La Cumbre Iberoamericana puso una vez más a Mar del Plata en el primer plano de la atención mundial. Como antes había ocurrido con la Cumbre de las Américas y la Contracumbre, la final de la Copa Davis, los Juegos Panamericanos, el Mundial 78, y todos los festivales de cine Clase A.
No debería hacer falta resaltar esa importancia si no fuera porque algunos comunicadores, increiblemente, se subieron con oportunismo a la queja,-que hasta se puede comprender-, de los vecinos que se sintieron molestos para las dificultades para transitar por la zona restringida y sus alrededores.
A poco de andar, ya pasados estos "cuatro días locos", esos mismos vecinos comprenderán (seguramente no algunos de aquellos intencionados comunicadores) que la Cumbre, directa o indirectamente, sumó al prestigio turístico de Mar del Plata, sumó consideración internacional y, al cabo, puso aun más en valor sus departamentos, sus trabajos, o su propia condición de ciudadanos. Ni siquiera necesitarán saber que aquí llegaron para la Cumbre periodistas de lugares tan inesperados como Rusia,-ni que hablar de los cronistas que vinieron de todos los países participantes-, o conocer que la agencia EFE de España, por ejemplo, montó directamente una redacción paralela en esta ciudad. Tan solo les alcanzará con poner Mar del Plata en Google y darse cuenta del significado de lo que acaba de ocurrir.
Este encuentro, es verdad, no marcó para siempre las relaciones de nuestros países con el mundo, a través del vínculo con la aun máxima potencia, Estados Unidos, tal como ocurrió con la Cumbre y la Contracumbre de 2005, que "enterraron" efectivamente al ALCA y abrieron otros caminos para las relaciones comerciales entre nuestros países y hacia,-ahora sí-, sus pares. ("Ya no somos tratados como si fueramos pequeños", dijo ayer Lula en ese sentido).
Lo cierto es que aquello de 2005 no fue pura retórica, y se vio claramente con el tiempo que el trabajo de pinzas entre Néstor Kirchner y Hugo Chávez fue una estrategia impecable para parar la avanzada de George Bush y abortar lo que venía a buscar a Mar del Plata.
Será difícil comparar los efectos reales de esa Cumbre, la de 2005, con esta o cualquier otra. Sin embargo, lo de esta Cumbre tampoco fue meramente simbólico, ni mucho menos. Más allá de la cláusula democrática,-de por sí un hito-, quedó explicitada, en los mensajes de la mayoría de los presidentes, la derrota ya cultural del neoliberalismo. "Hay olorcito a algo nuevo", dijo el propio Lula. Cristina lo despidió diciendo que tanto él como Néstor Kirchner instalaron definitivamente "nuevos paradigmas" y "dejaron una América del Sur diferente". Y también lo había dejado claro la propia presidenta de Argentina en el discurso de apertura: "si no nos ocupamos primero de la economía, la preocupación por la educación de esta Cumbre será solo discursiva". Ya nada será igual, tampoco después de esta Cumbre, de estas cumbres marplatenses. Nunca más. Nunca menos.


Comentá la nota