Cuando el viernes a la tarde Martín Barella se presentó para ser detenido en el Tribunal Oral Criminal, pudo parecerse a la culminación del último acto de una obra que tuvo numerosos actores. Algunos se movieron en la evidencia y otros hubiesen querido que nadie los viese caminar el largo pasillo del edificio de Tribunales. Lo lograron. O no.
Hay testigos que han declarado más de una vez –en distintas causas- porque no pueden o no quieren vencer la adicción.
Y los mismos que tienen el deber de interrogarlos, acusarlos o defenderlos, pueden quedar con un gusto amargo en los labios. Es que las cosas están planteadas para buscar a los culpables de una situación –y así debe ser- pero poco hay para ofrecer, desde el Estado, al dependiente de una adicción.
Si hasta se corre el riesgo -cuando faltan la coherencia y el compromiso- de dar vuelta la cara al adicto/enfermo, no sea que quedemos “pegados” a su triste fama.
Cuando escuchamos y repetimos “hay mucha droga en Trenque Lauquen”, no estamos hablando de riesgos para entes desconocidos. Estamos hablando de una enfermedad de nuestro propio cuerpo social. Conviene no olvidarlo.
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