Lo que puede quedar después de un juicio por la venta de drogas

Cuando el viernes a la tarde Martín Barella se presentó para ser detenido en el Tribunal Oral Criminal, pudo parecerse a la culminación del último acto de una obra que tuvo numerosos actores. Algunos se movieron en la evidencia y otros hubiesen querido que nadie los viese caminar el largo pasillo del edificio de Tribunales. Lo lograron. O no.

Hay cuatro condenados por comercializar drogas. Apenas conocido el fallo del TOC muchos se sintieron con derecho y autoridad para opinar sobre el monto de la pena. Hay libertad de hacerlo; también conviene tener en cuenta otras circunstancias. Hay algo que sobrepasaría en importancia al perfil del veredicto condenatorio; hay bocas de expendio de drogas que ya no funcionan. Seguramente hay otras como la que ocupa la investigación que esta semana terminó en allanamientos. Y otras más. Pero la lucha no ceja. Lo importante es que muchos se han animado a hablar levantando, aún en la reserva de los procedimientos, la punta del velo.

Hay testigos que han declarado más de una vez –en distintas causas- porque no pueden o no quieren vencer la adicción.

Y los mismos que tienen el deber de interrogarlos, acusarlos o defenderlos, pueden quedar con un gusto amargo en los labios. Es que las cosas están planteadas para buscar a los culpables de una situación –y así debe ser- pero poco hay para ofrecer, desde el Estado, al dependiente de una adicción.

Si hasta se corre el riesgo -cuando faltan la coherencia y el compromiso- de dar vuelta la cara al adicto/enfermo, no sea que quedemos “pegados” a su triste fama.

Cuando escuchamos y repetimos “hay mucha droga en Trenque Lauquen”, no estamos hablando de riesgos para entes desconocidos. Estamos hablando de una enfermedad de nuestro propio cuerpo social. Conviene no olvidarlo.

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