TOKIO.- Mientras escribo estas líneas aquí, en mi casa de Tokio, veo que todos los canales de televisión dedican casi la totalidad de su cobertura de noticias a los impresionantes daños causados por el terremoto ocurrido anteayer cerca de las costas del Pacífico del nordeste de Japón.
La experiencia de hechos pasados sugiere que pasarán varios días antes de que la envergadura del desastre se muestre en su verdadera dimensión, ya que las comunicaciones con la mayoría de las zonas afectadas siguen interrumpidas.
Los terremotos más intensos se producen donde convergen las placas tectónicas.
La presión aumenta y, de tanto en tanto, se libera y produce sismos como éste.
Durante los últimos 100 años, han ocurrido otros cuatro terremotos que, por sus dimensiones, pueden compararse con el de anteayer: en 1952, cerca de las costas de Kamchatka, Rusia; el de 1960, cerca de las costas de Chile; el de 1964, cerca de Alaska, y el de 2004, cerca de Sumatra, Indonesia.
Lamentablemente, por ahora, es imposible predecir el momento, el lugar y la intensidad de un terremoto en particular, y quizá predecirlo sea imposible, por razones inherentes al fenómeno.
Por lo tanto, debemos lidiar con el riesgo de un terremoto diseñando y construyendo estructuras e infraestructuras antisísmicas, y preparando medidas de respuesta que puedan ser implementadas con rapidez y eficacia cuando el terremoto ocurra.
El problema es que, si bien los terremotos de nueve grados en la escala Richter son sucesos esperables a escala mundial -como mencionamos, ocurrieron cinco en los últimos 100 años-, las probabilidades de que un terremoto de esa magnitud ocurra en una zona específica son tan bajas que siempre serán inesperados para los residentes y los gobiernos de la región afectada.
Es más: la potencia de un terremoto de nueve grados es tan enorme que no hay modo de prepararse ni de impedir que se produzcan severos daños y numerosas víctimas.
Respuesta
¿Qué hizo Japón en la práctica? Tokio, que se encuentra a unos 320 kilómetros del epicentro, casi no sufrió daños graves, pero pasaron alrededor de ocho horas antes de que pudiera restablecerse el servicio de teléfonos celulares y líneas fijas.
Después del terremoto, el servicio de trenes y subtes estuvo interrumpido, principalmente como medida de precaución, y varias líneas todavía siguen sin prestar servicio.
También fue inaceptable la demora en brindar información fehaciente a la opinión pública.
La situación, por supuesto, es infinitamente peor a medida que uno se acerca al epicentro. Muchos pueblos y ciudades de las prefecturas de Miyagi e Iwate parecen haber resultado gravemente dañados, y muchas casas y rutas siguen bajo el agua.
Al retirarse, el tsunami arrastró consigo al mar gran cantidad de casas, autos y contenedores de carga, junto con personas que fueron trágicamente tragadas por el agua.
Los caminos y las vías férreas quedaron destruidos. Y se produjo alguna filtración de material radiactivo -cuya magnitud aún se desconoce- en la planta de energía nuclear de la prefectura de Fukushima.
El huracán Katrina proporcionó una radiografía de la capacidad e incapacidad del gobierno de Estados Unidos, de su sociedad y de su pueblo, de enfrentar un desastre a gran escala.
Las operaciones de limpieza y reconstrucción después del terremoto de anteayer ofrecerán un diagnóstico similar, aunque quizá más grande, de la prueba que enfrenta hoy Japón. Espero que Japón esté a la altura de este desafío, pero me permito conservar mis dudas.
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