran justificar su inacción criminal.

Habíamos sido moralmente anestesiados por la Guerra Fría. La segura destrucción mutua era horrible pero también era consoladora, porque limitaba la elección. Ahora, con la desaparición de la Unión Soviética, un Occidente en ascenso se veía enfrentado con la barbarie en suelo europeo y tenía la inquietante libertad de actuar. Pero dio muchos rodeos. La gente murió. Finalmente, la OTAN bombardeó las posiciones serbias en 1995. La guerra terminó poco después. La alianza volvió a bombardear Kosovo en 1999. Poco después terminó el dominio de Slobodan Milosevic.

La intervención occidental en una cruel guerra en Sierra Leona causó la finalización de ese conflicto. El intervencionismo progresista se había convertido en la orgullosa insignia de una generación que descubrió la guerra justa.

El nuevo siglo empezó en ese cenit del ciclo intervencionista post-Guerra Fría. En su libro The Icarus Syndrome: A History of American Hubris , Peter Beinart describe cómo esos ciclos van y vienen, y cómo la experiencia personal puede ser tan cegadora como esclarecedora. Cita al brillante historiador Arthur Schlesinger, que había advertido que la guerra del Golfo de 1991, que expulsó a Saddam Hussein de Kuwait, probablemente causaría "un gravísimo daño a los intereses vitales" de Estados Unidos, y vuelve a citarlo cuando compara los argumentos para una intervención en Bosnia con los argumentos que condujeron al desastre de Vietnam.

Beinert cuenta de qué manera, pese a su admiración por Schlesinger, en su momento se hartó de la analogía con Vietnam y de su recurrente prescripción de inacción. Formado por la experiencia de Bosnia, respaldó la guerra de Irak. El péndulo había oscilado al otro extremo. El exceso de cautela que había inducido Vietnam había dado lugar a la arrogancia inducida por Bosnia.

También yo caí bajo esa influencia. Mea culpa. Por monstruoso que fuera Saddam, y por grande que fuera el beneficio para el mundo generado por su desaparición, la guerra de 2003, tal como fue justificada y entablada -con argumentos falsos y sin la presencia de muchos de los aliados más íntimos de Estados Unidos-, era una mancha en la conciencia norteamericana.

RIESGO

Libia, tras el daño ocasionado por Irak, era un riesgo para el presidente Barack Obama. Había muchas razones para no intervenir: una tercera guerra en un país musulmán no era lo que necesitaba Estados Unidos, y la cualidad interna de la "primavera árabe" había sido esencial para conferirle fuerza moral. Pero permitir que Khadafy perpetrara una masacre hubiera sido imperdonable.

La intervención se implementó correctamente, con la legalidad conferida por el pleno respaldo de la ONU, el total apoyo de los aliados europeos de Estados Unidos, y el silencioso equipamiento de los rebeldes. El pueblo libio ha sido liberado de una demencial tiranía.

Irak era el prisma equivocado para analizar el caso de Libia. Me alegra haberme resistido a esa tentación. Ha empezado otro ciclo.

Finalmente, creo que el intervencionismo es inextricable de la idea de Estados Unidos. Si Estados Unidos se retira al aislacionismo, dejará de ser lo que es: una nación dedicada, por más que no lo logre del todo, a un ideal universalista de libertad. No hay respuestas doctrinarias rígidas -una exitosa intervención en Libia no significa que una intervención en Siria sea factible-, pero la idea de que Occidente a veces debe estar dispuesto a luchar por sus valores contra la barbarie es la mejor esperanza que tenemos de que el siglo XXI sea menos cruel que el siglo XX.

Comentá la nota